Miércoles de ceniza

23 de febrero 2026 - 03:10

Los columnistas –‘creadores de contenido’– deberíamos aprovechar la Cuaresma para tomar la ceniza de la autocrítica y enfundarnos en un tosco sayal de humildad; preguntarnos para qué sirve lo que hacemos. Hay motivos de sobra para que nos planteemos, como hizo el filósofo Adorno tras el Holocausto, si merece la pena seguir opinando, seguir escribiendo. Vivimos un doble holocausto: el de los valores que inspiraron las democracias después de la Segunda Guerra Mundial y el de la insignificancia de nuestras opiniones en la baraúnda infinita de opiniones que circula por las redes. ¿Somos antorcha que guía al pueblo indocto por sendas de bondad, verdad y belleza? ¿Herramientas sólidas del Cuarto Poder? ¿Contrapeso imprescindible para que los otros tres poderes del Estado actúen con limpieza y honestidad ejemplares? ¿Nuestras denuncias, como sucedió en Francia con el famoso artículo J’accuse…! de Zola sobre el caso Dreyfus, pueden provocar un cambio profundo de las actitudes y comportamientos de los otros poderes del Estado, contaminados por la corrupción, el machismo, el clientelismo, el nepotismo y las banderías? ¿Tenemos soluciones para corregir o enderezar el rumbo equivocado de lo público y conseguir que se rompa la jaula de hierro en la que está encerrado el Poder, de espaldas a las preocupaciones y problemas del exterior? ¿Nos postulamos, como los arbitristas del Siglo de Oro, para desvelar los vicios del Estado, al tiempo que proponemos soluciones viables –o solo fantasiosas– para corregirlos, como hicieron los beneméritos funcionarios que no se cansaban de mandar cartas a los reyes señalándoselos? Desprestigiado absolutamente el mundo de la política, al tomar partido por alguno de los contendientes, ¿no estamos generando en los lectores un hartazgo y un rechazo parecidos a los que provocan los que defendemos? ¿O nos embutimos en el albo vestido de la equidistancia y, tábanos como Sócrates, mordemos a unos y a otros, creyendo que no formamos parte del experimento? Tiempo de Cuaresma, tiempo de meditación, de aclararnos. De saber por qué seguimos opinando más allá de toda esperanza de atención o influencia. A este bloguero, su médica de cabecera –una excelente profesional– le ha resuelto el problema: me ha recetado que siga escribiendo estas disparatadas columnas para prevenir el alzhéimer, y no pastillas.

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