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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Supermarchena

Pantocrátor del Estado de Derecho, el juez Marchena es la prueba de que España, cuando quiere, es un país muy serio

No todo lo del procés ha sido malo. Por ejemplo, en unos tiempos en los que los pedagogos lamentan la falta de modelos que sirvan de ejemplo a la disoluta juventud española -entregada al perreo y el tatoo-, la primavera catalana nos ha legado dos figuras señeras que han salvado la cara del Estado. Nos referimos a Felipe VI y al juez Marchena. Al primero ya lo perfumamos en su día con un botafumeiro digno de Compostela. El monarca y su famoso discurso de la tensa noche del 3 de octubre de 2017 no sólo sirvieron para cortarle la luz al guateque a losindepes, sino también devolvieron la circulación sanguínea a un Estado que estaba en shock ante la escalada secesionista. Ahora está muy de moda reivindicar a Rajoy como político centrado y responsable, pero habrá que recordar la parálisis que sufrió el Gobierno aquellos días de otoño en los que España se jugaba su propia permanencia histórica (y de paso su Seguridad Social, sus pensiones, su sanidad, etcétera...). Rajoy, uno de los parlamentarios más brillantes que ha visto el hemiciclo donde hablaron Ortega y Azaña, fue un presidente ineficaz en la crisis catalana. Eso, la corrupción de otros y el oportunismo de Sánchez se lo llevaron por delante. DEP.

Pero dejemos al Rey aguantando el peso de su corona, porque de lo que queremos hablar hoy es de Marchena, el juez que ha vuelto a salvar la dignidad del Estado en un proceso que los soberanistas están intentando convertir en un juicio sumarísimo a la democracia española y sus instituciones. Marchena, el de la noble calva y la barba rala, ha sabido frenar a esos norits que embestían contra el burladero del Estado (¿que qué es un norit además de un detergente? Según el diccionario apócrifo del Tendido 7 de Las Ventas significa toro manso y, por tanto, peligroso). Y, como si fuese un brujo, todos los entuertos los deshace usando sortilegios afilados que el sagaz periodista andaluz Javier Caraballo se ha encargado de recopilar pacientemente: "Mire usted, vamos a ver…", "formule otra pregunta, por favor", "todos los añadidos sobran", "no, verá, usted contesta en castellano", "letrado, no discuta conmigo", "no existe la figura del testigo opinante"... El juicio del procés es de los que crean afición -más de una vocación de magistrado ha surgido en estos días- gracias a ese killer de la toga que fulmina con apenas tres palabras todas las pamplinas de unos independentistas que siguen instalados en el tramposo adanismo de "votar no es delito". Pantocrátor del Estado de Derecho, Supermarchena es la constatación de que España, cuando quiere, es un país muy serio. Que se lo pregunten a los lletrats de los procesados, por ejemplo.

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