El habitante
Felipe, el facha
En los 50, mi pueblo era un patriarcado servido en lecho –como diría un chef pedante– de extraordinarias mujeres: Consuelo la Peinadora, la Patricia, María la de Enfrente, Angustias la de Al lao, Asunción la de las Inyecciones, María la Lobera, Agustina la de Joseíco, la Truchera, la Lujana, Misericordia (abuela del Misericordioso), la mujer de Paco el de la Tienda, Pepa la de los Churros, Angusticas (la madre del Charly), la bella Gonzala, la Pocasangre (madre de Manolico, nuestro aparcero), doña Dolores, mi abuela, la Patas… Si Encarnación, la de la Plazoleta, madre de innúmeros hijos, le pone a Santiago, su santo esposo, uno de los platos esferificados de la nueva cocina al volver de arar media jornada, o sea, de sol a sol, los olivares del cortijo del Blanqueo en el Barranco de las Adelfas, en lugar del contundente puchero, elaborado concienzudamente a lo largo del día en la lumbre familiar, se hubiera cumplido plenamente el refrán de que de malas cenas están las sepulturas llenas: Santiago hubiera muerto, tras la frugal cena, no de un hartazgo, sino de inanición. En mi pueblo, no se degustaba, simplemente, se comía. No se practicaba el poliamor ni siquiera el monoamor, aunque uno tuviera varias novias en los pueblos de los alrededores, y una bicicleta para pretenderlas. Sin San Valentín de celestina, no era necesario tomarse antes de los encuentros con las amadas un eroprazol, para prevenir el empacho libidinoso. Porque, ¿para qué nos vamos a engañar?, en aquellos entonces no nos comíamos una rosca. Cuando –lo afirmo sin ambages– tuve una vespa, 150, verde –como la de El Sopas, el forestal– que me permitió ampliar mi radio de acción erótico a pueblos lejanos, la moral imperante –o mi incompetencia– no me permitió ningún ingreso en la terra incognita de las mozuelas que solicité. De todas maneras, conviene señalarlo, ya se pelaba la pava sin una reja de por medio. Hace unos días, visité el Museo Thyssen de Málaga –para labrarme un alma bella– y me deleité con la pintura costumbrista andaluza del XIX; casi lloro con un cuadro de 1883, de García Ramos, en el que se ve a un galán pelando la pava a caballo, a través de una reja. Mi tito Joaquín utilizó esa lanzadera para alcanzar la reja y el cuerpo de mi tita María. Se llevó un ‘rajuñón’. Ahora la reja es el Internet, y las redes hacen de celestinas.
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