David Pastor Vico: "Hemos confundido la duda con la sospecha"

Filósofo y divulgador

El filósofo y ensayista David Pastor Vico. / Ismael Rubio
Miguel Lasida

04 de febrero 2026 - 06:59

El filósofo y ensayista David Pastor Vico (Jambes, Bélgica, 1976) recurre al análisis de la sociedad y sus desazones para divulgar los principios de la ética en su última obra, Filosofía para desconfiados, una reivindicación del nosotros (Ariel). Este hijo de emigrantes volvió con seis años a Sevilla, a un barrio donde los problemas se afrontaban “entre todos”. Eran los años ochenta, era otro siglo; desde entonces el mundo se ha ido ensimismando.

Pregunta.–¿Tiene la sensación de caos?

Respuesta.–Hay mucho ruido. Los medios digitales lo fomentan porque en el ruido aparecen nuevos clientes. Pero no nos gusta el ruido sino la certeza, los mensajes claros y distintos.

P.–¿Y qué estamos haciendo?

R.–Cada uno busca el mensaje que le conviene a su modo de pensar. El ruido genera bloques identitarios y la gente, cansada del ruido, cansada del problema aparente, se acerca a uno de los bloques no por ideología sino por reacción y buscando lo que la hace sentir parte de un todo. Si esta parte tiene además una acción política, fantástico. Somos seres gregarios y buscamos el grupo donde sentirnos cómodos y protegidos.

P.–¿Quién gana cuando reina el ruido?

R.–Quien es capaz de dirigir esos grupos y sacarles partido.

P.–¿Quién pierde con este ruido?

R.–Todos, toda la sociedad.

P.–Buscamos al grupo por nuestra condición gregaria pero luego hay un afán de ser únicos y especiales, ¿no es así?

R.–Es lo que nos han contado en la televisión. A ver, biológicamente somos únicos pero también lo son las bolsas de basura. No hay dos bolsas de basura iguales y eso no las hace más valiosas. Estamos confundiendo lo único con lo especial y lo valioso. Ahora bien, si queremos entender ser especiales con ser diferentes, vale, de acuerdo, pero eso no nos hace mejores.

P.–Ni mejores ni los mejores, ¿no?

R.–Ser una mejor persona es una tarea difícil que parte desde la modestia y desde el conocimiento que te dan los demás. Porque uno solo no es absolutamente nada, por muchos libros y manuales de Internet que haya leído.

P.–¿Por qué se asocia ser desconfiado a estar espabilado?

R.–Porque hemos confundido la duda con la sospecha. Dudar es no estar convencido de las cosas y eso es bueno, es el gran motor de la filosofía. La sospecha viene del latín suspiciere, que significa mirar de abajo arriba. La sospecha presupone ya algo malo en el otro.

P.–¿Y a qué conduce esa desconfianza?

R.–Si te acercas al otro presuponiendo algo malo es más fácil que acabes viendo más grande lo malo que lo bueno que pueda tener. Por lo tanto, desconfías de esa persona, creyéndote listo, creyéndote que has descubierto a un enemigo. Esto te lleva al solipsismo, al individualismo más atroz, que es muy fácil de manipular. Tenemos sociedades profundamente individualistas porque serán analfabetas y manipulables.

P.–¿Cómo hemos llegado aquí?

R.–Nos vendieron la milonga de que sobrevive el más fuerte. Eso es fruto de una corriente, el darwinismo social, que nos llevó al genocidio armenio, a dos guerras mundiales y a acabar con los kurdos. Y para que no fuese tan dramática la idea de que sobrevive el más fuerte se nos vendió que el ser humano es egoísta por naturaleza. Siendo así, es lógico que sólo me preocupe de mis asuntos.

P.–¿Quién se ocupa entonces de todos, del conjunto?

R.–Nadie tiene en cuenta que hemos sobrevivido 300.000 años por cuidarnos unos de otros. Si estamos aquí es porque un padre, una madre y un clan nos han protegido. El egoísmo por naturaleza es una mentira absoluta. Lo que nos diferencia realmente de otros animales no es el ser político, pues los chimpancés también lo son, sino la conciencia de tener la necesidad de estar juntos y de cuidarnos. Somos una especie que cuidamos de los niños y de los viejos, aunque la parte de los viejos se nos esté olvidando.

P.–¿Y qué pasó para que empezara a cundir la desconfianza en el prójimo?

R.–La caída de la Unión Soviética y el predominio del primer mundo y de su ideología, que convirtió la clase obrera en una clase media e individualista.

P.–¿Qué papel ha tenido Internet en el desarrollo de ese individualismo desconfiado?

R.–Internet ha llegado en el momento justo cuando la gente podía tener un ordenador y un teléfono en casa. Internet, que es una tecnología maravillosa, lo ha acelerado todo, aunque el daño ya estaba hecho.

P.–Al inicio hubo quien creyó que Internet sería la arcadia del conocimiento.

R.–Es un servicio en manos de empresas que tienen que hacer un negocio y ese negocio somos nosotros. Las redes sociales tienen en nosotros su modus vivendi: cuanto más tiempo nos tienen enganchados, más negocio hacen. Son ellos los que deberían pagarnos a nosotros.

P.–En el libro cita a Goebbels: “Cuanto más grande es una mentira, más gente la creerá”. ¿En qué mentira cree demasiada gente?

R.–Que la culpa de que los pobres estén mal la tienen otros pobres.

P.–¿Y qué verdad se cree demasiada poca gente?

R.–Que los problemas se solucionan entre todos.

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