pasado con presente incluido

Miguel Giménez Yanguas, el chatarrero ilustrado

  • El activista granadino ha salvado de la picota a decenas de máquinas que funcionaron en nuestra provincia desde la revolución industrial

  • Profesor de la universidad durante cuarenta y tantos años, pasa gran parte de su tiempo restaurando 'trastos' que rescata de las ruinas y de los rastros

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No desperdicia ni una pizca de su impresionante energía vital (quisiera que lo vieran ustedes cómo sube y baja las escaleras de su casa) en resultar presuntuoso: arrellanado en su sofá preferido, con actitud anónima, pulcra y humilde, se adivina la postura de los que son grandes aunque nunca lo hayan pretendido. Es más tiene la obsesión de la normalidad, de pasar desapercibido. Lo primero que hace es ponerme pegas para que le haga la entrevista. ¿Pero si yo no he hecho nada?, me dice por teléfono antes de nuestro encuentro. ¿Te parece poco tu incansable actividad en defensa del patrimonio industrial y que hayas conseguido salvar cientos de máquinas antiguas que de no ser por ti se hubieran vendido por chatarra?, le contesto yo. "Sí, pero bueno… No sé. Si tú crees que eso tiene mérito, esta tarde te vienes a mi casa y hablamos".

Miguel tiene los ojos marrones, uno más claro que otro. Su mirada es a la vez tierna e incisiva, según los tramos de conversación en el que se halle. Su voz, potente y didáctica, parece moldeada por sus muchos años de explicar a los alumnos. Sabio y generoso, si se le pone una túnica blanca puede pasar por un patricio romano que descansa en su villa de campo. Aunque él no es un patricio romano, sino un ingeniero industrial que ha estado dando clases en la Universidad casi medio siglo y que ha dedicado su vida a poner en valor el patrimonio industrial e histórico de Granada. Hasta tal punto que fue Premio Nacional de Ingeniería industrial en 2008 y un aula de la Universidad llevó su nombre. Tampoco vive en una villa de campo, sino el Paseo del Salón, en una vetusta y noble casa rodeada de bloques de pisos por todas partes menos por arriba. Antes de ponernos hablar, Miguel quiere que vea su vivienda y que conozca tanto el continente como el contenido. Por lo pronto, en una amplia mesa de salón hay multitud de 'trastos', como él los llama cariñosamente, que pueden pasar por joyas de nuestro pasado: una cámara de cine de las primeras que se hicieron, una cámara fotográfica de 1900, un teléfono más cerca de Graham Bell que de nosotros… Lo que antes estaba sucio y cubierto de roña, ahora está perfectamente cromado y pulimentado.

"Mi diversión siempre ha consistido en comprar trastos viejos, estudiarlos, restaurarlos y echarlos a andar", me dice.

Una vivienda museo

En un patio rodeado de madreselva y yedra, hay dos impresionantes máquinas de vapor, vestigios de aquella época en que la economía de las ciudades dejó de basarse en la agricultura y en la artesanía para depender de la industria. Allí está el ejemplo de su decisiva labor pionera en salvaguardar el patrimonio industrial.

-Mira, esta de aquí se la compré a la Azucarera de San Isidro por 50.000 pesetas. Iba para la chatarra. Y aquella igual, aunque me costó más cara, unas 150.000 pesetas. Tardé tres años en restaurarla. También restauré la que está en el Paseo de la Bomba. Y alguna más que hay por ahí.

Después me enseña el resto de la amplia vivienda, donde no hay habitación o rincón en el que no haya alguno de los trastos que él ha restaurado y hecho funcionar. "Aquí te va a asustar", me dice antes de entrar en una holgada estancia en donde hay miles de aparatos de todas clases. Cientos de teléfonos antiguos, radios de galena, cámaras de cine, motores eléctricos (hasta uno firmado por el mismo Edison), los primeros aparatos de vídeos, ordenadores de primera generación, osciloscopios (hasta tiene varios de la NASA), relojes de mesa y de pared… Muchos de ellos amontonados en el suelo, en espera de que su rescatador les eche un vistazo. Y es que Miguel es un asiduo de rastros, ruinas o derribos en los que él sospeche que pueda haber algo interesante que recuperar.

-Voy mucho al rastro de Madrid y allí siempre encuentro algo. Veo algo antiguo y no me puedo resistir. Enseguida lo compro.

-¿Qué te dice Carmen, tu mujer?

-Bueno, tengo todo esto porque ella nunca se ha negado a esta pasión mía. Es una santa. Otra me hubiera echado a la calle.

