Festival de Música y Danza de Granada, crítica Argerich y Capuçon, cautivadores en la noche granadina

  • La noche granadina se vistió de gala para recibir a la pianista Martha Argerich, que vuelve al Festival tras 41 años de su primera visita

  • Acompañada de Capuçon, violinista de gran proyección en Europa, dedicaron la velada a las sonatas para violín y piano del siglo XIX y comienzos del XX

Argerich y Capuçon, cautivadores en la noche granadina

Argerich y Capuçon, cautivadores en la noche granadina / Fermín Rodríguez/Festival (Granada)

El Festival de este año abunda en grandes figuras solistas, y la presencia de Martha Argerich es sin duda uno de sus grandes apuestas. Para la ocasión ha decidido rendir culto a un género en el que el piano brilla no solo por sí mismo, sino por su capacidad narrativa junto al violín. Las sonatas para violín y piano escritas a lo largo del siglo XIX ahondan en la capacidad virtuosística de ambos instrumentos, y a menudo suele situarlos a igual importancia. Por eso, sin duda, han sido escogidas por la pianista, por su capacidad de demostrar su maestría al mismo tiempo que realiza un ejercicio de dialéctica con otro gran intérprete como es Renaud Capuçon.

El concierto se abrió con una sonata temprana de Ludwig van Beethoven, la Sonata para violín y piano núm. 8 en sol mayor op 30/3 que escribiera en 1802, el mismo año del Testamento de Heiligenstadt y de la composición de su segunda sinfonía. Pese a tratarse de una época convulsa para el autor, esta obra destaca por su aparente ausencia de conflictos en el primer movimiento, alegre y optimista. Más misterioso se muestra el autor en el segundo movimiento Tempo di Minueto con muchas preguntas en la parte del piano y pocas respuestas, en el que el violín tiene un papel más etéreo. Sin embargo, el solista vuelve a retomar importancia en el  Allegro Vivace final, muy dinámico y alegre en ambas partes, con momentos divertidos e irónicos. Este muestrario de emociones y dialécticas fue el marco ideal para que Martha Argerich y Renaud Capuçon evidenciaran ante el público granadino la buena sintonía y entendimiento que hay entre ellos: dos fieras de la interpretación uniendo sus fuerzas con un resultado deslumbrante y sobrecogedor.

Cambiamos diametralmente de dialéctica al entrar en la primera mitad del siglo XX con la Sonata para violín y piano núm. 2 en re mayor op. 94a  de Serguéi Prokófiev. Esta sonata es, en realidad, una transcripción de la que el autor había escrito para flauta y piano, y sorprende por su ligero virtuosismo y carácter clásico, ya que fue escrita en plena Segunda Guerra Mundial. En su estructura sigue el esquema heredado del siglo precedente, si bien la articula en cuatro movimientos contrastantes en ritmo y carácter. Iniciada con un Moderato  bitemático de carácter romántico, rápidamente evoluciona hacia un Scherzo  rápido y contorneado de motivos danzables, que casi sin solución de continuidad desemboca en el Andante misterioso y soñador, donde la romanza del violín se erige como protagonista. El Allegro con brio final de hermosos pasajes virtuosísticos donde el autor vuelca todo su conocimiento técnico de ambos instrumentos.

Argerich y Capuçon demostraron una sincronía perfecta en cada movimiento

Nuevamente, Argerich y Capuçon demostraron una sincronía perfecta en cada movimiento, siendo fieles al complejo discurso de Prokófiev sin sacrificar ni un ápice de expresividad. La nitidez del violín y la rotundidad del piano evidenciaron no solo el virtuosismo y dominio técnico de ambos artistas, sino también su capacidad para amoldarse a distintas estéticas y estilos dentro de un mismo recital con enorme musicalidad y calidad.

El programa lo cerró la Sonata para violín y piano núm. 2 en la mayor FWV 8 de César Franck. Esta sonata fue inspirada por el matrimonio Eugène Ysaÿe y Louise Bourdeau en 1886, y es una clara muestra de que, pese a la evolución de casi un siglo del lenguaje romántico desde la temprana sonata beethoveniana, en esencia las tres obras del programa son muy cercanas en su concepción estructural. Articulada también en cuatro movimientos, cada uno de sus partes es todo un ejercicio de composición para violín y piano, pues explora todas las posibilidades técnicas de ambos instrumentos en un perfectamente ensamblado discurso. Franck, que como Beethoven y Prokófiev era fundamentalmente pianista, refleja en esta obra una profunda comprensión de la escritura idiomática de ambos instrumentos, cualidad que aprovechó el dúo Argerich-Capuçon para realizar una interpretación sublime, en la que se mantuvo la respiración para no romper la magia que se creó en el escenario. La prolongada ovación de un Palacio de Carlos V prácticamente lleno (dentro de las limitaciones de aforo) se prolongó durante más de cinco minutos, y persuadió a los intérpretes a ofrecer como bis un movimiento de la Sonata de Beethoven.

 

 

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