Rosa de los vientos
Pilar Bensusan
¿Lenguas andaluzas?
Estos días ha coincidido el repunte del desdén hacia los políticos, así a bulto, con la evidencia, por otro lado, de que su vida activa es dura y breve. La coincidencia no tiene nada de extraño, porque ni un momento dejamos de meternos con ellos ni el oficio es agradable más allá del día de las elecciones, si se ganan.
¡Qué mal se sale de la política! O por una derrota contundente o por un escándalo o por una imputación o por un giro del partido o por un movimiento propio equivocado. Casi ninguno se dice: “Ea, ya hice todo lo que tenía que hacer”, y se va a su casa con la alegría del deber cumplido, dando las gracias a todos.
Y eso que tampoco su ejercicio es paradisíaco. Están sometidos a la crítica implacable de la oposición, a la vigilancia insomne de la prensa, a la adulación de los propios y a los vaivenes de las encuestas. Conlleva un sacrificio total de tiempo y eso –si tu familia lo aguanta– no es lo peor. Los mejores podrán salvar su conciencia, pero tendrán que sacrificar a las lógicas disciplinas del partido, opiniones brillantes, prioridades personales, vanidades comprensibles y ambiciones nobles.
Extraña que les cueste tanto dejarlo. La gente, viendo el plan, sospecha que debe de ser por el dinero que cobran, por las fotos que les echan y por el foco fijo, porque, si no, no se explica. Yo creo que en la mayoría de los casos hay una auténtica vocación de servicio. Y se la tendríamos que agradecer. La gratitud sale mucho más fácil con los políticos que defienden nuestras ideas. Pero el agradecimiento tendría que ser transversal, por mucho que deseemos la derrota del contrario. Del contrario honesto, quiero decir; y el juicio con todas las garantías legales para el deshonesto o el traidor.
Eso sí: tendrían que ser menos. Primero, por caridad, para que no sufran tanto; pero también porque siendo un puesto tan sacrificado (lo escribo sin ironía) mejor que sólo se inmolen los imprescindibles. Si hubiese menos sobrepoblación y fuésemos más agradecidos, se atraería a los mejores con más facilidad. Desde luego, ahora a los prudentes (siendo la prudencia la virtud esencial del político, según Aristóteles) no resulta fácil comprometerlos. Sé que soy una gota en un océano de desdenes e insultos, pero conste aquí mi agradecimiento a todos los buenos que se atreven.
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