Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Sentado. Allí. Siempre al final. Da igual donde. El último. Donde los pensamientos adormecen y nada es igual. Donde realidad se confunde con desatino y te corroe la duda de saber si sigues despierto o permaneces en el sueño. Sentado. Donde la vida encaja a trozos. Donde apenas recuerdas días que ofrecían ilusión, metas y sonrisas. Días que ahora se enredan en el tran tran del silencio y la quietud, de la monotonía y el aburrimiento. Sin nada que ofrecer. Sin nada que aportar más allá de horas que pasan. Horas que pasan. Horas que siguen pasando…
Sentado. Allí. Donde pasó julio y agosto desde que una Tarasca les dijo adiós y despidió el curso. Sol, nubes, cielo, una mañana, una tarde y una noche que durante dos meses se hizo eterna. La soledad devuelve una compañía cuya mejor rutina no pasa de enviar planos mensajes a través de un televisor, donde la España que pasa por la pantalla no logras ya reconocerla. Ayer un vicepresidente viajaba en avión oficial a entrevistarse con un prófugo de la justicia. Qué será mañana. Qué será mañana. Cómo decir a tus nietos que eso no se hace. Pero si es precisamente lo que ven…
Sigues sentado. Sin saber dónde mirar, si terminaron las vacaciones, si el tiempo devolverá a tus nietos, si correrán a tu alrededor, si esa mano que a diario los condujo con sus amigos, volverá a estar llena como estuvo hace escasos meses. A pesar de las arrugas, eres su abuelo, el que le dio caprichos y uno más, el que estaba media hora antes en la puerta esperando que alguien saliera corriendo por el portal para darle un beso gratis. Un beso. El día tuvo sentido y fin por ese beso gratuito y sin miramientos. Siempre lo tuvo.
Hoy el teléfono vuelve a sonar. “Hola, papá, ¿estás ahí? ¿Cómo te viene llevar la semana que entra los niños al cole? Es a las nueve y José y yo trabajamos desde las ocho. ¿Los podrás recoger? Dile a la abuela si los miércoles se pueden quedar a comer con vosotros… La vida es buena cuando corre, cuando se esparce por las calles. La familia cabe en la palma de una mano cuando cerramos las puertas y no miramos ni sentimos lo que sucede a nuestro alrededor. Pero la familia es todo nuestro mundo cuando hay un motivo para acogerla con fuerza, para llenarla de esperanza, para luchar por mantenerla y sentirnos útiles en ella. La mejor virtud del ser humano. Sentirse útil.
Ocho de septiembre. Ochenta años. Y vuelves con zapatos nuevos al cole. Bendita vida…
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