En tránsito
Eduardo Jordá
Temporal
He constatado que tengo muchos amigos jubilados que si asumen con gusto trastocar sus planes rutinarios es por los nietos, a los que prestan mucha más atención que prestaron a sus hijos. Mi generación, la de baby boom se le ha venido a llamar, aquellos niños concebidos a mansalva por la falta de televisión y cuyos padres se quitaban el hambre a base de polvos sin control, ha llegado a la edad en la que ha comprobado que son los nietos los que les han abierto el apetito de vivir y les han espantado las ansiedades de antes. Unos nietos que les dan la oportunidad de redimirse de un pasado de padres despreocupados, quizás porque veníamos de otra generación de postguerra en la que los hijos se criaban solos y sin demasiados soliviantos, pues la única preocupación de aquellos progenitores era que sus hijos fueran limpios a la escuela y que no les faltara comida. Lo demás lo aportaba la vida. Y el poco tiempo libre del que disponían, mejor era gastarlo en las tabernas o zurciendo camisas y calcetines, dicho esto sin ánimo de cruzar la línea que ha marcado el feminismo. Quiero decir que es ahora, con los nietos, cuando buscamos la mejor versión de nosotros mismos, aquella que no buscamos con nuestros hijos, quizás por culpa de un trabajo que absorbía todas nuestras energías o por pensar, como nuestros padres y nuestros abuelos, que los hijos necesitaban la atención justa como para salir adelante, como cuando nos soltaban de pronto para que aprendiéramos a montar en bici: ahora apáñatelas como puedas, decían cuando nos quitaban las manos del sillín. El otro día llevé a mis nietos a la Abadía del Sacromonte y tras explicarles lo que eran los libros plúmbeos y las santas cuevas, me di cuenta de que jamás le había dedicado tanto tiempo y tanta paciencia a mis hijos, a los que ni quisiera vi cómo crecían, bien por falta del tiempo o por la inercia que marca una vida laboral de muchas horas al día en el tajo, como era mi caso. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que aquellas manos encallecidas en el campo o en la oficina iban a acabar moldeando plastilina? ¿Quién nos iba a decir a nosotros que nos íbamos a tragar sin rechistar las tres horas de las funciones de Navidad del colegio? ¿Quién nos iba a decir a nosotros que a nuestra edad tendríamos que familiarizarnos con el Ratoncito Pérez, con el hada Maléfica y con los renos de Papá Noel? En esto consiste nuestra redención.
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