La Capilla Real, tumba de reyes, Aula Regia y testimonio ‘vivo’ del cambio de una época

El ADN de Granada

El emperador Carlos I también barajó ser enterrado en Granada, pero en la catedral que sus abuelos habían mandado construir

La cabalgata de Reyes, la tradición española que nació en Granada

Los sepulcros de los Reyes Católicos junto a los de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, en la Capilla Real. / G. H.

Los Reyes Católicos lo tenían claro: querían ser enterrados en Granada. Ya que la habían conquistado y que habían conseguido con ello la unidad de España, su gran proyecto político… ¿qué mejor sitio para descansar eternamente? Era la culminación de una de las etapas más importantes de suelo patrio, si no la que más. La Capilla Real ha acumulado a lo largo de los siglos la suficiente historia y tradición como para formar parte por derecho propio del ADN de Granada.

La construcción de la Capilla Real comenzó en 1504 y la reina estaba segura que moriría antes de que se acabara, pues en aquellos tiempos las obras duraban más que un martillo enterrado (para ir con el tema) en paja. Así que dejó escrito los dos sitios que podían ser perfectos para que reposara su esqueleto: Santa Isabel la Real y el monasterio de San Francisco, en el recinto de la Alhambra. Pero también manifestó su deseo de que sus restos estuvieran junto a los de su esposo. Y si por un causal éste decidiera ser enterrado en algún templo situado en Castilla, a ella no le importaría que sus huesos fueran trasladados a ese lugar. Estaba claro que era un matrimonio bien avenido y resultaba lógico que ya que habían sido los artífices de la unidad de España no podían ir cada uno por su lado en busca de la eternidad.

La reina falleció el mismo año en el que comenzaron las obras de la Capilla Real, es decir, en 1504. Tenía 53 años. La muerte le sorprendió en Medina de Campo y su cadáver fue trasladado a Granada para ser enterrado al final en el monasterio de San Francisco. Su esposo Fernando murió 14 años después y a pesar de estar casado en segundas nupcias con Germania de Foix, quiso ser enterrado junto a su primera esposa. Fue el nieto de ambos, el emperador Carlos I, el que hizo la mudanza de los despojos de sus abuelos a la Capilla Real en 1521, cuando ya ésta estaba terminada.

Los deseos de los monarcas que había acabado con el dominio musulmán en la península ibérica había sido cumplido, pero no a rajatabla, pues ambos habían pedido tener una sepultura humilde, austera y coherente con su profunda religiosidad. Una simple losa en el suelo de la capilla. Nada parecido a lo que hoy hay, pues el sepulcro con el paso del tiempo llegaría a ser transformado en un conjunto funerario realmente esplendoroso. La reina solo pidió 20.000 misas por su alma y un cirio permanentemente encendido. Las misas nadie sabe si se oficiaron, pero el cirio sí sigue ardiendo.

Mármol de Carrara

Las obras de la Capilla Real fueron encargadas al arquitecto Enrique Egas, experto en gótico florido. Y el sepulcro como tal al escultor italiano Doménico Fancelli, que lo trabajó en Roma con mármol de Carrara. En éste se ven las figuras yacentes de los reyes: él vestido con una armadura y sujetando una espada con la mano derecha y ella con las manos cruzadas y apoyadas en el vientre. Y en latín hay grabado un epitafio tan descriptivo como abrupto: “En este sepulcro de mármol descansan los dos esposos unánimes, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, derrocadores de la secta de Mahoma, aniquiladores de la herética pravedad, apellidados los Católicos”. Ahí es ná.

Uno de los elementos más llamativos es la reja que separa la nave del presbiterio, una pieza excepcional del Renacimiento realizada por Bartolomé de Jaén.

Pero el emperador Carlos I no sólo enterró allí a sus abuelos y a sus padres, sino también a su esposa, Isabel de Portugal, y a sus hijos Juan y Fernando, fallecidos siendo niños. También dio sepultura a la princesa María, la primera esposa de Felipe II, así como al infante Miguel de la Paz, hijo de su tía Isabel de Aragón. Demasiados inquilinos para un hipogeo tan pequeño. Cuando murió el emperador, su hijo Felipe II permitió un auténtico trajín de cadáveres e hizo trasladar a todos al Escorial menos a los Reyes Católicos, a Juana la Loca, a Felipe el Hermoso y al infante Miguel de la Paz, que son los que permanecen aquí. El infante Miguel de la Paz que murió en Granada en 1500, con solo dos años de edad y en brazos de su abuela Isabel la Católica, que lo estuvo arrullando hasta que expiró a causa de unas fiebres tercianas. Su muerte prematura frustró el proyecto de unir definitivamente las coronas de Castilla, Aragón y Portugal bajo una sola monarquía. Una pena.

Todos los 2 de enero se rinde homenaje a los Reyes Católicos en la conmemoración de La Toma de Granada. / PicWild

El mismo emperador Carlos I barajó la opción de ser enterrado también en Granada, aunque no en la Capilla Real, sino en la catedral que sus abuelos habían mandado construir. La Capilla Real sí fue utilizada por él durante su estancia en Granada para asuntos políticos. Por ejemplo, fue allí donde recibía las quejas de los moriscos y los cristianos viejos que andaban a la gresca y con frecuentes litigios que resolver. Según el historiador Francisco Sánchez Montes, la Capilla Real se eleva a categoría de Aula Regia, no permitiéndose, de rejas adentro, poner sitial, almohada ni reclinatorio a nadie, de cualquier sexo, edad o privilegio, queriendo que a los cuerpos de los Reyes Católicos se les tuviese "la misma veneración y acatamiento que se les tendría en presencia, si fueren vivos". Por tanto, en el interior del recinto se actuaría como si el rey estuviese presente y en el ejercicio de la soberanía real, pese a su muerte. 

Los restos de los allí enterrados están en una cripta que hay debajo del sepulcro de mármol, a donde todos los días dos de enero bajan las autoridades locales a mostrarle el respeto que merece la memoria histórica. La Capilla Real fue respetada por los franceses durante la Guerra de la Independencia, que no llegaron a saquearla como había pasado en San Jerónimo con la tumba del Gran Capitán. Tampoco durante la República hubo revolucionarios que cometieran sacrilegio alguno en ese lugar. La Capilla Real siempre fue respetada porque es el testimonio ‘vivo’ del cambio de una época.

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