Escribía sobre la velocidad en las redes sociales. La inmediatez en un parpadeo. Anteayer Messenger, ayer Facebook, esta mañana Instagram, TikTok…, y para la tarde ya se intuye el protagonismo de Twitch frente al resto. Cada uno perdiendo importancia en relación con el próximo. Antiguas comienzan a ser las coreografías en TikTok, la vida en imágenes de Instagram, ahora es Twitch que a mis ojos es igual, pero parece que es muy diferente. Canales donde la gente juega y en la pantalla los jugadores y el juego. Una cámara enfoca una cama. Bajo las rayas azules del edredón se intuye al jugador o a la jugadora que duerme. Ha debido de pasar la noche en plena actividad y ahora podemos observar el reposo del guerrero. Retos peligrosos, tomar pastillas para ver los efectos, tirarse al agua de una piscina congelada; blackout challenge, apretar un cinturón al cuello no tanto para sentir la sensación de asfixia, como para que los demás vean cómo te asfixias. Murieron dos niños con el juego. El ridículo como propósito es otro de los objetivos: lamer la tapa del váter; chicas que se contonean en bikini, adiós a la lucha feminista, metidas en una piscina infantil, de plástico. Hacen cosas, no sé qué, dicen cosas, remolonean, sonríen a la cámara, se lucen grandes en el diminuto espacio del agua. Excesivamente musculados ellos, los menos, con los pies en remojo en el charquito, miran directos al que le mira, comen pasta, lucen bíceps, tríceps, pectorales… YouTube se pliega y alienta también al mirón, a un voyeur descafeinado que ni siquiera cumple con la definición de la parafilia. Encuentro "Study with me". El método "Pomodoro". En español el método "Tomate" resultaría, sin duda, menos atractivo. Doy por hecho que se trata de un método de aprendizaje, hay buenos profesores que usan estos medios desde un punto de vista didáctico, pero se trata de mirar cómo estudia durante horas otra persona. Y, mientras, el que mira pierde lo único que tiene: su tiempo.

Del personaje "Big Brother" de la novela 1984 de George Orwell, reflejo perfecto de la política del miedo representado en el rostro y en la sentencia que rezaba en el cartel de Frederic Guimont, Big Brother is watching you, a convertirnos todos en ese Big Brother o lo que es más terrible, a querer ser el objetivo de ese "Gran Hermano" que nos vigilia, en un alarde de ego ñoño y desatado. La cultura, los valores humanistas habían desaparecido en aquel mundo distópico de Orwell, tan real hoy, donde no existía la privacidad y el poder estaba representado por un tirano inaccesible, pero omnipresente, que vigilaba cada movimiento de los súbditos mediante pantallas instaladas en los espacios públicos y privados. El sistema hace suyo el elemento discursivo crítico, un instrumento perfecto, donde lo atroz termina convirtiéndose en algo no sólo aceptado, sino requerido por la sociedad. Me admira la crueldad refinada del sistema, su sadismo.

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