Sin Ritmos no hay estampa
La danza comienza en la 73 edición del Festival con un espectáculo del Ballet Nacional con la presencia de la reina emérita, como presidenta de su fundación
Rubén Olmo: "Los teatros se llenan cada vez que hay danza y los políticos deben darse cuenta de ese apoyo"

La inauguración del espacio de la danza tuvo que comenzar con 15 minutos de retraso en el Teatro del Generalife, para que su majestad la emérita Dª. Sofía, que presidía la gala como presidenta de su fundación, adverara con su presencia la velada, sin que esta vez destacase su correctísima profesionalidad. El programa que presentó en esta ocasión el BNE tras su estreno en este mismo año en Teatros del Canal, Teatro de la Zarzuela y la Factoría Cultural de Terrasa, marcado por el paso de la renovación generacional que desde la tradición arranca con la potente pieza Ritmos, obra maestra de la danza española firmada por el gran Alberto Lorca (Sevilla 1924-2008), que en su momento dedicó a Encarnación López “La Argentinita”. Magnífica carta de presentación de la compañía en innumerables galas internacionales desde que fue creada, donde además de mostrar el objetivo fundacional y propósito fundamental de la formación en colación a la preservación del patrimonio inmaterial de la danza española, muestra el contenido en este arte únicamente nuestro, esencia a modo de síntesis de los diferentes estilismos contenidos como muestra de su riqueza, fundamento existencial de la formación dancística. Un público que, atento a la meteorología del día, finalmente pudo disfrutar en una noche fresca del baile español sin argumento, de su simetría, de su orden, de la maestría del movimiento coral, abstracción de carácter español, elegancia, pieza sencilla y virtuosa a la vez, enérgico despliegue entre piruetas, zapateados y castañuelas sabiamente acopladas a la brillante partitura de José Nieto, desmerecida por una grabación con la ausencia de nitidez y sonido limpio, más acorde con la sonoridad que permiten las nuevas tecnologías actuales, pero que lo marcó como compositor señalado desde su estreno absoluto el 13 de julio de 1984 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, bajo la dirección de María de Ávila. Pieza que brillantemente iluminada por Freddy Gerlache, con el devenir de sus cinco movimientos, a pesar de sus 40 años de vida, ha sabido mantenerse en auge bajo la mejor de las estéticas de este arte con la que fue creada para perdurar en el tiempo siendo gozosamente disfrutada por el espectador.
En segundo lugar un solo, Pastorela, de Antonio Ruz, ejercicio de simbiosis entre lo contemporáneo y la danza española, virtuosamente interpretado por Inmaculada Salomón, lleno de sensibilidad, sutilezas y delicadezas apoyándose en el excepcional trabajo musical del compositor sevillano Manuel Blasco De Nebra (1750-1784) y su original repertorio de Sonatas y Pastorelas para clave y fuerte piano de donde nace la inspiración para la pieza e interpretada magistralmente por Jose Luís Franco, conjugando con la complicidad entre el coreógrafo y la intérprete. Ruz, nos hace fluir sin prejuicios por los diferentes códigos de movimiento del arte dancístico, exportando lo más humano y natural del contemporáneo, a lo español, a modo de aparente improvisación introspectiva, contemporaneizando sus estéticas a modo de diálogo poético renovado y simbiótico, un estilismo sensible y recogido. Con un vestuario tradicionalista elegantemente resuelto, y apoyado con una iluminación de Olga García, que pareció no estar suficientemente adaptada al gran espacio escénico, y que dejó a la intérprete en penumbra en varios momentos, pero que no impidió con su emotivo discurso mantener la evocación de su trascendencia emotiva en el espectador, resultando magnifica elección como enlace entre dos obras corales.
