Granada

Antonio Funes, el cartero que le escribía a Dios

  • Tras pasar su vida laboral en Correos, uno de sus libros relata su experiencia en la mili como repartidor de la correspondencia en el Sáhara

  • En un mundo en el que ya nadie escribe cartas, este tardío escritor resalta lo importante que era para la gente recibir noticias metidas en un sobre

Antonio Funes en la actualidad, junto a una moto de Correos. Antonio Funes en la actualidad, junto a una moto de Correos.

Antonio Funes en la actualidad, junto a una moto de Correos. / A. Cárdenas

En la calle de mi infancia vivía una vecina que se llamaba Encarna. Encarna tenía el novio en la mili y todos los días esperaba ansiosamente la llegada del cartero, seguramente el hombre más deseado de su vida después de su prometido, que era el que le escribía las cartas de amor que le llevaba el cartero. Todos los días mi joven vecina, a eso de la una de la tarde, se sentaba en la puerta para esperar la misiva de su novio.

A veces el cartero pasaba de largo y Encarna le preguntaba: “Cartero, ¿tienes algo para mí?”. Y cuando el cartero le decía que no, Encarna se desmoronaba y creía que se había perdido un día de su vida. Pero a veces tenía dos cartas a la vez de su pretendiente y ella se iba a su habitación para leerlas hasta tres y cuatro veces. Eran otros tiempos. Menos mal que al novio de mi joven vecina no le pasó como a aquel que de tanto escribir a su novia consiguió que ella acabara casándose con el cartero. Ahora los mensajeros no llevan cartas de amor a la gente, solo llevan notificaciones de Hacienda, multas y avisos de pagos de impuestos.

Los carteros han pasado de ser esos profesionales que te alegraban el día si llamaban a tu puerta a ser mirados con recelo porque suelen ser portadores de noticias nefastas que afectan al bolsillo del destinatario. Aunque, mirándolo bien, la cosa no ha cambiado tanto porque si antes mucha gente firmaba con el dedo gordo cuando recibía un certificado, ahora volvemos a firmar con el índice en esos cacharros electrónicos que llevan los mensajeros. Solo hemos cambiado de dedo.

De todo eso sabe muy bien nuestro entrevistado de hoy, Antonio Funes Delgado, que ha sido cartero toda su vida. Antonio sabe que, efectivamente, se ha perdido todo el romanticismo que existía en torno al oficio, desde que ya no se escriben cartas a mano en las que expresar nuestros sentimientos.

–Este es uno de los oficios que más ha cambiado las nuevas tecnologías. Yo me acuerdo de llegar a alguna casa y de incluso leerle las cartas a los destinatarios porque ellos no sabían leer o porque no veían las letras. Este oficio ya no es el mismo, quizás porque faltan las cartas de amor, aquellas en las que la amada se pintaba los labios para pegar el sobre que recibía su amado. Los besos estampados con carmín revivían al destinatario.

En su etapa de mili En su etapa de mili

En su etapa de mili / A. C.

Antonio fue cartero, lo mismo su suegro, su esposa, su hermano y ahora su hija. ¡Sepa Dios las cartas que han podido llevar toda esta familia de carteros a lo largo de su vida! Él parecía predestinado para este oficio ya que durante la época en que estuvo en el seminario sus compañeros les daban las cartas cuando salía a la calle para que las echara al buzón de Correos. Y durante el servicio militar en El Aaiún fue el encargado de repartir la correspondencia entre los soldados allí destinados.

El caso es que cuando Antonio se jubiló como cartero le dio por escribir y ya tiene varios libros publicados, uno de ellos El cartero del desierto, una manera novelada de lo que pasó en El Sáhara cuando Franco estaba a punto de morir. “Yo sigo escribiendo a mano. He escrito cartas a mucha gente, incluso a Dios”, dice.

