El despreciable burka

18 de febrero 2026 - 03:08

El intento de prohibir el uso de la prenda musulmana, denominada burka, nada tiene que ver, en su esencia, con la religión islámica. Su uso, responde mucho más a un modo de comportamiento impuesto a la mujer, que proviene, claramente, de un exacerbado machismo cultural y conceptual, que impera en algunos países musulmanes orientales, más que a razones verdaderamente confesionales o religiosos. El burka es la prenda que puede representar el choque frontal entre dos civilizaciones que, lejos de poder mantener alianzas en algunos aspectos, las convierte en antagónicas cuando, los hechos diferenciales que existen entre ambas, se llevan a extremos que, en algunos casos, pueden llegar a imposibilitar una coexistencia plenamente pacífica.

El burka, lejos de ser, pretende ser una prenda que preserve a la mujer de los deseos impuros de lo varones, se convierte, en la práctica, en un velo de completa y hasta brutal invisibilidad y anulación, con la que se llega a suprimir la real presencia física de los seres humanos de sexo femenino. Y esto por exclusiva decisión masculina que, desde la más tierna infancia, incluso, se llega a imponer mediante el empleo de una educación alienante que convierte a las féminas en seres absolutamente vedados para los demás e incluso –lo que es peor– para ellas mismas, cuando las hacen creer en las inexistentes bondades que se desprenden del uso de esta prenda.

El burka es un vestido de humillación uniforme que, además de borrar de la vista a esas criaturas, por el hecho de ser mujeres, las sume, así, en una suerte de injusta indignidad que las convierte en seres que han de esconder a los demás la vista de sus propias figuras.

El burka esclaviza física y sicológicamente a la mujer, considerada como tal: la anula, la aparta y la esconde como si de un ser inaceptable se tratase. Consagra una falsa supremacía de lo masculino. Es una prenda que manifiesta y materializa una injusta sumisión. Su uso y la imposición del mismo, llega a condonar el disfrute real de muchas de las libertades –que nuestra Constitución consagra y los poderes públicos han de garantizar– llegando a anular el derecho a la propia imagen. Aquellos que, por cualesquiera excusas, impiden su desaparición en Occidente, son tan culpables como los que imponen su uso obligado en Oriente: despreciables carceleros y esclavistas. ¿O no?

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