Por montera
Mariló Montero
Un país en prórroga
Se llega a saber algo de la vida? No, nunca se llega a saber nada”. Eso escribió un día de enero, al empezar el año, Katherine Mansfield en una entrada de sus diarios. Katherine Mansfield estaba enferma de tuberculosis y sabía –aunque no quería reconocerlo– que le quedaba muy poco de vida. Y cualquiera que lea sus diarios o sus maravillosos relatos podrá descubrir que era una mujer que sabía mucho, muchísimo, de la vida y del dolor y del amor y de la pasión y de la desesperanza y de los misterios del trabajo artístico. Y aun así, estaba convencida de que no se puede saber nada de la vida.
Me acuerdo de esta entrada de diario cuando empieza el año nuevo. ¿Qué podemos saber de la vida? ¿Qué podemos imaginar que nos va a ocurrir? ¿Y qué idea podemos hacernos del tiempo que vamos a vivir, si tenemos la suerte de poder vivirlo en unas condiciones mínimamente aceptables? ¿Hay motivos para sentirse optimistas? ¿O más bien hay que caer en el pesimismo, como le ocurrió a Katherine Mansfield aquel mes de enero de 1921 en que anotó en su diario que no se podía saber nada de la vida? La noche de fin de año hubo estampidos de cohetes y cualquiera que se asomara a la ventana podía ver a docenas de niños y adultos soltando petardos y lanzando cohetes. Cualquiera diría que toda esa gente se las prometía muy felices y que estaba convencida de que todo les iba a salir bien. Y uno, por supuesto, se alegraba de ello (los perros y los bebés quizá no estaban tan contentos con el estallido de los cohetes). Recuerdo que vi a un niño saltar entusiasmado frente a una rueda de cohetes luminosos mientras los adultos gritaban y bebían a su lado. Había algo animal –como un atavismo zoológico– en aquella forma de celebrar el nuevo año. No sé si aquello se podría describir como alegría, o más bien como una especie de frenesí que no tenía ningún otro propósito más que el propio frenesí, como quien acaba metiendo la mano en el fuego después de llevar media hora observándolo. Y de algún modo, así es como nos vamos a enfrentar a este año que empieza: saltando fascinados frente a una rueda de cohetes que estallan sin parar. No entenderemos nada, y ni siquiera sabremos por qué estamos dando saltos frente a esa rueda de fuego, pero al menos podremos estar seguros de que estamos ahí, bien vivos. Y ya será mucho.
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