Alhamar, el rey de la barba roja que inició la construcción de La Alhambra y la Acequia Real
El ADN de Granada
Fue el primer monarca de la dinastía nazarí, que gobernaría Granada durante dos siglos y medio
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A Muhammad I, primer rey de la dinastía nazarí, lo llamaban los cristianos Alhamar el Rojo, no porque fuera de izquierdas, sino porque tenía la barba de ese color. En Granada el astuto y perspicaz Alhamar tiene una calle dedicada que va desde el Camino de Ronda hasta San Antón. Pues bien, fue ese rey al que se le ocurrió construir la Alhambra. Y empezó por una torre que pretendía que fuera maciza e inexpugnable. La llamó Torre Mayor y en ella puso una campana y, a modo de faro, una antorcha o vela gigante. De ahí que tiempo después los granadinos la conocieran como Torre de la Vela, la cual con el tiempo se convertiría en un auténtico símbolo de la ciudad.
Pero vamos en este artículo a dedicarnos al rey Alhamar, que tuvo una importancia tremenda a la hora de evaluar la continuidad de los musulmanes en el suelo patrio. Era, tal y como vamos a ver, un tipo inteligente y pragmático a la hora de preservar la continuidad del reino que había creado.
La familia de Alhamar, los Banu Nasr de toda la vida, respiraba el oxígeno que sus miembros necesitaban para vivir en uno de los reinos de taifas más importantes del norte, el de Zaragoza. Hasta que este reino fue tomado por los almorávides y después por Alfonso I, de sobrenombre el Batallador, que lo convirtió en cristiano. El padre de Alhamar, huyendo de la quema, se vino entonces al sur, donde según la canción hay que venir para hacer bien el amor. Y tan bien lo hizo que engendró en Arjona, que pertenecía al reino de Jaén, al que sería en el futuro el rey de Granada.
Como la familia tenía posibles, compró numerosas fincas en esta zona, que es en donde creció Alhamar. Cuentan los cronistas que el futuro rey nazarí (su nombre en árabe era Muhammad ibn Nasr) se dedicó en sus años jóvenes primero al cultivo de las muchas tierras que su familia había conseguido y segundo a impedir las incursiones cristianas en su territorio. Era muy hábil con la cimitarra y el alfanje. Y tenía fama de buen luchador. En Arjona estaba cuando se produce la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, en donde el ejército aliado vence por goleada a los almohades. El califa que los mandaba, Al Nasir, pierde hasta las babuchas. El imperio almohade se desmorona y si antes había veinte taifas en el sur, tras la batalla surgieron otras tantas. Cualquier reyezuelo, mercachifle o líder de una comunidad, por muy pequeña que fuera, podía hacer su propio reino. Y cada uno por su cuenta: más desunidos que la izquierda actual española.
Alhamar, siguiendo la moda amebiana, se convierte en el sultán de Arjona. Como era listo y tenía ambiciones, pronto comenzó a ganar territorios. Primero se haría con Guadix, Baza, Jaén, Porcuna y hasta Córdoba. Eso fue en 1233. Un año más tarde intenta conquistar Sevilla, pero allí le dieron para el pelo. En Sevilla reinaba un tipo que le traía por la calle de la amargura, un tal Ibn Hud. En ese enfrentamiento Alhamar pierde territorios y muchos soldados. Y lo que más le indigna: tiene que rendir vasallaje al vencedor, al que odiaba profundamente.
Pero Alhamar también era paciente y esperó a tener su oportunidad, que le llegó cuando Ibn Hud fue derrotado por Fernando III el Santo y después asesinado –en aquellos tiempos las conjuras y los asesinatos estaban a la orden del día– por sus propios súbditos. A Alhamar entonces le entran unas poderosas ganas de seguir ganando territorios. Lo primero que hace es trasladar su capital de Arjona a Jaén, que era rica en agua y era más fácil de defender. En menos de un año se apodera de Almería, Málaga y Granada, donde decide, por su emplazamiento y defensas, fijar su nueva capital, proclamándose ya rey con el nombre de Muhammad I. Había nacido la llamada dinastía nazarí. Era el año 1238.
Pacto de reyes
Estaba Alhamar, o ya Muhammad I, en la cresta de la ola, cuando vino el rey cristiano Fernando III de Castilla, alias el Santo, a meterle las cabras en el corral. Por lo pronto le quita su ciudad natal Arjona y después Jaén, que tenía una inexpugnable alcazaba. Fernando III firma un pacto con Alhamar: el rey cristiano le deja Granada y Málaga, pero a cambio le tiene que pagar 150.000 maravedíes al año y prestarle ayuda militar cuando le hiciera falta. El Rojo, para asegurar la supervivencia de su reino, aceptó. Prefería ser soberano de un reino más pequeño a cambio de la paz con los reyes castellanos. A eso se le llama pragmatismo. Llegada la ocasión, Alhamar le prestaría en 1248 a Fernando III el Santo sus mejores jinetes granadinos en la definitiva conquista por el rey Fernando III de la ciudad de Sevilla. Gracias a esta política realista del urgavonense, pues así se llama a los nacidos en Arjona, Granada pudo mantenerse como estado independiente durante casi dos siglos y medio. El pacto que firmó Alhamar con Fernando III lo firmaría también, casi en los mismos términos, con su hijo Alfonso X el Sabio. El caso era no pisarse la manguera: yo te doy oro, dice Alhamar, si tú no inicias una guerra que puede acabar conmigo y con mi reino.
¿Y qué hizo Alhamar durante su reinado? Pues por lo pronto sentó las bases culturales y arquitectónicas (recordemos que fue el que inició la construcción de la Alhambra) que harían de Granada un centro artístico y científico destacado en la Edad Media. Trazó un canal, la Acequia Real, para proporcionar el agua necesaria para la vida y los cultivos y mejoró el aprovechamiento agrícola de las colinas, con el Generalife como finca más eminente, la más celebrada almunia de los reyes nazaríes.
Alhamar el Rojo murió en 1273 a los 79 años, una edad a la que por entonces no llegaba la inmensa mayoría de la población. A pesar de ser casi un octogenario, aún montaba a caballo y en una caída mientras practicaba la equitación, se cayó y murió. Se dio un buen calamonazo, que diríamos aquí en Granada. Pero vio terminada su querida Torre de la Vela. Luego se construirían en la Alhambra 28 o 29 torres más. El reino que formaría Alhamar duró casi doscientos cincuenta años, el más longevo de la península ibérica.
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