Cañarete auténtico

Si algo ha aprendido Antonio Funes en la vida es que es mejor ser humilde y reconocer hasta donde tiene uno el listón en la vida. Cuando lo llamo, también es de los que se extraña por querer hacerlo protagonista de estos encuentros periodísticos. “Pero hombre... ¿no tienes gente más importante a la que entrevistar? Yo solo soy un cartero jubilado y un aprendiz de escritor”. “Ya, pero creo que tienes historias que contar y que pueden interesar a los lectores, que al fin y al cabo es lo que cuenta”, le respondo. “Bueno, como quieras”, contesta un tanto resignado.

Nuestro encuentro se desarrolla en una cafetería de Santa Fe, el pueblo que eligió para vivir después de jubilarse como cartero. Antonio Funes Delgado nació en la localidad alpujarreña de Cáñar en 1952, en una casa que hay enfrente de la fuente, en la plaza principal. Su padre era labrador y su madre se dedicó a las labores de su casa y a criar a cinco hijos que le nacieron, en aquellos tiempos en los que aún no había agua corriente en las viviendas. Su padre emigró a Alemania y a él, al terminar la escuela, lo llevaron a estudiar al Seminario Redentorista de Santa Fe.

En su época de futbolista En su época de futbolista

En su época de futbolista / A. C.

–Yo no sabía ni a dónde iba. Hablaron con mis padres y de pronto me vi metido en un sitio en el que no podíamos ni siquiera salir a la calle. Mi escape fue el deporte, y en concreto el fútbol. Jugaba bien y los curas me dejaban salir los domingos para que formara parte del equipo de Santa Fe. En el Seminario, si querías enviar una carta tenías que darla con el sobre abierto para que los curas leyeran lo que decías. Así que si alguien quería librarse de esa censura, uno a quien, por ejemplo, le gustaba una niña y no quería que los curas se enteraran, me daba a mí las cartas. ¿Quién me iba a mí decir que luego mi profesión sería la de cartero?, jajajaja.

Tenía 18 años cuando Antonio recaló en Barcelona. Allí estuvo trabajando en una empresa textil, hasta que se enteró que había unas oposiciones para Correos. Se presentó y las aprobó. Estuvo destinado en Aduanas. En Correos conocería a Paqui, una cordobesa de Los Pedroches, que sería después su esposa y con la que tendría dos hijos.

–Allí estuvimos 22 años. Hasta que mi hija enfermó y el médico nos dijo que un clima más benigno le sentaría mejor. Nos vinimos a Granada y yo estuve destinado como repartidor en la zona centro. La verdad es que no me importaba porque disfrutaba con lo que hacía. Tenía contacto con muchas personas y me gustaba salir a la calle a repartir cartas. Un buen cartero tiene que ser una persona muy discreta porque se entera de muchas cosas solo por los mensajes que entrega en las casas. Date cuenta que por aquellos años apenas había buzones en las viviendas y los carteros siempre teníamos que entregar las cartas en mano. ¿Sabes lo que me pasó una vez en el mercado de la Romanilla?

Con su esposa Paqui. Con su esposa Paqui.

Con su esposa Paqui. / A. C.

–No. Cuenta.

–Pues que a una pescadera le llevé un certificado de Sevillana, que debía ser una notificación para cortarle la luz por no haber pagado algún recibo. Cuando le di el libro aquel que se utilizaba antes para firmar al recibir un certificado, vi que la pescadera tardaba más de lo normal en echar su firma. ¡Y es que no puso su firma! Puso: ¡Pollas en vinagre!”, jajajajaja. Luego cogió y rompió la notificación.

Antonio tiene un morral lleno de anécdotas acaecidas durante el desempeño de su labor:

–Un día iba en plena faena por una calle cerca de la Plaza de la Universidad cuando vi que estaba cortada con cintas. Cogí la cinta y pasé por debajo. De pronto oí: ¡Corten! Resulta que estaban rodando una película y el director me preguntó qué narices hacía yo allí. Me puse un poco gallito y le respondí: “¿Que qué hago? Pues repartir cartas”. Creo que tuvieron que repetir la escena. Jajajaja. Era una película en la que trabajaba Antonio Banderas.

