Perdiendo el norte

Mi triste cerveza

O hacemos algo, o la hostelería granadina puede estar en riesgo de morir de éxito

Un empresario dijo estos días en La Sexta: "La realidad en España es que la gente no quiere trabajar". Lleva más razón que un santo: los españoles no queremos trabajar por una miseria mientras el empresario de turno (sálvese al que no le afecte la crítica) sólo mira su cuenta de resultados.

Especialmente llamativo es el caso de la hostelería, donde conozco a algún empresario que tienen locales cerrados por no encontrar mano de obra. Él se ajusta al convenio, pero es víctima de una situación general provocada por la necesidad de exprimir la gallina de los huevos de oro sin importar que alguno de los trabajadores viva en regímenes cercanos a la esclavitud.

No es casualidad, por ejemplo, que el convenio colectivo del sector hostelero esté pendiente de negociar en Granada. No es casualidad en una provincia donde el modelo ha sido el de apostar por el negocio cutre de la tapa gratis (con las miles de excepciones que queramos) que sirve, por ejemplo, para que te soplen por una caña 2,80 euros con la excusa de que te han puesto un plato con tres patatas asquerosas de bolsa. Eso pasa.

El modelo de negocio de la hostelería granadina está en crisis y no sólo por la subida de los precios de la energía y las materias primas o elaboradas de las que se nutre. Está en crisis por la nula apuesta del sector (globalmente, digo) por la calidad. No es casualidad que siempre aparezcamos los últimos en las encuestas de calidad turística que realiza la Junta de Andalucía.

Por cierto, es el mismo sector que se olvidó de aquellas promesas de la Junta de compensaciones por los cierres que solo afectaron a Granada en el otoño del 2020 por la incidencia de la pandemia. Ese sector que es incapaz de unirse para avanzar en calidad y mejorar la oferta, es el que solo llora cuando le toca ganar menos.

Lo bueno de estar en Granada es que todos nos conocemos. Nos conocemos los trabajadores irresponsables y también conocemos a los jefes que mientras lloran se compran coches o pisos de lujo.

Pero es mejor llorar y seguir viviendo de la tapa que hacer algo por mejorar el negocio y las condiciones de los trabajadores, que padecen condiciones que flaquean incluso siendo los turnos de ocho horas: habitualmente la limpieza del local es un extra a los hombros de un cansado camarero malpagado.

Es cierto que muchos empresarios de la hostelería lo están pasando mal. Claro que sí. Pero también es cierto que las condiciones de Sevilla son las mismas que las de Granada y allí no ha habido problemas para firmar un marco laboral que da algo más de estabilidad y dignidad a los trabajadores.

O hacemos algo, o la hostelería granadina puede estar en riesgo de morir de éxito. Que cada palo aguante su vela, que yo ya pago 2,80 por una triste cerveza con papas de bolsa o un "puñao" de maní.

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