Ojo de pez

Nadie sabe nada

El silencio cuyo sentido habita en su antónimo, en el ruido, es un elemento acorde con estos tiempos

La falta de ruido es silencio. Obvio, aparentemente. A estas alturas de la película presentimos el desenlace del argumento. Si algo hemos aprendido es que lo obvio más allá de ser aquello que no tiene dificultad, lo que se pone o se encuentra delante de nuestros ojos, lo evidente, viene siendo, más bien, lo aparente, lo que parece, pero no es.

Nos hallamos inmersos en esa pugna entre realidad y percepción que nos ubica en un tiempo marcado por la distorsión deliberada de la realidad con el maléfico fin de influir en las actitudes sociales, la era de la llamada Posverdad posfactual o política de la posverdad. El silencio cuyo sentido habita en su antónimo, en el ruido, es un elemento acorde con estos tiempos confusos y buen ejemplo de lo que pretendo exponer.

No hay nada más ruidoso que el silencio del bosque. Es en el silencio de la noche donde percibimos los sonidos que habitan la casa y nos habitan y que el barullo impostado del día ensordece.

Armamos ruido, mucho ruido, e impedimos que se escuche el silencio y lo que en él se oculta: el diálogo de hojas, el rozar de las copas de los árboles, el rumor del agua del arroyo en el bosque, el crujir de muros, el doler de maderas ocultas por la escayola, el ronroneo del motor que enfría la nevera, ruido siempre que sirve para todo, incluso para encubrir las trampas que vestimos de legalidad. Y se oculta con ruido, en esta posverdad, lo real, la verdad, parapetada detrás de gritos que dan credibilidad a argumentos peregrinos.

Ruido para confundir, ruido para ocultar no ya el silencio en el que se dispone y donde se ejecuta lo poco claro, lo malintencionado, pues a pesar de la posverdad, de esa percepción camuflada de la verdad, sabemos que cuando no existen propósitos turbios, cuando no se urden tramas extrañas, cuando todo se expone sin tapujos, no hay más ruido que el del metal de las medallas que penden de las solapas, porque el trabajo bien hecho se luce, se exhibe y se acompaña de algarabía. Lo demás es algo peor que silencio, es eso que crece de un modo sibilino en la zona oscura y abisal donde se hace fuerte el susurro de unos pocos.

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