Cámara subjetiva

ángeles Mora

Los platos rotos

DOS mujeres han roto los platos de diseño de una política municipal sectaria, dominada por las ideas de un "liberalismo" verdugo del bien común. Dos mujeres han ilusionado a ciudadanos machacados y despojados para, entre todos, movilizarse y depositar al fin sus votos en las urnas. Votos que quizá sin la fuerza de la lucha ejemplar de estas mujeres no hubieran caído en su sitio o se hubieran perdido en el limbo de los que ya, hastiados de tanta mentira, no quieren votar. Me refiero, cómo no, a Ada Colau en Barcelona y Manuela Carmena en Madrid. Dos faros que nos iluminan.

Mucho se ha hablado de la necesidad de una feminización de la política, pensando que las mujeres saben mirar de otra manera más cercana o más humanitaria los verdaderos problemas de la mayoría. Quizá la larga experiencia de exclusión en lo público padecida por las mujeres y su lucha para sobrevivir las haya fortalecido especialmente para liderar la rebelión social que late hoy en nuestro país. Pero naturalmente no se trata solo de que Ada Colau y Manuela Carmena sean mujeres. Se trata, en principio, de que ambas tienen una mentalidad de izquierdas. Mujer es también la insufrible Esperanza Aguirre, y la señora Merkel, que nos tiene en un puño. Se trata de poner en su sitio las ideas. Un pueblo no puede apostar -si tiene formación e información- por votar a una derecha ultramontana, como lo es la que desgraciadamente ahora nos domina.

Se trata de que Ada Colau, desde su mirada femenina y social ha luchado a brazo partido contra los criminales desahucios y ha trabajado sin descanso por cambiar la degradación de la vida cotidiana, por la dignidad que todo el mundo merece. Y Manuela Carmena lleva toda una vida peleando por lo mismo. Y sólo prometen eso, velar porque exista una sociedad más justa e igualitaria. Las dos quieren que Barcelona y Madrid sean ciudades para el bien común. Quieren ilusionar a la gente y convertir unas ciudades cada vez más despersonalizadas en habitables y dinámicas para todos.

Cuánto bien no le vendría a Granada un cambio de mentalidad en su Ayuntamiento para que cambie el aire rancio de la ciudad y lo que ahora es prepotencia, privatizaciones, negocio sucio, se convierta en políticas sociales, en cuidar a los ciudadanos creando espacios públicos, servicios públicos, cultura ciudadana.

Una más afable ciudad diseñada para el bien de todos, aunque almorcemos en sencillas vajillas de diario.

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