Más pegado que una lapa gigante
La lapa gigante es, junto a la nacra, el invertebrado marino más amenazado del Mediterráneo
La recolección intensiva y la transformación del litoral, redujeron sus poblaciones hasta reducirlas a pequeños núcleos aislados
La brótola, vida discreta de un pez de fondo
Pegada a la roca, donde el mar golpea y el sol abrasa, vive una de las especies más antiguas y amenazadas del Mediterráneo. La lapa gigante (Patella ferruginea), es uno de los invertebrados marinos más escasos de Europa y, sin duda, uno de los más emblemáticos. Algunos ejemplares superan los 10 centímetros de longitud, lo que la convierte en la mayor lapa mediterránea. En la actualidad sobrevive en pequeños enclaves del mar de Alborán como testigo de un litoral que casi hemos perdido. Su historia es la de un molusco discreto, pero también la de un mar que lucha por conservar su memoria biológica.
Este raro molusco gasterópodo es un bioindicador de parajes bien conservados y tiene un papel ecológico único en las costas rocosas, simbolizando, quizá más que ninguna otra especie, los desafíos de la conservación marina en nuestra región.
Morfología: diseñada para resistir
La lapa gigante es un prodigio de adaptación al intermareal rocoso, la franja de costa que queda alternativamente sumergida y expuesta, un entorno extremo donde pocas especies pueden prosperar. Allí soporta insolación, desecación, golpes de mar y cambios bruscos de salinidad.
Cuando sube la marea, se activa, desplazándose lentamente para raspar microalgas y biofilm con su rádula, una lengua dentada que actúa como una lima biológica. Al bajar el agua, regresa con precisión milimétrica a su punto de reposo, una pequeña cavidad excavada en la roca que encaja con su concha como una huella dactilar.
A primera vista puede pasar como una simple protuberancia más sobre la roca, inmóvil, casi mineral. Pero basta acercarse y observar con atención para descubrir una concha poderosa, maciza, excepcionalmente gruesa, reforzada por fuertes costillas radiales que disipan la energía de las olas. Exteriormente adopta colores pardos, anaranjados o herrumbrosos, por dentro exhibe un color blanco nacarado. Esta concha no solo protege: actúa como escudo térmico, barrera contra depredadores y herramienta de sellado para conservar la humedad.
Bajo ella se oculta un pie musculoso capaz de generar fuerzas de adhesión enormes. Cuando la lapa se fija a la roca, resulta casi imposible despegarla sin romperla. Esa sujeción le permite sobrevivir a temporales que barren por completo su hábitat.
Lejos de ser un simple habitante pasivo, la lapa gigante es una ingeniera del ecosistema: regula el crecimiento de algas, mantiene superficies limpias y contribuye al equilibrio de las comunidades intermareales.
Del pasado abundante al presente fragmentado
En tiempos prehistóricos, esta lapa era abundante en el Mediterráneo occidental: sus restos aparecen en numerosos concheros neolíticos, lo que indica que ya era explotada por los primeros habitantes humanos del litoral. Durante siglos formó parte del paisaje habitual de las costas mediterráneas. Pero a partir del siglo XIX su declive se aceleró. La recolección intensiva, unida al crecimiento urbano, la construcción de puertos y la transformación del litoral, redujeron sus poblaciones hasta convertirlas en pequeños núcleos aislados.
Hoy en día, su distribución conocida es relicta y fragmentada: persiste en unas pocas áreas del norte de África (desde el estrecho de Gibraltar hasta Túnez), algunas costas de España (incluyendo Granada, Málaga y Almería), poblaciones en Córcega y Cerdeña, y en islotes del Mediterráneo central.
Las amenazas que la cercan
El retroceso de Patella ferruginea responde a una combinación de factores principalmente de carácter antrópico:
• Recolección histórica (para consumo alimentario, como cebo e incluso para coleccionismo), que redujo drásticamente su distribución y abundancia. El furtivismo, incluso ocasional, tiene un impacto enorme debido a la baja densidad actual de las poblaciones.
• Fragmentación, pérdida y artificialización del hábitat, con puertos, espigones y paseos marítimos sustituyendo al litoral rocoso natural, quizás sea la causa principal que además rompe la continuidad espacial que la especie necesita.
