Aromas y Sabores

Los monjes y el vino

  • Los monjes y sus monasterios fueron responsables de preservar la vitivinicultura durante casi 10 siglos evitando que la tradición se perdiera en los pliegues del tiempo

La Ribeira Sacra, viñedos y monasterios. La Ribeira Sacra, viñedos y monasterios.

La Ribeira Sacra, viñedos y monasterios. / M. L.

Cambian vides, condiciones orográficas o tipos de vino. Pero las zonas vitícolas europeas de mayor prestigio, desde Borgoña al Mosela, tienen algo en común. Las órdenes monásticas, especialmente los benedictinos, contribuyeron de forma decisiva a la expansión del viñedo.

A los trapenses, una de las comunidades más rígidas y exigentes, que estaban obligados al silencio absoluto, que no podían comer carne ni pescado, el vino nunca les faltaba en la mesa.

San Benito, fundador de los benedictinos, en su Regula monasteriorum, Regla de los monasterios, escrita en el año 540 en el capítulo XL dice: “Atendiendo a la debilidad de los flacos, creemos que basta a cualquiera una hemina de vino al día”. Una hemina, o emina, corresponde a 18,11 litros. No es mala cantidad de vino al día…

Monje bodeguero. Monje bodeguero.

Monje bodeguero. / M. L.

Una regla monástica femenina, transcrita en el año 976 para ser observada en el monasterio de las Santas Nunilo y Alodia, cerca de Nájera, permite a las monjas beber la tercera parte de una hemina.

El Monasterio de Silos, en 1338, producía 1.550 cántaras, pero consumía 3.620. Si tenemos en cuenta que cada cántara tiene 16 litros, vemos que el consumo anual se eleva a 57.920 litros.

La Ribeira Sacra, en Galicia, no es una excepción. Los monasterios, muy en particular el de San Vicente do Pino, impulsaron la viticultura a través del aforamiento de tierras. Los monjes del templo monfortino predicaban con el ejemplo. Su dieta diaria incluía el consumo de hasta dos litros de vino, según documentos a los que tuvo acceso el investigador Felipe Aira.

Según informa el Diario de Galicia, las alusiones al consumo de vino de los benedictinos figuran en el libro de registro que realizó fray Mancio de Torres en 1613 a instancias de la Congregación de San Benito el Real de Valladolid, de la que había pasado a depender el monasterio hoy convertido en parador de turismo. Una de las escrituras que recopila, del año 1449, detalla que el "repartimiento de obediencia señala de razón a cada monje doce fanegas de centeno, dos de trigo y dos de millos, y una de azumbre de vino cada día". Otra referencia del libro de registro, datada en 1488, contempla una ración por monje de “un mollo de centeno y tres tegas de trigo al año. Media azumbre de vino de Duade y media de Monforte al día”.

“Hay que recordar que el vino fue la bebida más consumida en la Edad Media. El agua no era de buena calidad y estaba en el origen de enfermedades como la peste”, apunta Felipe Aira. Antigua unidad de medida, el azumbre se utilizaba habitualmente de forma exclusiva para el vino. Solía equivaler a dos litros, aunque en algunas zonas correspondía a dos litros y medio. El medio azumbre de vino de Doade –compensado con otro medio de Monforte– al que alude el libro de registro se derivaría de la mayor calidad y grado alcohólico de los vinos de la ribera del Sil.

Según pudo comprobar Felipe Aira, la ribera de Doade figuraba entre las posesiones más codiciadas por el monasterio monfortino, de los más ricos de Galicia en los siglos XVI y XVII. “El coto de Doade –detalla– trajo muchos quebraderos de cabeza a los monjes por las pretensiones de algunos condes de Lemos de hacerse con la propiedad”.

El monasterio de San Vicente do Pino poseía varias bodegas en el actual conjunto monumental y viñas en casi todos los barrios monfortinos y en muchas parroquias. Le pertenecían además los viñedos de Vilachá de Salvadur, entre las zonas más afamadas del Sil junto con Doade. “Los benedictinos recibían a cambio de los foros vino que le debían llevar a las propias bodegas del monasterio”, explica Felipe Aira. Un foro de 1748 da constancia del pago de una renta anual de 62 canados de vino –en torno a dos mil litros– por un viñedo situado en Os Lagares, nombre por el que se conoce una de las tres zonas que configuran la ribera de Vilachá de Salvadur.

Los trapenses no podían comer carne ni pescado, pero el vino nunca les faltaba en la mesa

También el historiador José Antonio López Sabatel rescató abundante documentación histórica sobre la importancia del viñedo en la Ribeira Sacra en la época bajomedieval. “Es un período en el que hay una enorme crisis y un gran bajón demográfico en toda Europa. El cultivo del cereal para venta no tenía mucho sentido, porque no había mercado suficiente. Con el vino no sucedió eso, porque siempre fue destinado al comercio como producto de lujo”, señala este especialista. El gran desarrollo del viñedo en los siglos XIV y XV fue consecuencia –detalla– “de la política de los monasterios de diversificar la superficie cultivada extendiendo el viñedo por los baldíos y montes”.

Los documentos de la época son precisos en cuanto a la extensión y capacidad productiva de las viñas aforadas. Apenas existen, sin embargo, referencias a los mercados a los que se destinaba la venta del vino. Los historiadores coinciden, en todo caso, en la importancia de esta actividad para la economía de los monasterios.

E igual ocurre más allá de nuestras fronteras. El mejor ejemplo es una antigua abadía transformada en Relais & Châteaux, algunos de los mejores vinos del mundo, bares agradables llenos de botellas admirables, y el permanente recuerdo de la orden cisterciense, en Borgoña, es la cuna de muchas culturas, y sus viñedos son patrimonio de la Unesco. El viaje transcurre a poca velocidad a lo largo de la Côte de Nuits. Verá los tejados de colores de los Hospicios de Beaune y los restos de Cluny o de Brancion, un pueblo medieval. Y más lejos, al sur de Borgoña, tienen otras riquezas: en Bresse disfrutará de mercados y sabores inolvidables.

Así, los monjes y sus monasterios fueron responsables de preservar la vitivinicultura durante casi 10 siglos. Y por eso vale la pena mirar qué hicieron distintas comunidades religiosas para mantener viva la tradición y evitar que ésta se perdiera en los oscuros pliegues del tiempo.

La principal razón por la cual los monasterios se dedicaron a perpetuar la tradición fue por la necesidad de tener vino para la Eucaristía. Sin embargo, más allá de su dimensión espiritual, también hubo razones terapéuticas, al igual que sensoriales y lúdicas.

Desde el punto de vista de los beneficios para la salud, el vino siempre se recomendó para asegurar una buena digestión, curar las afecciones de la garganta, lavar las heridas o ayudar a conciliar el sueño. Tanto fue así que un viejo dicho monástico decía que “quien bebe una copa de vino, duerme bien; y quien duerme bien, no peca, y quien no peca, asciende al cielo. Amén”.

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