Como dice su amigo Javier Píñar, todo aquel material rescatado de los escombros del tiempo "es una colección que alberga en realidad los restos de un naufragio, aquel que borró los rastros de uno de los periodos más dinámicos y llenos de novedades que vivió la ciudad y la provincia: el azúcar, la electrificación, la red tranviaria, la modernización urbana, los nuevos sistemas de comunicación…"

En otra amplia habitación de la tercera planta tiene su excepcional archivo y biblioteca. Las estanterías están repletas de planos y documentos que bien heredó de su abuelo Francisco Giménez Arévalo (uno de los arquitectos que diseñó la Gran Vía) y de su tío José Felipe Giménez Lacal (que realizó la obra de la Fundación Rodríguez Acosta o el palacete de Fermín Garrido, entre otras), o bien los ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo. Como complemento de esos planos, el archivo conserva una importante colección de libros de arquitectura y catálogos datados desde mediados del siglo XIX hasta la década los treinta, que por supuesto constituyen una importante fuente documental para el estudio de urbanos y arquitectura granadina de la época. Todos documentos que pueden ser el maná perfecto para los investigadores. "Aquí se han hecho cinco tesis doctorales", me apunta con cierto orgullo antes de ponernos a hablar sobre su vida.

Un niño entre máquinas

Acababa de ser sustituida la roto-plana del diario Patria por una moderna rotativa koening-bauer cuando nació en Málaga Miguel Giménez Yanguas. Eran finales de 1939 y España se desprendía de los horrores de la guerra. Entonces, por la plaza de la Trinidad se ponían los paveros a vender sus pavos cebados a base de habas y lo remolacheros de los pueblos de la Vega venían a Granada a hacer sus tratos leyendo los primeros chistes de Miranda. Granada se deshacía del famoso barrio de La Manigua y en el centro se comenzaba una de las mayores transformaciones urbanísticas de la época. Era por entonces alcalde Antonio Gallego Burín.

-Como bien dijo Ortega y Gasset, cada uno es lo que es y sus circunstancias. Yo nací en Málaga porque mi padre, un ingeniero industrial que había sido director de las azucareras de San Isidro y La Purísima, fue contratado en 1937, cuando los nacionales tomaron Málaga, para dirigir las tres fábricas de azúcar que el Marqués de Larios tenía allí. En 1943 volvimos a Granada porque a mi padre lo vuelven a contratar para dirigir las azucareras de San Isidro y la del Carmen. Y claro, yo crecí en esas instalaciones. Fue entonces cuando comencé a interesarme por la tecnología y el mundo de las máquinas. Amaba es ambiente, por eso cuando comenzaron a primeros de la década de los ochenta a desaparecer, no podía quedarme quieto.

Miguel era un niño que iba bien en la escuela pero, según me cuenta, realmente lo pasaba bien desarmando cacharros para ver cómo funcionaban. O entre las máquinas de las fábricas que dirigía su padre. Allí creció y cuando salió tenía los sentidos moldeados por el rugir de los ingenios. Ya nunca se libraría de esa tendencia sensorial.

Cuando quiso estudiar una carrera, eligió ser ingeniero industrial, como su padre. Su hermano estudió lo mismo. Lo hicieron en Madrid, en la ETS de Ingenieros Industriales.

-Terminé la carrera en 1969, pero ya había muerto mi padre y como no pude trabajar en la azucarera que dirigía, entré en la Universidad, en el Departamento de Física como becario de investigación. Luego me mandaron a dar clases de dibujo técnico en la Base Aérea de Armilla, actividad que simultaneaba con la de profesor de Arquitectura Técnica. Cuando se creó la Escuela de Arquitectura, ya me nombraron profesor titular. Y allí he estado 43 años. Me jubilaron a los 71, pero luego estuve dos años más como colaborador o profesor emérito como lo llaman ahora. Pude seguir pero pensé que podría perjudicar algunos profesores jóvenes que estaban esperando plaza y ya lo dejé.

Ahora pasa su tiempo en hacer los típicos mandados mañaneros de un jubilado, pasar casi diariamente un rato de charla con su hermano, en ir a Madrid de vez en cuando a ver a sus dos nietos, en preparar el catálogo de una exposición que se montará en la Alhambra sobre los precedentes técnicos que han funcionado en la Alhambra y, por supuesto, echarle varias horas a restaurar 'sus trastos'.

