Pasado con presente incluido

Manolete, piernas inquietas

  • Bailaor y coreógrafo, es uno de los representantes más genuinos del baile flamenco

  • Se pulió en la escuela de baile de Antonio El Bailarín y estuvo en el Ballet Nacional con Antonio Gades

  • Tiene el Premio Nacional de Danza y la Medalla de Oro de la Ciudad

Manolete, piernas inquietas, durante el encuentro Manolete, piernas inquietas, durante el encuentro

Manolete, piernas inquietas, durante el encuentro / A. C.

El llamado síndrome de las piernas inquietas es un problema del sistema nervioso que te causa un impulso incontrolable de mover las piernas cuando estás sentado o tumbado. Normalmente quien lo padece mueve las piernas sin ton ni son. El hombre que está sentado tomando café conmigo en este instante las mueve con ritmo, con pausas reguladas, como si estuviera ejecutando un zapateado en un escenario.

Lo que es normal porque el hombre que está tomando café ahora mismo conmigo es Manuel Santiago Maya, Manolete, un bailaor de enteca figura que va camino de la leyenda. Coqueto y elegante hasta cuando no quiere serlo, se presenta ante mí embutido en un traje de fieltro de color magenta, una bufanda con tonalidades a juego y porta un bastón en cuya empuñadura hay una granada de metal. De torso estático y desmemoriado, tiene rasgos de contundencia gitana, con melena negra como el azabache, nariz prominente y pose de un faraón orgulloso de sus dominios.

Tímido, parco en palabras y en expresiones, en su rostro solo aparece una sonrisa cuando recuerda alguna ilustrativa anécdota a un avatar de sus noches de juerga, esas jornadas en que después de cada actuación no había más remedio que visitar los antros de la noche.

Manolete, como profesor en la Escuela de Flamenco Manolete, como profesor en la Escuela de Flamenco

Manolete, como profesor en la Escuela de Flamenco / A. C.

"Es que vivíamos al revés", me dice cuando recuerda esas horas pegado a una barra. El cuerpo de Manolete, menudo y aparentemente frágil, ya no está para esos trotes. Ahora lleva una vida tranquila y sana, solo interceptada por algún que otro pequeño vicio doméstico y esos tres o cuatros cigarrillos diarios de los que no puede o no sabe desprenderse. "Si fumo más mi mujer y mis hijas me despellejan. Estoy controladísimo".

Bailar ha sido el don con el que ha realzado su vida. Lo ha hecho en escenarios de todo el mundo y ha actuado con prácticamente todas las figuras del flamenco. Hace dos años, cuando cumplió 73, el mundo al que pertenece le dedicó un homenaje que dejó pequeño el Palacio de Congresos de Granada. Acudieron Diego El Cigala, José Mercé, Carmen Linares, Jaime El Parrón, Pepe Habichuela, Canales, La Farruca, Rafael Amargo y Juan Andrés Maya, entre otros. En medio de la conversación le reprocho con cierto cariño el resultar un personaje tan difícil para un entrevistador por ser tan sobrio en palabras: "Es que a mí me gusta hablar con los pies", me dice sin dejar de zapatear.

Encuentro en el Aixa

Nuestro encuentro es el bar Aixa, el de Plaza Larga, donde Manolete acude todos los días a tomarse el café mañanero. En la plaza hay trajín de turistas, puestos de frutas y habitantes de todas las calañas que eligen el Albaicín como modo de vida. Y el 'Madruga' que va de un lado para otro haciendo recados. Manolete lleva viviendo en el barrio veinte años, pero nació en el Sacromonte en el año 1945, dos años antes de que su homónimo perdiera su vida en la plaza de toros de Linares. "Yo me llamo así por el torero. Mi padre me decía que me parecía a él porque tenía la misma nariz y los mismos ojos apagaos". Él se acuerda de su infancia en el Sacromonte entre cuevas, tablaos flamencos y gritos de '¡Manolete, baja a bailar que han llegao los turistas!' Su familia eran los Mayas y con esas credenciales no tenía más remedio que dedicarse al baile flamenco.

Manolete, en una de sus actuaciones Manolete, en una de sus actuaciones

Manolete, en una de sus actuaciones / A. C.

