Declaración

08 de febrero 2026 - 03:07

Me pregunté si, en estos tiempos convulsos en que la verdad no existe, se seguirán leyendo en las aulas los versos dolidos del poeta Jorge Manrique. Me lo pregunté en silencio, bajo la lluvia pertinaz que nos azota desde hace semanas, en un largo paseo que me llevó a contemplar los ríos de Granada, esos ríos con un aspecto desconocido para nosotros, impetuosos, de colores achocolatados y que ahora nos dan miedo.

Recordé también los versos de otro poeta, el poeta que los llenó de suspiros, de nieve y de trigo, pero ganaban en mí los versos medievales que igualaban la vida a los ríos, que van a la mar que es el morir.

Empero mis recuerdos no eran tristes aunque pasaban raudos como la vida. El Dauro era el río de la infancia cuando para mi hermana y abuelos era el río oscuro y sucio de los gatos o aquel donde en cierta ocasión, sentado en las piedras de su borde, tomé, inconsciencia juvenil, una flor de un trono para ofrecérselo a la persona que por entonces me acompañaba. La misma persona con la que paseaba bajo la lluvia, la misma que se había calzado unas botas de lluvia para chapotear como cuando ella era niña y disfrutaba. Sigue disfrutando como la niña buena que su alma encierra y sigue siendo.

El Singilis, ese río que tiene un puente que nos empeñamos en decir romano pero que probablemente no lo sea, era el río que cruzaba con mis padres para ir a la feria de nuestro Corpus, allá donde Granada, tantos años atrás, se terminaba. Y el Genil, aunque bajaba tremebundo y negro, era en la memoria el río donde pasé cientos de hora esperando la salida del trabajo de esa niña buena, tan buena profesora ella. La memoria no acababa en ningún mar pues luego las aguas de la vida nos trajeron otra niña buena a la que tantas veces llevé de la mano por su alto borde.

Mientras nuestros ojos miran al cielo buscando un color azul que se nos ha extraviado, hagan sus propias memorias de los ríos de Granada, esos que nunca y siempre serán los mismos. En los tiempos crispados que vivimos sus aguas me han traído a la memoria que hay que reconfortase con el calor de lo que vale la pena, el sentimiento verdadero que hay que declarar a los que queremos. Vale.

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