-El día para mí tiene muchas horas porque apenas duermo. Ni siquiera echo la siesta. También de vez en cuando me reúno con el grupo que hemos constituido para investigar el patrimonio industrial de Granada. Lo creó Miguel Ángel Rubio, que murió hace unos años. Estamos José Miguel Reyes, Javier Píñar, Gregorio Núñez, Manuel Martín Rodríguez, Luis Curiel, Juan Vera, Vicente González Barberán, Agustín Castillo… Seguro que se me olvida alguno. Personas a las que les interesa mucho nuestro pasado.

Los sinsabores

El activista industrial me cuenta que eso de ir rescatando máquinas que dejan de funcionar les ha acarreado algún que otro problema, como cuando le prohibieron la entrada a algunos recintos tras conocerse su acérrima posición a favor de la arqueología tecnológica. Sonada fue su participación en defensa de la maquinaria de la azucarera de caña Nuestra Señora del Pilar, de Motril.

-Al poco tiempo de cerrarla y ser adquirida por una OPA por el Banco Central, fui a verla. El que habían dejado de vigilante me permitió ver las instalaciones. Se trataba de uno de los conjuntos de máquina de vapor más valioso de España. Así se lo dije al vigilante, al que le di mi tarjeta para que me llamara cuando decidieran vender aquello como chatarra, que es lo que se hacía cuando una fábrica dejaba de funcionar. Al poco tiempo me llamaron del Ayuntamiento de Motril, era Jesús González 'Pica', encargado de la Cultura municipal. Me alertó del desmantelamiento del recinto fabril y la posible desaparición de aquella maquinaria en manos de los chatarreros. Entonces Javier Píñar, el propio Jesús y yo pusimos un anuncio a media página en los periódicos ABC y El País diciendo que se iba a cometer un atentado contra el patrimonio histórico industrial español. El comunicado lo firmaron más de cien personas relevantes de Granada. Se lio una buena y gracias a eso se paralizó la venta a los chatarreros. Luego remitimos un informe a la Unesco y otras instituciones oficiales nacionales y autonómicas con responsabilidad sobre el patrimonio histórico, hasta que conseguimos que el recinto se declarara Bien de Interés Cultural. A raíz de ahí algunos dueños de instalaciones de este tipo me prohibieron la entrada en sus recintos, e incluso me declararon 'persona non grata'. ¿Qué te parece? Claro, les fastidiaba el negocio.

Su ferviente defensa de la arqueología industrial ha hecho que se salven muchas máquinas, pero le afligió enormemente no haber podido salvar la rotativa del diario Patria, que al final fue casi regalada a un chatarrero de Linares. Lo recuerda confundiendo la voz con un lamento:

-Cuando Patria dejó de funcionar el Estado cedió el conjunto de la maquinaria al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de Madrid, dado su valor histórico. Pero Antonio Gallego Morell, por entonces rector de la Universidad, consiguió que le cedieran esta maquinaria porque tenía pensamiento de montar un Museo de la Ciencia y la Técnica, que estaría ubicado en el Colegio Máximo de Cartuja. Gallego Morell consiguió reunir muchas piezas y fondos bibliográficos para dicho museo, pero al acabar su mandato en el rectorado el pretendido museo quedó relegado y olvidado. El Colegio Máximo de Cartuja luego tuvo varios usos pero la maquinaria siempre se respetó, hasta que se instaló allí la Escuela de Biblioteconomía y Documentación y en unas obras la rotativa fue emparedada. Construyeron un tabique de pladur e hicieron una especie de trastero. Pero en el verano de 2006, tras aprobarse otra remodelación en el edificio, la decana decidió llamar a un chatarrero de Linares para despiezarla. Quería desprenderse de ella. Y lo hizo. El mismo chatarrero dijo después que se la habían regalado a cambio de que la desmontase y se la llevara de allí. Se inició una investigación en la Universidad, pero las conclusiones finales diluyeron la gravedad del asunto. Una pena.

Está declinando la tarde cuando toca la despedida. La verdad es que me ha impresionado todo lo que he visto. Así se lo hago saber. Le digo que ha sabido convertir la chatarra y los papeles viejos en valiosas piezas de colección. Ese es el mérito que nadie le podrá quitar. Cuando me despido de él le preguntó si le inquieta conocer lo que pasará con todos sus 'trastos' cuando él ya no esté en este mundo.

-Sí que me inquieta. Pero ya se me ocurrirá algo. A mí no me importaría cederlos a cualquier institución que fuera sensible con lo que significa esta labor. Se ha anunciado que parte de mi colección estará en el hotel Reúma cuando lo restauren, pero ese proyecto está muy verde aún -me dice en ese tono respetuoso que emplean los humildes.

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