Yo no perdí la guerra

09 de febrero 2026 - 03:06

No perdí la guerra: nací después. Mi familia tampoco la perdió; nadie fue asesinado o represaliado. A mi padre, secretario del Ayuntamiento de Villanueva del Arzobispo, en peligro a causa de su religiosidad, lo salvó su alcalde, el socialista Manuel Rubio Tornero. Me cuenta mi hermano mayor: “Manuel era el hombre justo que practicaba el idealismo izquierdista del fundador, Pablo Iglesias. Valladar en su pueblo frente a las bandas de desalmados que recorrían la comarca perpetrando tropelías. Salvó al notario, exigiéndoles a los ‘paseadores’ solución a la eventual orfandad de sus ocho hijos, y lo nombró archivero. Blindó el Convento de las Hermanas de la Caridad, declarándolo territorio francés y autonombrándose jardinero y huertano de este. Salvó del incendio una casa prócer, de gran biblioteca, declarándola municipal y a papá bibliotecario; pero al igual que el hombre justo de La República de Platón, sus bondades exasperaron a sus enemigos, siendo fusilado inapelablemente el 16 de diciembre de 1939”. El pueblo en masa, incluido mi padre, pidió inútilmente el indulto. Acusado –¡oh, ironía!– de adhesión a la rebelión por los rebeldes, fue ejecutado con 40 años. Su memoria sepultada. El dolor de sus deudos, acallado. Mi padre siguió siendo secretario de ayuntamiento y mi familia conservó propiedades y posición. No se hablaba de la guerra. Fui ‘apolítico’ hasta los 27 años. El asesinato de tres albañiles a las puertas de mi casa por la policía en la huelga de la construcción de 1970 me tiró del caballo de la equidistancia. Luego, en Córdoba, fui compañero de viaje del PCE en la Transición. Pasé de ser un ‘liberal avanzado’ a eurocomunista. Ya en Granada, bajando de los Alixares, encontré en el cementerio de San José la tumba de un joven de 20 años, que ganó la guerra, pero nunca lo supo porque murió “por Dios y por España”, el 28 del XII del 38. Sus familiares pudieron enterrarlo y consolarse con la lápida que certificaba que ellos eran del bando nacional. El título ‘La guerra que todos perdimos’, que Reverte y Vigorra pusieron a sus jornadas, me resulta indecente. Sí hubo muchas personas de los dos bandos que perdieron lo más preciado: la vida. Y en el bando vencido, propiedades, posición y dignidad. Meterlos a todos en el mismo saco es, de nuevo, cubrir con una tirita una herida que sigue podrida por dentro.

stats