Gafas de cerca
Tacho Rufino
Loreta, y madre
Hace poco, Cayetana Álvarez de Toledo, quizá la mejor parlamentaria del Congreso español, ha afirmado que le preocupan enormemente los ataques a la Corona, no por parte de la izquierda, lo que es normal, sino por parte de algunos sectores draconianos de la derecha. Exigirle al Rey, señala, que haga lo que constitucionalmente no puede hacer (dejar de firmar la Ley de Amnistía, por ejemplo) es ignorar la Norma Fundamental de la que nos hemos dotado y, a la par, un argumento falaz y desestabilizador.
En realidad, la relación de la derecha radical con la monarquía es más ambigua de lo que suele aparentar. Aunque durante años se ha envuelto en la bandera, el himno y la defensa retórica de las “instituciones históricas”, en la práctica una facción significativa de este espacio político ha convertido al monarca en un objetivo recurrente.
No es una contradicción casual. En primer lugar, la monarquía parlamentaria representa lo que esta derecha detesta: un límite. El Rey no gobierna ni legisla; su papel es arbitral, moderador y, sobre todo, constitucional. Para quienes conciben la política como un pulso permanente, esa neutralidad es inasumible. Les avisa además de que el poder no es absoluto ni patrimonial. En segundo, la monarquía simboliza el consenso de la Transición, un pacto imperfecto pero inclusivo, incompatible con el permanente objetivo de ruptura de la derecha extrema. Atacar al Rey es un modo eficaz de cuestionar el edificio constitucional sin asumir los costes de hacerlo abiertamente. Hay, en tercer lugar, una razón estratégica. En una sociedad dominada por la polarización, la provocación rinde más que la coherencia. Cuestionar a la monarquía genera ruido, divide a la derecha tradicional y permite ocupar un espacio antisistema que antes pertenecía a otros. Existe, por último, un componente de desconfianza personal. Para un grupo que necesita enemigos claros y lealtades ciegas, la monarquía sigue siendo un recordatorio de que la política no es sólo confrontación, sino también reglas, límites y responsabilidades.
A veces los pueblos, advierte Cayetana, tienen la “tentación del abismo”, la “tentación adánica de crear un tiempo nuevo”. En ello parece estar esta derecha ultramontana, olvidando que ese camino es destructivo para la paz civil y para la convivencia.
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