-Nací en la Vereda de Enmedio. Era un niño normal que jugaba mucho que me encantaba irme a los padrones a sentarse entre las amapolas. Tenía quince años cuando mi hermano Juan, que tocaba la guitarra, me dijo: "Te vas a venir conmigo a Madrid a que te cepillen". Y me apuntó a una academia de baile. Cuando entraba, él se quedaba en la puerta diez o doce minutos esperando, hasta que me veía aparecer porque sabía que yo iba a intentar escaparme. Entonces me decía: ¿Qué pasa que no te gusta? Yo le contestaba que es que me aburría allí dentro. Pues te tiene que gustar, me decía él. Hasta que me gustó.

En Madrid empezaron a florecer los tablaos flamencos. Y la academia a la que se refiera Manolete es la que servía para ensayar a la compañía de Antonio El Bailarín y en la que se formaron Cristina Hoyos, Antonio Gades, Pilar López, su primo Mario Maya y Eduardo Serrano El Güito, entre otros. Dice Manolete que en la academia lo 'cepillaron' bastante bien y que partir de ahí todo fueron actuaciones. Recuerda el bailaor granadino que el primer tablao en serio en donde actuó en Madrid, siempre de la mano de su hermano Juan, fue el Torres Bermejas, considerado la catedral del flamenco y a donde acudían todos los cantaores, bailaores y guitarristas que se preciaran como tales. Si actuabas en el Torre Bermejas, ya tenías un pie en la profesión.

-Yo le tengo que agradecer mucho a mi hermano Juan. Él y mi cuñada se portaron muy bien conmigo. Yo vivía con ellos y sus tres hijos, a los que cuidaba cuando se iban. Y cuando yo actuaba, el dinero que ganaba se lo mandaba a mi madre.

Las giras

Después vendrían las giras. Con las compañías de Manuela Vargas, María Albaicín y La Chunga estuvo por varios países de Europa y América. Y se fue a Japón, en donde estuvo cerca de un año enseñando flamenco.

-Me llevó mi hermano Juan. Siempre he dicho que todo lo que soy se lo debo a él. Allí en Japón empecé a dar clases de flamenco. A los japoneses les gusta tanto el flamenco porque ellos también tienen sus bailes orientales y les gusta ver cómo movemos las manos cuando bailamos.

Manolete, en los años ochenta Manolete, en los años ochenta

Manolete, en los años ochenta / A. C.

Me dice Manolete que aquello fue una experiencia bonita y que aquel el único sitio del mundo en el que sentía grande, no como artista, sino como persona.

-Cuando me paraba en un semáforo para cruzar y se ponía la gente a mi lado, los veía a todos más pequeños que yo. ¡Fíjate, con lo enano que soy y yo era más alto que ellos! Luego he estado, ya con mi propia compañía, más de treinta veces en aquel país. Ya hasta chapurreo el japonés. Con los que vienen por aquí me entiendo a trancas y barrancas.

En 1980 ficha por Antonio Gades para trabajar en el Ballet Nacional de España. Gades sería para él ese bailaor al que había que imitar.

-Tuve mucha amistad con él y con su mujer de entonces, Marisol. Recuerdo que una vez iba con Antonio por la Puerta del Sol y me preguntó si yo era capaz de alzar el puño, como hacían los comunistas, delante de la Comisaría de Policía. Le dije que sí. Alzamos los puños y salimos corriendo, jejejejeje. Él me tenía mucho aprecio y los del ballet tenían celillos. Cuando se metían conmigo, Antonio decía: ¡Por favor, dejad al niño tranquilo!

Dos actuaciones memorables de su vida fueron cuando hizo de Mercucho, el amigo de Romeo, con el Ballet Nacional, y cuando actuó en las Termas de Caracalla por encargo de la Ópera de Roma.

-Aquello fue impresionante. Vino conmigo Enrique Morente. Era un escenario enorme y cuando bailé, la gente aplaudía lo más grande, incluso antes de terminar. Yo me puse rojo de lacha.

Manolete estrenó El amor brujo en el Teatro Grec de Barcelona, el Teatro de la Maestranza de Sevilla y el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. En 1997 estrenó Flamenco soy, considerado por los expertos como uno de los espectáculos que quedará en la memoria colectiva de este arte. El espectáculo lo llevó por los mejores teatros de España. Aunque me confiesa que uno de los espectáculos en los que participó y que más le ha llenado como artista fue Macama Jonda, la obra escrita por José Heredia Maya en la que narra los amores de un cristiano y una musulmana.