En el desierto

Antonio se apasiona cuando habla. De mirada dulce y voz que no ha perdido el eco alpujarreño, me cuenta que cuando entró en quintas fue destinado al Aaiún. Fue en 1974, cuando El Sáhara era español y allí iban a parar miles de soldados dispuestos a pasar dieciocho meses lejos de sus familias. El único contacto de la soldadesca con el exterior eran las cartas. Y si eran de la novia o de la mujer amada, mucho mejor.

–Allí había miles de soldados, todos con el deseo de que recibir un carta. Cuando me veían aparecer era como Dios. Y cuando leía los nombres veía las caras expectantes de los que esperaban el bien más preciado en aquel desierto. Una vez leí que durante la Guerra Civil existían las ‘madrinas de guerra’. Eran mujeres, solteras o casadas, que escribían cartas a los que estaban en el frente para levantarles la moral o aliviar la soledad del combatiente. A lo mejor no conocían ni siquiera al destinatario o lo conocían muy poco, pero esas cartas les mantenían viva la ilusión por el regreso.

En las cartas las madrinas les mandaban fotografías o incluso les enviaban comida o jerséis que ellas mismas confeccionaban. El cartero entonces se convertía en la persona más esperada. El recibir y escribir cartas o tarjetas ayudaba a evitar la depresión o la desesperación. Por ello, en ambos bandos, se intentaba que el sistema de correo entre los soldados y sus familias funcionara lo mejor posible, a pesar de las dificultades que las circunstancias imponían. Para el combatiente era fundamental dar a conocer que estaba vivo y constatar que los suyos también lo estaban. La escritura y recepción de cartas era una actividad muy importante, necesaria y cotidiana. Ahora si hubiera guerra me imagino a los soldados en las trincheras enviando guasap. Y echando fotos a los muertos y poniendo: mira, a este he matado hoy. Jajajaja.

Antonio, que es de risa fácil, vivió en El Aaiún una etapa difícil de la historia de España. Fue cuando surgió el Frente Polisario y con él las ansias del Sáhara de independizarse de España. Me cuenta que un compañero suyo lo llevaba en el land rover a repartir cartas se hizo de esta facción independentista.

–Luego vino la famosa Marcha Verde que organizó Marruecos. Eso provocó una gran inquietud entre los soldados españoles. Las cartas tuvieron mucho protagonismo porque los jóvenes españoles allí destinados querían saber cómo se estaba viviendo el conflicto desde la península.

De todo aquel material humano sacó Antonio ideas para un relato que escribió que llevaba el nombre de El cartero del desierto. Lo envió a un concurso y lo ganó. Aquello le abrió las ganas de escribir.

Con su familia en Barcelona Con su familia en Barcelona

Con su familia en Barcelona / A. C.

–A mí siempre me había gustado escribir. Recuerdo que siempre en la escuela se me daban muy bien las redacciones. Era una inquietud que siempre he tenido y al jubilarme me dediqué de lleno a emborronar folios. Cuando me llamaron para decirme que había ganado el premio con el relato El cartero del desierto, no me lo podía creer. Fui a recogerlo al Museo Thyssen, nada menos. Fue a raíz de ahí cuando pensé que ese relato podía convertirse en una novela. Es una historia real que habla de amor y desamor, de rebeldía y fidelidad, de traiciones y amistad, de cartas escritas sobre la arena que ni el viento pudo borrar. Antonio también es también autor de libros relacionados con su localidad natal: La mirada del tiempo, Memorias de nuestra tierra… En ellos no ha hecho otra cosa por trasladar a la literatura una versión de ciertas parcelas de la vida rural, es decir, un intérprete del mundo en el que ha vivido. Él es un amante de su pueblo y de La Alpujarra, donde recala frecuentemente siempre que su corazón le manda.

Declina la mañana cuando damos por finalizada la charla. Antonio sabe de mi amor por la Alpujarra y que no pierdo oportunidad alguna para ir por aquella comarca. Me dice:

–Yo quiero ir el día 28 de este mes que se celebra la Fiesta de la Música de las Mozuelas. ¿Si te apuntas?

–Apuntado queda.

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