El siglo de Jorge Semprún

El siglo de Jorge Semprún

En los días de la hoy casi olvidada invasión de Kuwait por Sadam Husein en 1991, que provocó la respuesta de Occidente en forma de coalición de la que formaba parte España, circula una anécdota que se suele dar por cierta, muy reveladora de la personalidad de su protagonista, Jorge Semprún. El entonces ministro de Cultura del Gobierno socialista de Felipe González, recibido por Izquierda Unida y el Partido Popular con parecida animadversión, fue el encargado de explicar la decisión del Gobierno español de integrarse en la coalición internacional liderada por Estados Unidos, a pesar de ser un asunto que estaba fuera de sus competencias ministeriales. La polémica fue intensa, especialmente entre el líder de Izquierda Unida y secretario general del Partido Comunista de España, Julio Anguita, y el propio ministro, antiguo dirigente del mismo partido hasta su expulsión en 1965. En un momento de la discusión, Anguita comentó que él llevaba pistola, naturalmente con permiso, para defenderse en determinadas circunstancias, intentando convertir el asunto en argumento contra la guerra. La respuesta de Semprún, con la mesura y el tono de desdén e irreprimible superioridad que solía tener –propio de quien, además de tener alguna lectura, se ha bregado en reuniones con La Pasionaria, Carrillo o Alfonso Guerra–, le respondió que él también la había llevado, pero que, a diferencia suya, él sí la había usado.

Y es que Jorge Semprún Maura, nacido el 10 de diciembre de 1923, tuvo una vida que parece el compendio de la pasada centuria de Europa, del llamado siglo más corto, aunque quizás sea el más largo, pues la guerra de Ucrania parece confirmar la persistencia de los efectos de la Gran Guerra. Fue nieto de Antonio Maura, temprano huérfano de madre añorada, niño republicano exiliado antes desde 1936 pues su padre, José María Semprún Gurrea, un intelectual republicano y una especie de democristiano amigo de Emmanuel Mounier, no volvió a España desde su embajada holandesa. Luego, durante la ocupación alemana en Francia, y ya convertido en militante comunista, fue miembro del maquis en Borgoña. Detenido en 1943, es deportado a Buchenwald donde sobrevive gracias, entre otras cosas, a su dominio del alemán y a la protección de los comunistas alemanes que controlaban el campo. Tras la liberación, vivió un largo periodo de dirigente comunista en la clandestinidad del Madrid de los cincuenta, todavía más gris que ye-ye, como Federico Sánchez, entre otros nombres de guerra. Años confusos en los que alternaba las reuniones políticas en tabernas de extrarradio con la actividad social en los bares de moda de la capital con famosos de la época como los hermanos Dominguín. Un militante de inquietudes teóricas que ya pensaba en francés pero que no sabía quién era Di Stefano, lo que casi le cuesta un disgusto en la España de entonces, y que estaba a punto de publicar su primer libro, el conmovedor Le grand voyage, escrito en francés como todos, menos las memorialísticas Autobiografía de Federico Sánchez y Veinte años y un día. Una obra, El largo viaje, que recoge por primera vez su testimonio hasta llegar a Buchenwald, a la que le seguirían otras, también testimoniales, que están entre las mejores de la muy abundante literatura concentracionaria, como Aquel domingo.

Personaje celebre en el París agitado de los sesenta y setenta, no le abandonaron las polémicas, sobre todo las referidas a su experiencia en Buchenwald –se le acusó de ser kapo– con su hermano Carlos, que fue feroz, y con sus antiguos camaradas o compañeros del Consejo de Ministros. Fue exitoso guionista cinematográfico de famosas películas de Costa Gavras o Alain Resnais tras su primer abandono de la actividad política en 1965, a la que volvería en 1989 integrado en el Gobierno socialista. Fue en esos días cuando al instalarse en el piso del Ministerio de Cultura adjudicado al ministro en la calle Alonso XI, hoy sede del CIS, vivió la impresión de ver la casa de su infancia –de la que salió en 1936 rumbo a un veraneo norteño del que no volvería, y en la que cuatro años antes murió su madre, Susana Maura– desde una perspectiva desconocida. Luego, diría que, al asomarse, le parecía verla tras los visillos, y probablemente era así.

Pero, para bien y para mal, fue sobre todo un europeo, una identidad y un proyecto que siempre defendió. Fue un intelectual destacado y un político comprometido, primero, con el comunismo y, después, con la socialdemocracia que hizo la Europa de postguerra. Un hombre de su tiempo, una época de fuego y sangre en la que participó y a la que contribuyó, como tantos otros que combinaron las armas y la agitación política, y las letras. Fue de aquellos que convirtieron su vida en literatura, aunque tomándose alguna licencia, integrándose en el elenco de personajes que representan el siglo XX, desde Jünger, Malraux, Ridruejo, a Von Salomon, T. E. Lawrence, D’Annunzio o Malaparte, por citar los más conocidos.

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