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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Gallinolandia

Una anécdota trasciende hoy como si fuera un acontecimiento histórico o un suceso tremendo

Hace diez, veinte años, una anécdota se dejaba para un par de íntimos y dos allegados. No tenía mayor importancia salvo para quien la había vivido y, lo dicho, se hacía partícipe de ella a los más cercanos. Hoy trascienden como si fueran un acontecimiento histórico o un suceso tremendo. Y además en tiempo real: hay quien va a Asturias, entra en un bujío, le ponen por delante unas fabes y enseguida se hace una foto con el plato y la envía urbi et orbi para dar a conocer su proeza (no es de extrañar que también mande una segunda foto saliendo de la farmacia exhibiendo la caja de Aero-red).

A cuento viene esto por algo que, precisamente, ha ocurrido en Asturias, en concreto en Cangas de Onís, donde el propietario de un hotel rural mantiene un pleito con el dueño de unas gallinas. Así, como leen. Es un notición estremecedor. Hay toda una pajarraca montada en las redes sociales. Ha salido en televisión y en Youtube un vídeo se ha hecho viral. ¿Qué es lo que pasa? Que las aves no dejan dormir a los clientes del establecimiento. Se ponen a cloquear y los místicos del trekking ya no pegan ojo, de manera que a la mañana siguiente el senderismo se queda para su puta madre.

El dueño del hotel rural afirma que el dueño de las gallinas despierta a propósito a las aves de madrugada para joder a su clientela, que insomne huye despavorida. Si dice la verdad, el granjero es un nazi: encendérle a las aves esos lamparones de luz blanca cenital cuando menos se lo esperan es una cabronada; y sí, el escándalo será mayúsculo, con todo el gallinero soliviantado como si hubiera entrado un zorro salivando. Pero si no es así, si las gallinas y los gallos lo hacen de manera natural, cuando les corresponde, un poco antes del alba, entonces estamos ante otro nota que ha visto una gallina distinta -la de los huevos de oro- en el turisteo y ha dicho "esta es la mía". Porque la granja estaba en el lugar mucho antes que el alojamiento rural al que acuden con intención de desestresarse de la maldita rutina urbana los cuatro pijos de turno, convenientemente equipados con sus diseños de campaña después de haber estado toda la semana dando la brasa con lo que les gusta el campo, el aire libre, las vías verdes y los arroyuelos cristalinos, pero que en cuanto llegan se cagan porque los árboles no tienen enchufes para recargar el móvil y en el Valle de la Pamplina no hay wifi de los cojones. Entonces les ataca la histeria como si hubiera aparecido Leatherface detrás de un arbusto.

Total, cacareo en Gallinolandia: o sea, España.

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