El río de la vida

La historia del plato hondo

Me paró una señora y me preguntó si yo era Cárdenas. Sólo quería completar la vajilla que daban con el periódico

En estos días he tenido que explicar a amigos, familiares y diletantes lectores por qué he vuelto a escribir columnas. ¿Qué clase de toxina me hizo regresar a esta práctica del periodismo? Ya que estoy en la edad de la placidez y de aplazar tareas, qué demonios me ha hecho volver a querer estar atado a una columna. Sea porque mi padre se llamaba Jesús o sea porque estamos en las puertas de la Semana Santa, otro título para este comentario podría haber sido El hijo de Jesús atado a la columna. Mis amigos creen que vuelvo a escribir estos textos breves para no aburrirme y mis enemigos porque no sé hacer otra cosa que sea medianamente digerible. Yo no sé a ciencia exacta por qué he vuelto, quizás porque practicando este género me puedo librar de estar atento a lo que dicen los políticos: prefiero pelar cebollas que ver un telediario porque así lloro sin necesidad de que aparezcan en las fotos Torras o Puigdemont. O quizás escribo porque soy de los que piensan que los periodistas valemos lo que hemos escrito el último día. O porque entienda como Ángel Olgoso y Augusto Monterroso que la brevedad no es un término de la retórica, sino de la buena educación. O simplemente porque crea que el periodismo es una profesión que no debe dejar de practicarse y que estás en el mundo para satisfacer a unos pocos lectores que les gusta lo que escribes. Hablando de satisfacer a los lectores, me acuerdo de una historia que me pasó en aquellos tiempos en que los diarios regalaban de todo en un intento de paliar el desangre de sus ventas. Iba por el Paseo del Salón y una señora me paró y me preguntó con una mueca de satisfacción en su cara, si yo era el señor Cárdenas, el que escribía en los periódicos. Le dije que sí con mi pecho esponjado en el orgullo porque creí que me iba a hablar de lo que le gustaban mis columnas o que iba a alabar mi forma de escribir.

-Es que mire, estoy juntando la vajilla que dan con su periódico y me falta el plato hondo. Que si usted me lo puede conseguir.

Me quedé más planchado que un lenguado carchunero, pero le pedí el nombre y el teléfono a la señora y le conseguí el plato hondo. Si esto no es satisfacer a tus lectores, que venga Dios y lo vea. Por eso he vuelto.

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