-Yo hacía de novio. Era una obra muy sensual. Una vez en Tetuán tuvimos algunos problemas. Yo le dije a Pepe Heredia que la novia musulmana debía alzar las manos, juntarlas y yo meterme por ellas. El público lo interpretó como una penetración y alguna gente protestó. Pero bueno… No fue para tanto.

Manolete en el Albaicín con su inseparable bastón Manolete en el Albaicín con su inseparable bastón

Manolete en el Albaicín con su inseparable bastón / A. C.

La farruca

En 1998 Manolete estrenó Latido Flamenco y un año más tarde, con el Güito, la obra Puro Jondo. Y en 2002, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid estrenó Entreverao, una obra original y atrevida en la que muestra el mestizaje del flamenco y de la farruca con el baile clásico español. Por cierto, Manolete es uno de los bailaores que mejor interpreta la farruca, ese baile en el que destaca el zapateado con gran profusión de contratiempos y figuras rítmicas.

-Yo aprendí la farruca en los tablaos del Sacromonte, en aquellos años que al terminar nos íbamos a beber algo al Albaicín y cuando nos veían aparecer nos decían: "Por ahí vienen los mariquitas". Y es que para mucha gente los bailaores éramos mariquitas. Luego perfeccioné la farruca con Antonio Gades. Había muchos que la bailaban muy bien, aunque a mí los que me gustaban era Antonio el de Bilbao y Los Pelaos.

Manolete tiene varios galardones por su labor en el flamenco: el premio Nacional de Danza, el premio de Tío Luis de la Juliana por su brillante trayectoria artística, el que otorga la Asociación de Profesores de Danza y la Medalla de Oro de la ciudad de Granada. En 2010 la Peña de la Platería le dio la insignia de oro en reconocimiento a su extraordinaria aportación al flamenco. Por eso y porque Manolete desarrolla su baile con una intensidad que jamás rompe el equilibrio ni el rigor modélicos del bailaor, que diría el cronista que cubrió el acto.

También, en reconocimiento a lo que representa en el mundo del flamenco, el Ayuntamiento le otorgó la licencia para llevar la Escuela Internacional de Baile Flamenco de la Chumbera, en la que se ofrece una formación permanente de danza flamenca en todos sus niveles, además de cursos y clases magistrales.

-Lleva ya diez años. Me acuerdo cuando me la concedieron. Estaba yo por el Albaicín cuando vi al alcalde Pepe Torres, que estaba haciendo una visita al barrio. Me vio, me chocó la mano y me dijo: "Eso está hecho, ya te puedes hacer cargo de La Chumbera". La verdad es que allí se hace una buena labor. ¡Anda que no han aprendido allí niños y niñas a bailar! Ahora la dirige mi hija Judea.

Hace un par de años el mundo del flamenco le tributó un homenaje a Manolete al que acudieron un gran elenco de artistas del flamenco. Manolete se acuerda de todos aquellos que alabaron su arte y en donde se dijo, por parte de los integrantes de una mesa redonda que se organizó para hablar de la vida del bailaor granadino, que era el artista al que la gente ovacionaba incluso antes de bailar.

Cuando lo recuerda, a Manolete se le empañan los ojos. Dice que está muy agradecido a mucha gente y cree que su vida ha valido la pena vivirla. Se casó con Dolores Heredia hace 46 años, la mujer en la que él ha sostenido su vida. "La he dejado muchas veces sola por culpa de las giras. Y me ha dado dos hijas estupendas: Giovanna y Judea. Ellas son las que me llevan la vida".

Terminamos de hablar y a la hora de hacer la foto Manolete me sugiera que nos vayamos a la puerta de una floristería que hay en las inmediaciones. Dice que le gusta mucho el colorido que ofrecen las flores a la vida. Y allí posa entre las aspidistras, las margaritas y las azaleas. Cuando lo enfoco, su rostro con arrugas de encina emite una ligera sonrisa, la sonrisa del soldado que piensa que ha cumplido con su misión y ahora le espera el halago.

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