Grafopatología

26 de enero 2026 - 03:06

El escribir ha estado muy sobrevalorado. La responsabilidad es de los propios escritores que han ponderado su quehacer sobre el de otros. Han tenido en las manos una herramienta –la misma escritura– menos usada por otros oficios. Con ella, han repartido entre los de su oficio alabanzas y ditirambos excesivos. Así en Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo: El microscopio, el teléfono, el arado y la espada… Pero el libro es otra cosa: una extensión de la memoria y de la imaginación”. Escocida la humanidad con tanto incienso, en cuanto la escritura se ha “democratizado”, lo primero que hizo cada oficio, más o menos imprescindible para la perpetuación de la especie, fue romper a elogiarse y a elogiar a los de su cuerda. El cantero que esculpía un canecillo románico, el arquitecto que ideó las imposibles pirámides de Egipto, el panadero que alumbró el prodigio de la masa madre y la trufó de semillas y frutos secos; Cecilia –la musa de Los Italianos que creó la dulzura de del nocciolone–, el albañil o el ferrallista tenían que aguardar a que algún escritor diera visibilidad a su trabajo. Alabando sus proezas, los eminentes monumentos que ayudaron a levantar, y que, a través de la escritura, su obra fuera conocida y ‘famosa’. Venturosamente, todo el mundo ha roto a escribir y, gracias a las redes, celestinas de esta grafopatología, ya no hay que aguardar a que alguien descubra nuestras habilidades o nuestras improbables genialidades. Porque cada uno de nosotros se ha transformado en un diligente editor de sí mismo. Y a los escritores ‘profesionales’ les está pasando lo que a Unamuno: que el hombre quería creer en Dios, pero no le gustaba que en el más allá su diminuto ego se subsumiera en la inconmensurable existencia del Creador, desapareciendo. A los escritores les aterroriza que sus ocurrencias, que pretenden imprescindibles para la especie, se subsuman en el caudal infinito de las ocurrencias de los otros que circulan por el ciberespacio. Las academias, las escuelas, los pupitres, las cátedras y toda clase de púlpitos y filtros han sido anegados por la marabunta de voces que, despreciando los libros del pasado, se atreven, soberbias, a adelantar un futuro cada vez más inescrutable.

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