Las dos orillas
José Joaquín León
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Surgen voces que solicitan el Premio Cervantes para Joaquín Sabina. Unan a ellas, modesta aunque convencida, la mía. Ya sé que eso nos hace toparnos con el debate sobre qué sea la literatura hoy. Pero su genial talento lo merece. Sabina no llegó a la poesía por el camino académico ni por el silencio de las bibliotecas. Llegó con un micrófono, una guitarra y una biografía escrita a golpe de noche, resaca y lucidez. Sus versos se cantan, sí, pero también se leen. Y, sobre todo, se recuerdan. Pocos autores pueden presumir de haber infiltrado metáforas, endecasílabos torcidos y referencias literarias en la memoria colectiva de varias generaciones.
Los detractores de la idea suelen esgrimir el mismo argumento: el Cervantes es un premio “literario”, no musical. Como si la literatura fuese un recinto cerrado, y la poesía –desde Homero hasta los romances populares– no hubiera convivido históricamente con la música. Como si la palabra cantada perdiera dignidad por el hecho de ser difundida en un estadio y no en un aula. La tradición española, precisamente, se ha construido en esa frontera porosa entre lo culto y lo popular. Sabina ha dialogado con Quevedo y con Valle-Inclán, con la picaresca y con el soneto clásico, pero también con el bolero o el rock. Ha hecho de la ironía una forma de ternura y del cinismo un modo de defensa. Sus letras no sólo cuentan historias: retratan una época, una ética, una manera de fracasar con estilo. Eso es literatura en el sentido más amplio, y quizá cervantino, del término.
El Premio Cervantes ya ha reconocido a poetas experimentales, narradores incómodos y autores que ampliaron los límites de lo literario. Honrar a Sabina no sería una concesión populista, sino una declaración de principios: la lengua española también se escribe en servilletas de bar, se afina en conciertos y se aprende de memoria en la adolescencia. La petición no busca, pues, un homenaje tardío. Busca algo más ambicioso: aceptar que la literatura del siglo XX y XXI no cabe sólo en los géneros tradicionales.
Quizá el debate no sea si Sabina merece el Cervantes, sino si el Cervantes se atreve a distinguir a Sabina. Porque, al final, premiarlo sería premiar a una lengua palpitante, deslenguada y hermosa, que se permite el lujo, en vez de escribir libros, de escribir vidas.
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