Gafas de cerca
Tacho Rufino
Viva Páramo
Arde el asunto de la regularización de residentes irregulares como si le echaran unos y otros gasolina verbal. Del “nos invaden” de unos, nos vamos al “pasen más al fondo” del otro lado del griterío. Pero tantos voceros impiden ver un problema complejo transformado en una pelea de buenos y malos que a nadie beneficia.
Hay una evidencia indiscutible: España necesita quien cubra la hostelería, los cuidados, la limpieza o ese campo al que ya casi nadie quiere dedicarse por mal pagado y penoso. No hacen falta informes si escuchas en cualquier bar el castellano hablado con acento de Tánger, Caracas o Buenos Aires; y si vas a casa de un amigo, saludas a la persona que cuida a la abuela y disfrutas también de su acento distinto. La vida cotidiana tiene más verdad que ideología.
De ahí que el conflicto no esté en el qué, sino en el cómo. Porque si lo irregular sale rentable, abocamos a una trampa a los que vienen vía mafias que les cobran el viaje, caseros que alquilan el sofá a precio de oro y empleos sin contrato. Esa salvaje deshumanización que nos estomaga a todos. El humanitarismo electoralista alegra al abusador.
Regularizar bien no es “barra libre”, es poner el foco de la ley que dé luz entre las sombras, cotización donde se explota en mitad de la selva, con requisitos claros, inspecciones laborales, viviendas sin hacinamiento y barrios que no sean guetos donde ya ni entiendes el idioma.
La escasez tensa la cuerda y puede estallar. El debate de salón no es para el que se pelea por un alquiler, una cita médica o el ansiado subsidio después del codiciado contrato. Aquí nace el miedo que algunos saben muy bien traducir en votos. Ignorarlo y plantear medidas más electoralistas que razonables abona el terreno a los vendedores de lo simple para problemas endiabladamente complejos.
Europa tiene ya criterios comunes y vigila que aflore una frontera colador. Si queremos un país decente, la puerta debe existir, pero con las bisagras bien puestas de la legalidad en el acceso y dar tiempo para poder integrar y castigar al explotador, siempre tan atento.
Ya decía, emigrantes, bienvenidos, pero de verdad, con derechos y con deberes definidos y protegiendo al que llega y al que recibe. Lo que está en juego es la convivencia, ese tan frágil equilibrio.
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