GENERACIONES
Ritmos
Coreografía: Alberto Lorca Música: José Nieto Diseño de iluminación: Freddy Gerlache (AAI) Adaptación de iluminación: Eduardo Solís, Asier Basterra Diseño de figurines: Pin Morales, Román Arango
Pastorela
Coreografía: Antonio Ruz Interpretación y colaboración coreográfica: Inmaculada Salomón Música: Manuel Blasco Nebra (Sonata No. 1 in C (Allegro) Pastorela No. 6 in E Minor (Minuet) Piano en directo: José Luis Franco Diseño de iluminación: Olga García (AAI) Diseño de vestuario: Alejandro Andújar
Estampas flamencas
Coreografía: Rubén Olmo, Miguel Ángel Corbacho Música: Enrique Bermúdez, Diego Losada, Víctor Márquez y música popular Textos: Federico García Lorca, Gabriel de la Tomasa, Juan José Amador y letras populares Escenografía y audiovisuales: José Maldonado Iluminación: Felipe Ramos
Idea casi de inspiración similar a la magistral pieza de comienzo del programa, Rubén Olmo (Sevilla, 1980) y Miguel Ángel Corbacho (Sevilla, 1977) firmaron la pieza que cerraba la noche con unas desconcertantes “Estampas flamencas”, estructuradas en 6 movimientos; Martinete, Zorongo, Seguiriya, Caracoles, Taranto y Almoraima. Con su sonido aquí algo estridente desde el patio de butacas, pero de magníficos músicos flamencos en vivo, esta vez en memoria a Antonio Ruíz Soler, el bailarín (Sevilla, 1921 – Madrid, 1996); Que a pesar de la buena intención e interpretación destacada de la granadina Laura Vargas, se vieron alegres y coloristas, pero ausentes de raíz, pureza y conocimiento profundo del arte de su homenajeado paisano. Flamenco (“felah” que significa “campesino” y “Mencub” que significa “Marginado o errante”) lleva consigo implícito algo más auténtico para satisfacer al respetable por muy renovado y contemporáneo que se quiera ser. Carentes de gusto, largas, repetidas y muy lejos de recordar en algo al gran Antonio, quién se internacionalizó tras su paso por EEUU (1978), donde absorbió cuando vio en su búsqueda ecléctica y renovada para nuestra singular danza. En la que trataba de reencontrar a la danza clásica, el folclore, la tradición y su reconocimiento más internacional. Reconocido como artista total, el más virtuoso, intuitivo, expresivo y completo de la danza española del siglo XX, tuvo su última actuación en nuestro festival en su 1ª edición en 1952. Poco tuvo que ver con su arte esta pieza de despedida que por fin dio paso al relax del ambigú para unos, y al conticinio de la fresca noche nazarí para otros.
Comenzó más pronto que nunca esta vez en el Teatro del Generalife la 73ª edición de este reconocido internacional evento que pone a Granada en la mirada cultural europea. Despedida de Antonio Moral (Puebla de Almenara, Cuenca 1956), director que apostó poco por la danza, aunque en la pasada edición nos deleitase con el Ballet de la Ópera de Hamburgo y su memorable John Neumeier, quizás la más soberbia apuesta dancística de nuestra historia, y bienvenida a Paolo Pinamonti (Venecia, 1958), con la esperanza de que éste venga con mayores ilusiones para los fieles seguidores de este efímero arte.
Impecable el trabajo logístico y de dirección técnica de Daniel Ortíz y su eficaz silencioso equipo, que, como arranque de un festival ya experimentado, cuyo reconocimiento europeo y mundial parecen no alcanzan a percibir suficientemente las instituciones culturales nacionales, puso nuevamente en marcha uno de nuestros recintos más placenteros y bucólicos para disfrutar de la poca danza programada para esta edición. Quizás la conversión de éste acontecimiento granadino, de consorcio a fundación, podría facilitar y hacerlo prosperar como mayormente solvente, para recuperar el esplendor de otras épocas, sin que Granada quede una vez más y en todo esto al margen de los centralismos andaluces.
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