El niño del rollo

El futuro

Cuanto menos capaces seamos de combatir la Covid con nuestra conducta, más dependientes seremos de los laboratorios

Pedro Sánchez ha dicho que las vacunas son el futuro y algunos han entendido que las precauciones son el pasado. Ahí tienen a los hinchas del Atlético de Madrid animando el miércoles a su equipo, juntitos y sin mascarilla; o al alcalde de Granada, Nuestro Salvador, que ha vuelto a convocar plenos presenciales. En el pasado las pandemias se combatían con rogativas y procesiones; con las vacunas hemos ganado eficacia: es lo que tiene la tecnología.

Hace unos años se puso de moda decir que las tecnologías eran una construcción social. Esto es verdad en varios sentidos. Por ejemplo, depende de factores sociales el que las vacunas se hayan desarrollado en unos países y no en otros, que lleguen a unas poblaciones antes que a otras y que algunos se enriquezcan desmesuradamente gracias a ellas. Pero que las vacunas sean una construcción social no quiere decir que sean un mero artefacto retórico, que no protejan del virus o que el virus sea un cuento chino: el virus existe y las vacunas son eficaces. Por eso ayer fui tan contento a vacunarme. Fui sin dudarlo, en cuanto me llamaron. No sentí miedo hacia la vacuna ni lo siento hacia la tecnología en general, pero sí me dan miedo algunas supersticiones que rodean a las tecnologías. Por ejemplo, la idea de que estas llegarán al rescate de cualquier problema, sin necesidad de que alteremos nuestros hábitos personales y sociales. Hay quien cree que no necesita mejorar su alimentación ni hacer ejercicio, porque puede comprar en la farmacia unas pastillas contra el colesterol; o que podemos seguir fabricando plásticos y quemando gasolina, porque llegarán los artefactos que eliminen los residuos y produzcan energía de forma limpia e ilimitada.

Las tecnologías, sin embargo, suelen traer algunos problemas al tiempo que solucionan otros. Los antibióticos han salvado muchas vidas, pero su abuso es ya un grave reto sanitario. Cuanto menos capaces seamos de combatir la Covid-19 con nuestra conducta, más dependientes seremos de los laboratorios que producen las vacunas. De este modo, las vacunas, aunque nos liberen de la enfermedad, pueden hacernos menos autónomos.

Dejar nuestro futuro completamente en manos de las vacunas es un síntoma de inmadurez. Si lo hacemos, la pandemia se habrá llevado parte de nuestra libertad; a menos que entendamos, como Ayuso, que la libertad consiste en que los bares estén abiertos y la gente elija su tapa.

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