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Granada, Málaga y la audacia

Mientras Granada mengua en muchos y diversos asuntos, Málaga crece y ya es la gran urbe del oriente andaluz

Fue Málaga, durante siglos, el puerto más importante del Reino de Granada, que se abría gentil al Mediterráneo en demanda de realidades muy por encima de los sueños que pudieran tener los malagueños.

Muy al contrario, al filo del inicio del siglo XIX, los granadinos, naturales y habitantes de la ciudad de Granada, que fuera cabecera del reino del que se originó la provincia así pomposamente denominada, se quedaban anclados en los vanos sueños de grandezas antiguas, sin saber a ciencia cierta por donde podían proseguir los caminos de las realidades tangibles, de forma y manera que, como estamos viendo en estos últimos años, Granada vino quedándose anclada en un pasado que jamás volverá y que, cada día, se hace más imposible, para generar un modusvivendi para la propia ciudad y sus habitantes, necesitada de empresarios más osados que arriesgados y de sabios líderes gobernantes, de visionarios pensadores y preclaros intelectuales que; como ejemplo fuera el caso de Ángel Ganivet; en rara ocasión, han podido participar del gobierno de la ciudad que, aún en nuestros días, sí se ha prodigado de cabezas huecas y sin vista suficiente.

Así es que mientras lustro a lustro Granada mengua en muchos y diversos asuntos, Málaga crece y -no se perfila- ya está claramente configurada como la gran urbe del oriente andaluz, habiendo agarrado con firmeza y decisión la antorcha con el protagonismo de los ganadores, en esta a modo de olimpiada de la economía y el protagonismo que sólo corresponde a los vocacionalmente atrevidos, verdaderamente audaces y con decidida capacidad de liderazgo.

Valórese el ejemplo de la discreta exposición organizada, muy recientemente, en el Obispado malagueño sobre el genio granadino Alonso Cano, iniciativa que hemos de agradecer muy sinceramente, sin duda, pero que deja a Granada, aquella ciudad con una universidad de medio milenio de existencia, como si fuese una humilde pedanía de la gran urbe que crece con potencia arrolladora y decidida junto al mar.

Es, pues, un claro menester que los que quieren gobernar esta tierra, tras los cercanos comicios locales, apuesten con valentía, de una vez por todas, por proyectos sensatos, ambiciosos, sin complejos y a lo grande, solidarios en el tiempo y que a la postre redunden en una proyección de Granada, en la contemporánea historia, como ciudad culta, laboriosa, capaz, ilusionada, creativa modernamente clásica y que vuelva a enmudecer a inútiles casposos y a rancios inoperantes de todas las cavernas y partidos. Para eso hay que ser geniales. ¿O no?

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