Vinos de día, de noche y de fondo de armario
Vino y diseño. Como dijo Coco Chanel, moda es todo aquello que pasa de moda. Al igual que en el caso de las prendas de vestir, hay un vino para cada momento
EL vino es un producto cuya pluralidad hace que lleve en su propia concepción su penitencia: el consumidor puede incluso mostrarse agobiado por el gran número de referencias existentes y la constante aparición de otras nuevas, lo que hace totalmente imposible estar al día. Comunicar de forma fácil para llegar a cualquier tipo de consumidor es esencial. El lenguaje que los expertos utilizamos para definir las particularidades o características de un vino son, muchas veces, palabras metafóricas e incluso poéticas. Pero no se confundan: para cada concepto existe una palabra concreta, pero una palabra del universo científico. Por ejemplo, si quisiéramos ser rigurosos, no diríamos que tal vino tiene aroma de frambuesas, sino de formiato de isobutilo, que es el compuesto responsable de este aroma en concreto, y que se encuentra en alta concentración en esa fruta. Pero… ¿quién nos entendería? El vino parecería aún más difícil de aprehender, más lejano.
Fue en los años setenta del siglo XX cuando el lenguaje del vino fuera "domesticado": la degustación de los vinos ganó en rigor con la llegada de términos pulidos y educados y a veces hasta humorísticos y sensibles que todo el mundo puede entender. Desde entonces, a cada palabra corresponde un sentido y cada percepción se puede traducir por una palabra. Por el lado del sexo, por ejemplo, el vino no ha conocido miserias, pues presenta suficiente sensualidad para crear su propio lenguaje. Nunca, a ningún poeta del vino le faltaron palabras para definirlos: ardientes, sensuales, eróticos, sensibles, placenteros, calientes, fríos, lejanos, sangrantes, sanguíneos, animales, aterciopelados, sedosos, ácidos, dulces, amargos como la vida misma, y miles de adjetivos que en cualquier lengua se amplían hasta el infinito.
En cada tiempo, en cada siglo, el lenguaje del vino ha sido reflejo de su época, así que no es de extrañar que, en nuestros días, llegue una propuesta como la de Leslie Sbrocco, periodista estadounidense especialista en vinos y gastronomía, que ha publicado un libro salpicado de humor donde afirma que las mujeres vemos el vino como a los accesorios de nuestro vestuario. Y así, describe un Riesling como "un corpiño que no sólo sostiene bien sino que además es confortable". Compara un Sauvignon Blanc con una blusa de seda; un Merlot con un suave y envolvente jersey de lana oscura, y un Syrah con un alocado bolso rojo de cuero. Para agregar que un Cabernet Sauvignon es imprescindible como un buen traje chaqueta para ir a trabajar, nadie puede omitir el traje de chaqueta de su fondo de armario. No se pierdan su blog Thirstiest girl (La chica más sedienta).
Recogiendo el guante lanzado por Sbrocco, las propietarias de la bodega Washington Hills, en el estado americano homónimo, han demostrado su humor en las etiquetas de algunos de los vinos que elaboran, al proponer desde la botella un Merlot "suave, equilibrado, suculento, y con mucho estilo, como un buen par de zapatos altos". O al sugerir que para imaginar cómo es un Syrah debemos pensar "en un reconfortante y audaz chal de visón". Además, aseguran que el Cabernet Sauvignon "se asemeja a una pieza singular, como una maravillosa maleta de cuero".
Leslie Sbrocco es muy conocida por su aproximación al mundo del vino desde la educación y el entretenimiento. Recientemente, ha sido reconocida como una de las cien personas con mayor influencia en el negocio del vino en América. Trabajó como editora de moda en People Style Watch Magazine o Conde Nast's Epicurious.com, website en el que fue columnista de catas durante cinco años. También en Oprah magazine, Coastal Living, Woman's Day, Health, Good Housekeeping and Glamour entre otros programas de altísima audiencia. Fue fundadora y directora de WineToday.com, una web de la compañía de The New York Times. Es frecuente verla en los medios de comunicación y ahora está produciendo una nueva serie para NBC digital sobre vino y otras bebidas.
Permítanme que me atreva a hacer la experiencia con los vinos patrios. Un Tempranillo, casta obliga, es el traje de chaqueta fondo de armario: uno más clásico (un Rioja o un Ribera del Duero) para las citas más formales; y un Tempranillo de Toro (o Tinta de Toro) para las ocasiones en que se impone un "elegante pero informal". Para momentos menos rígidos pero con clase, un Godello de Valdeorras, un blanco que en realidad podemos comparar al little black dress, ese vestidito negro que igual sirve para una reunión informal de tarde que para salir a tomar un cóctel. Un albariño es como un vestido cómodo y holgado, tan cómodo que puedes pasar con él todo el día. Los vinos de Jerez son vestidos osados para gente segura de sí misma: quien los sabe llevar, tiene el éxito asegurado. Un Cabernet Sauvignon o un Merlot son, para mí, como esos vaqueros sin edad pero con estilo, versátiles, que llevas tanto con una camiseta como con una chaqueta de seda, depende del momento. Y el vestido largo de fiesta será siempre para mí un champagne. Nada te hace sentir más glamurosa que vestirte de largo o que sostener en la mano una copa de oro burbujeante.
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