La humildad de un poeta

Obituario | Rafael Guillén

El poeta granadino Rafael Guillén ha fallecido a los 90 años en su ciudad natal

La humildad de un poeta
Andrés Cárdenas

04 de mayo 2023 - 21:39

A mi madre no le gustaban los teléfonos. Siempre que llamaba alguien a mi casa era para comunicar un fallecimiento. Mi padre era el funerario del pueblo y en nuestra casa el ring-ring del teléfono llevaba incorporado el soniquete de la muerte. Y más si sonaba a las tres de la madrugada de un mes de enero o a las tres de la tarde de un mes de agosto. Cuando sonaba, siempre había alguien en mi casa que decía en tono de lamento: "Vaya, otro que ha caído". Ayer, cuando sonó mi teléfono a media tarde, tenía ese soniquete del fario y, como una premonición, suputé una mala nueva.

Efectivamente: mi interlocutor, Raúl Alcover, me informaba de la muerte de mi querido amigo Rafael Guillén. Hablé con Rafael la semana pasada para ultimar los detalles en esa comida que le habíamos organizado unos amigos en un chiringuito de La Herradura con motivo de su noventa cumpleaños. Eso fue el día 28 de abril y yo no pude asistir por una fuerza mayor, pero los que asistieron (Pepa Merlo, Tomás Hernández, Álvaro Salvador y Almudena Rubio) jamás podían pensar que no lo iban a ver más vivo. A veces la muerte tiene ese detalle de no dejar que nos hagamos a la idea de que la vida se ha acabado para un ser querido. Ahora, particularmente a mí, solo me queda su memoria. Con él se han ido los momentos de placer de tantos felices ratos en Las Titas, adonde íbamos antes de la pandemia a tomarnos el vermú del mediodía.

Él era todo sencillo, natural y bien optimista. Me contaba que tenía un amigo de su edad en Málaga con el que hablaba de vez en cuando pero solo para constatar que ambos estaban vivos. “¿Qué tal?”, preguntaba uno. “Pues aún vivo”, contestaba el otro. Y luego ambos colgaban. Se lamentaba con la pena que provoca la ausencia de que ya había perdido a todos sus grandes amigos de los días de vino y poesía: José García Ladrón de Guevara, Julio Alfredo Egea, Cayetano Aníbal, Miguel Ruiz del Castillo, Francisco Izquierdo…

Él estaba convencido de que la muerte estaba ya cerca y que lo iba a pillar desprevenido, como así ha sido. Me contaba en aquellas conversaciones de horas vivas que en el barrio en que había nacido le iban a poner una placa y que también tenía dedicada una plaza, cuyas obras están paralizadas. “Seguro que me moriré y no la veré terminada”, me decía de vez en cuando. Rafael creía que últimamente lo estaban homenajeando tanto porque había mucha gente que creía que estaba ya muerto. "Por eso no voy a los homenajes que me hacen, para no desilusionarlos y que sigan pensando que ya estoy criando malvas", me decía con esa sonrisa sibilina que siempre aparecía en su rostro cuando contaba estas cosas. Rafael Guillén había perdido movilidad y reflejos, como es lógico, pero ni un ápice su sentido del humor. ¡Qué grande! Cuando cambió la garrota por un andador, se paraba a hablar con los amigos y le contaba lo bien que le iba con él. "Mira, hasta tiene marcha atrás", decía moviendo hacia él el artefacto.

Rafael se hizo poeta cuando ser poeta significaba ser comunista o maricón. Una noche estuvo en el calabozo porque fue denunciado por subversivo junto con Víctor Andrés Catena, Ladrón de Guevara y Juan Manuel Burgos. Me hablaba a menudo de como imprimían las poesías en papeles de colores y los repartían al salir de misa y en las tabernas, donde siempre estaba el Piyayo, ese vate de enfática detonación que pedía un minuto de silencio antes de su declamación. Rafael tenía una memoria prodigiosa del pasado, pero menos del presente. Un día en que comíamos en un restaurante me dijo que él ya no pedía las cartas porque cuando iba leyendo el tercer plato ya se le había olvidado el primero.

Sin embargo, había atesorado en su mente decenas de anécdotas que siempre terminaba con la sonrisa de los hombres satisfechos consigo mismo. Mi preferida era aquella en la que recordaba cuando montó la editorial Veleta del Sur con su buen amigo Pepe Guevara. Imprimían los textos en una imprenta que hacía también muchos trabajos comerciales. Cuando los de la imprenta terminaban de componer sus trabajos, se ponía con los libros. Y a veces se quedaban sin tipos de letras. Entonces lo llamaban a él o a Pepe Guevara para que llamara a su vez al autor y suprimiera de sus versos las palabras que tenían esas letras que faltaban en los chibaletes.

A pesar esas desganas de vivir que a veces le atacaban, permanecían en él también intactas su mirada de asombro y curiosidad que suelen guardar los poetas toda su vida. “Si existiera el tiempo sería circular y me queda poco para ser niño”, había escrito. Rafael era un clásico vivo. Cuando le publicaron al fin las obras completas, dijo que no volvería a escribir un poema. Pero no fue así. Grandioso fue el poema que dedicó a las calles vacías que había dejado la pandemia. “No hay que caer en el error de medir la vida solo por su longitud, sino también hay que medirla por su anchura”, era otra de sus frases favoritas.

Una de las cosas que más admiraba de él, era su humildad. Tenía el Premio Nacional de Poesía, el García Lorca y muchos más. Pero jamás presumía de ello. Era un referente para los poetas de hoy, pero nunca pretendió ejercer el magisterio. "Rafael Guillén sigue siendo tan cómplice del mundo y sus sucesos como cuando era artífice de los días y hacedor de sus prisas y sus horas”, escribió Pepa Merlo en su libro dedicado a él. En cuanto a Nina, ahora sumida en el dolor, ha sido su sostén de vida, su musa, la madre de sus hijos, mujer a la que nunca renunció. Desde su atalaya del piso de los Alminares, el mundo no le ha sido nunca ajeno. Sus pies ya no le dejaban andar e iba de un sitio a otro en silla de ruedas. “¿Sabes por qué me gusta tu coche? Porque cabe mi silla de ruedas”, me decía cuando iba a buscarlo para tomar el vermú. Ahora pasaré por la puerta de tu casa y me tengo que acostumbrar a que ya nunca más me abrirás la puerta, amigo.

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