• Presión recreativa sin control, especialmente en zonas accesibles durante mareas bajas, que perjudica la reproducción natural.
• Contaminación del agua y otras alteraciones ambientales, propias de un mar rodeado de grandes focos urbanos y navegación intensa.
A estas causas hay que sumar los condicionantes biológicos propios de estos organismos tales como baja fecundidad, dispersión larvaria limitada o la dependencia de poblaciones densas para una reproducción eficaz.
Cada una de estas amenazas actúa como una muesca más en una especie que ya se encuentra al límite.
Proteger a la lapa gigante: medidas y estrategias
La lapa gigante está protegida por múltiples marcos legales internacionales y europeos, incluida la Directiva de Hábitats de la Unión Europea y los convenios de Berna y Barcelona, que obligan a su protección estricta.
Está incluida en los listados y catálogos de fauna silvestre amenazada, español y andaluz, como “en peligro crítico de extinción” y en el Libro Rojo de Invertebrados de Andalucía como “en peligro de extinción”, lo que significa que su estatus se asemeja al de especies como el lince ibérico o el águila imperial. Su captura, manipulación o destrucción está prohibida.
España aprobó en 2008 una Estrategia de Conservación de Patella ferruginea, actualizada en 2023, con el objetivo de orientar políticas y acciones técnicas para recuperar a la especie y reducir el riesgo de extinción. Esta estrategia define medidas clave como:
• Seguimiento científico de poblaciones, con censos regulares.
• Identificación de zonas críticas y sensibles para priorizar protección.
• Evaluación y mitigación del impacto ambiental de obras costeras o actividades recreativas.
• Investigación sobre biología y dinámica poblacional mortalidad no natural, para comprender mejor las amenazas actuales y proteger los enclaves productores.
Parientes cercanos: un árbol familiar numeroso
Las lapas pertenecen al Filo de los moluscos, el grupo más numeroso y diverso de invertebrados marinos, (casi la cuarta parte de las especies). Se incluyen dentro de la Clase de los gasterópodos que abarcan desde los conocidos caracoles con concha hasta las coloridas babosas de mar sin ella. Su nombre proviene del griego (gastro = estómago + podo = pie), ya que poseen un pie musculoso en posición ventral que utilizan para reptar.
Patella ferruginea pertenece al grupo de las conocidas como lapas verdaderas, consideradas uno de los linajes más antiguos de gasterópodos actuales. Su diseño corporal, concha simple, no enrollada, ausencia de opérculo, y pie musculoso, es el resultado de millones de años de evolución adaptada al oleaje.
Dentro del género Patella se agrupan especies muy comunes en nuestras costas, como P. rustica, que ocupa niveles más altos del intermareal, o P. caerulea, muy común en zonas más bajas. Sin embargo, P. ferruginea representa una línea evolutiva singular, endémica del Mediterráneo occidental y hoy confinada a parajes muy concretos. La lapa gigante se diferencia de ellas por su mayor tamaño, concha más robusta y distribución extremadamente restringida.
Es, en cierto modo, una reliquia viviente de un litoral más salvaje. Los estudios genéticos confirman que es una especie bien delimitada, con escasa conectividad entre poblaciones. Esta falta de intercambio biológico la hace única… y especialmente vulnerable.
Un futuro en nuestras manos
El caso de la lapa gigante no es solo una historia de declive, sino también de resistencia biológica y de esfuerzos coordinados de conservación. Aunque sus poblaciones son escasas y fragmentadas, aún hay indicios de reproducción y reclutamiento en ciertos enclaves, lo que sugiere que, con el apoyo correcto, es posible mantener o incluso reforzar estos reductos.
La clave está en una combinación de políticas públicas sólidas, investigación científica permanente y, muy importante, una ciudadanía bien informada y comprometida. Cada vez que evitamos recolectar una lapa, que no perturbamos un acantilado o que respetamos zonas protegidas, contribuimos a su supervivencia.
Porque en las rocas del Mar de Alborán, esa lapa gigante que a simple vista puede pasar desapercibida, guarda el relato de un mar que queremos preservar: biodiverso, resiliente y lleno de vida. Y su futuro dependerá, en gran medida, de nuestra propia voluntad de protegerlo.
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