Nunca tuvimos menos que temer, pero tememos más que nunca. Casi todo nos distingue, a nuestro favor, de los años noventa, que tantos añoran, desde la tasa de homicidios a las muertes por sobredosis. La tasa de paro ha bajado, la esperanza de vida ha subido; sin embargo, la percepción social se mueve en dirección contraria, espoleada por los mensajeros políticos y la lucrativa angustia inducida por las redes sociales. ¿Y qué me dice de ciertos telediarios, que hasta en su sección de deportes parecen la página de sucesos?
El miedo se ha convertido en una metáfora cultural para interpretar los problemas, cuenta Frank Furedi en La cultura del miedo. Esta cultura no nace de un aumento de los peligros reales, sino de una transformación en la forma en que las sociedades interpretan la incertidumbre. El riesgo deja de ser una dimensión inevitable de la vida para convertirse en algo intolerable que debe ser dominado; como eso es imposible, he ahí los ansiolíticos consumidos como si fueran aspirinas. “Riesgo” significó siempre “oportunidades y amenazas”; hoy en día pareciera que solo esto último.
Hay industrias enteras que viven de nuestro canguelo, de las alarmas a ciertos medios sensacionalistas. Demasiada gente haciendo caja a base de amplificar la más nimia amenaza; demasiados actores políticos día sí y día también alimentando la bicha. Por lo demás, hay muchas cosas que vender al amedrentado –cosas que no necesita–. Tras el pasado apagón se produjo un furor vintage por la compra de transistores, y debe haber por ahí material para subsistir a un invierno nuclear como para tres o cuatro armagedones. Pide la sobriedad cierta valentía: si quiere que sus hijos sean frugales, querido lector, esfuércese porque sean corajudos.
“La libertad significa responsabilidad” –dice Erich Fromm en su mejor libro, que, ay, sigue siendo rabiosamente actual– “por eso, la mayoría de los hombres le tienen tanto miedo”. Nos meten miedo pero justamente por cobardía nos gusta; compramos la mercancía que nos desresponsabiliza. Cuando en esto se va demasiado lejos va y te brota un Trump, como una amanita muscaria; juegas a asustar al personal y lo normal es que acabe abrazando un salvapatrias. Ahora que hay tantos que malbaratan la palabra “fascismo” (banalizándola), no está de más recordar que, junto a la violencia, el miedo es una de sus herramientas predilectas, y que quienes dicen combatir el fascismo han abusado de ella.
No tiene nombre lo que hemos hecho, en este sentido, con los jóvenes. Tenemos a la juventud más asustada y asustadiza de la historia. No solo hemos conseguido que le tengan miedo al futuro, que hemos transformado en un juego llamado “elige tu apocalipsis” –viral, nuclear, robotizado, climático–; hasta hemos logrado que tengan miedo al pasado. El movimiento lógico de reacción es el de esa juventud a la que algunos ridiculizan, por ser nostálgica de tiempos que no conocieron; y adónde creían ustedes que se dirigirían, genios de la política del miedo, si el futuro se lo mostraron como una copia fiel de Mordor.
“Son la salsa de la farsa, el meollo de un mal rollo, la mecha de la sospecha, la llama de la jindama”, canta Serrat cuando describe a “los macarras de la moral”. No hay emoción humana que sobre, y el miedo es, por tanto, natural y necesario. Sin embargo, su uso interesado es repulsivo y antidemocrático, y su utilidad real, para resolver los complejos desafíos a lo que nos enfrentamos, es nula. La absurda alerta antifascista no ha logrado detener ningún movimiento político y el catastrofismo climático no ha mejorado ni un gramo el cuidado que cada ciudadano, con sus decisiones y actos, debe al planeta.
Ha llegado la hora de probar otra estrategia política, la que logró en su día que Europa remontase una pavorosa posguerra: la del trabajo duro y la esperanza. Y fíjese si confío en la mayoría de nuestra tierra que calculo que el siguiente líder que nos hable con honestidad y apele a nuestro coraje y tenga ganas de arremangarse, se lo lleva.