En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
UNA activista del Partido Comunista ha muerto esta semana en Málaga asesinada por su ex pareja. Rosario Gálvez luchó toda su vida por los derechos humanos, salió a la calle para denunciar la violencia de género y se dejó la piel en su barrio, en Ciudad Jardín, para defender la igualdad de la mujer desde los principios y el compromiso de la izquierda. Ni su inteligencia ni su formación la salvaron del machismo. Nunca denunció y nadie de su entorno sospechó que corriera peligro. Dice su hijo que no murió víctima del machismo sino por ser "buena persona". Todas son buenas personas... Por eso aguantan y por eso callan. Porque es lo que nos han enseñado y porque sería una vergüenza. Me golpea la duda de si ella también subestimó al maltratador, si de verdad no vio las señales que terminaron de madrugada en un 'arrebato' de cuchilladas o si fue precisamente ese perfil de activa militante, de vecina ejemplar, lo que le impidió pedir ayuda. ¿Se puede confesar una debilidad? ¿Podemos reconocernos desprotegidas, perdidas, incapaces, después de pasar una vida dando consejos en la arena pública?
Su historia sólo es en apariencia una contradicción. El machismo no entiende de clases, de perfiles sociales ni de edades. Ni siquiera la información y la conciencia social son un antídoto infalible en esta sociedad patriarcal que lleva siglos educando para la sumisión. No lo son en los institutos cuando las adolescentes permiten que sus novios les controlen los móviles, les digan qué ropa ponerse y con quién salir y no lo es cuando lo que narramos a través de las avanzadas tecnologías del conocimiento es el suicidio de una joven frustrada por desamor. También ha ocurrido esta semana: Gabriela Hernández, una estudiante mexicana de 22 años, se ha ahorcado con un pañuelo después de confesar en Facebook su angustia y su infelicidad.
En el último Congreso Nacional de Psiquiatría, el presidente de la Sociedad Española aportaba un dato estremecedor: por primera vez mueren más jóvenes por suicidio que por accidente de tráfico. El profesor Julio Bobes lo achacaba a su "limitada capacidad para asumir la frustración", los definía como víctimas de las "patologías de la vida cotidiana" y alertaba del aumento de los cuadros ansioso-depresivos. Unan este desalentador retrato a la extrema facilidad para acceder a recursos de autodestrucción y tendrán un cóctel explosivo. Para alienarse, para dejarse someter, para caer en las redes de la violencia de género, para suicidarse… Sí, esa generación de jóvenes que hemos encumbrado como los más preparados de nuestra historia y que, al mismo tiempo, han crecido en la más absoluta y peligrosa sobreprotección.
Las estadísticas, los prejuicios, nos vuelven a confundir. Ni el teórico avance social ni el tan cuestionado sistema educativo nos salva de nosotros mismos, de nuestros miedos y de nuestras inseguridades, ni nos protege de las debilidades y los zarpazos del otro.
El caso de la joven mexicana no es el único. Lo leo en la red social justo cuando estoy inmersa en un thriller político que se va construyendo sobre una inquietante historia de suicidios de chicas turcas. El libro se titula Nieve, lo empecé a leer cuando le dieron el Premio Nobel a Orhan Pamuk y, no recuerdo bien por qué, se me quedó pendiente. Lo rescaté el pasado domingo y llevo toda la semana tan desconcertada como el protagonista, un poeta y periodista exiliado en Alemania que regresa a su país para cubrir unas elecciones, por lo inquietante de las muertes que se deslizan en la rutina de lo cotidiano. Había situado sus tragedias entre las barreras de la pobreza, el retraso sociocultural y el radicalismo religioso pero la verdad es que no difieren de las nuestras: "A nadie se le pasó por la cabeza que aquella muchacha tan religiosa fuera a suicidarse (…) En su última noche, Teslime vio en silencio la serie Marianna, preparó té y se lo ofreció a sus padres, se retiró a su dormitorio, hizo sus abluciones, oró y se colgó del gancho de la lámpara con su propio pañuelo".
Con la misma apariencia de normalidad que la chica de Veracruz se despidió en Facebook... No se alejan los motivos, ninguna de las dos quería vivir, ni tampoco la lectura de fracaso social que evidencia el absurdo de sus muertes. Ficticia o real, el trasfondo de su final no es otro que nuestra impotencia como sociedad.
Deberíamos empezar por reconocer que no tenemos respuestas para tanta muerte a traición. Ni desde el deslumbramiento del progreso ni desde el falso civismo en que creemos vivir. No hay respuestas absolutas desde el laicismo y tampoco desde la fe. Mucho menos desde la religión si su modo de contribuir a la convivencia es animándonos a ser "obedientes". Es lo que parece querer enseñarnos ahora el arzobispo de Granada publicando en español el libro Cásate y sé sumisa de la periodista italiana Costanza Miriano. Podría confesarles la indignación que me ha causado leer sobre "abortos confortables en casa" y nostalgias de maridos que se limitaban a preguntar qué hay de comer... Les mentiría. Lo que realmente me ha alarmado son los 70.000 ejemplares vendidos y la ciega convicción del editor sobre las virtudes de la obra.
Es frustrante no tener respuestas pero terriblemente peligroso es creer tenerlas todas.
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