Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
Resulta cómico ver cómo el Derecho Internacional intenta ser liquidado como un lote de pisos por un promotor de los de antes. La obsesión de Trump por colgar el cartel de “vendido” en Groenlandia no es solo la enésima ocurrencia de un magnate que confunde el Despacho Oval con su oficina de la Quinta Avenida; es un insulto a la inteligencia de Dinamarca. Para Trump, el mundo no es una comunidad de naciones, sino un tablero de Monopoly donde los ciudadanos vienen de serie con la compra del solar, como si fueran los grifos de la cocina nueva.
Desde un punto de vista legal, la propuesta no hay por dónde cogerla. Un territorio no es una joya empeñada ni un juguete que se compre con un cheque. Pretender que un país entregue su mando y a su gente –seres con derechos, no activos que se amortizan en una hoja de cálculo–, es saltarse a la torera la Carta de las Naciones Unidas. No es una audaz jugada de negocios, sino un intento de anexión a base de billetera que deja la seguridad jurídica mundial a la altura del betún.
Pero lo más fascinante es el malabarismo de nuestro Gobierno. Desde Moncloa, con ese tono de guía espiritual de Pedro Sánchez, nos venden que oponerse a este capricho es poco menos que la toma de la Bastilla. Seamos serios: la indignación del sanchismo es tan selectiva que asusta. Rasgarse las vestiduras por el hambre de tierras de un multimillonario no tapa la inacción de un Ejecutivo mudo ante dictaduras de manual donde la libertad es un recuerdo. Mezclar la integridad danesa con la retórica de saldo de Sánchez sobre países donde la democracia estorba y los tiranos son “socios estratégicos”, es un fraude intelectual que no aguanta un asalto.
Como dejó escrito Mark Twain: “Me pregunto si el mundo está siendo dirigido por personas inteligentes que nos están tomando el pelo, o por imbéciles que hablan en serio”. No hay que confundir el derecho de gentes con el oportunismo de un presidente que necesita inventar dragones fuera para tapar las goteras en casa. Groenlandia no tiene precio, pero tampoco la coherencia de Sánchez ni el respeto de Trump por la ley; ambos se liquidaron hace tiempo en un mercadillo de políticas baratas.
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Trilerismo sanitarioHAY trampantojos que engañan al ojo y otros que directamente insultan a la inteligencia. El último, cortesía de la Junta de Andalucía, consiste en escenificar una defensa encendida de Granada como sede de la Agencia Estatal de Salud Pública mientras, sin rubor alguno, se le niega aquello que sí dependía exclusivamente de su voluntad política: el Instituto de Salud de Andalucía. Mucha épica frente a Madrid y decisiones muy cobardes mirando a Sevilla.
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