La plaza de Santa Ana y el Pilar del Toro, un matrimonio de conveniencias
El ADN de Granada
En la iglesia allí ubicada nombre se casó Mariana Pineda y están enterrados Juan Latino, Francisco Rodríguez de Pedraza y el escultor José Risueño
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Hay plazas que pasan desapercibidas porque delante tienen otras más grandes que les hacen sombra. La plaza de Santa Ana, en el entorno de Plaza Nueva, sería totalmente invisible si en ella no estuvieran emplazados dos iconos de Granada: la iglesia que le da nombre y el sobrio y robusto pilar que tiene un toro en el centro, por cuyos agujeros del hocico echa agua.
La historia del templo se parece a las de tantas iglesias granadinas: mezquitas musulmanas que, tras la entrada de los Reyes Católicos, fueron derribadas o convertidas en templos cristianos. La de San Gil y Santa Ana, pues ese es su nombre completo, fue construida a partir de 1537 según un proyecto de Diego de Siloé. La bella y espigada torre es obra de albañilería de Juan de Castellar. En su interior hay esculturas de José de Mora y de allí sale la Dolorosa, convertida en Esperanza en Semana Santa, pues allí tiene la imagen su sede canónica. Junto a esta pequeña plazoleta de entrada al templo existió un puente conocido como de los Barberos, que años después adoptaría el nombre de puente de Santa Ana.
Pero, ahí donde se ve, muy pequeña y casi invisible, tiene historia y muchas peculiaridades de tipo social que la hacen entrañable. Paco Izquierdo recuerda en su Guía secreta de la ciudad que la plaza de Santa Ana, a primeros del siglo pasado, sirvió de “remate de duelo”, pues en ella se abría la caja del difunto que iba hacia el cementerio y se rezaba un responso. Allí prácticamente se disolvía el cortejo y, a partir de ese momento, solo acompañaban al finado la familia, los más allegados y los veleros, ya que allí se contrataba a mendigos y pordioseros para llevar una vela y participar en el entierro, siempre y cuando se les pagara por ello. Al que llevaba una vela se le daba una peseta.
Antonina Rodrigo dice que los aspirantes a veleros se colocaban justo en las escaleras de Santa Ana y que había entierros de personajes muy importantes en los que se contrataba hasta a cien o doscientos menesterosos para portar la vela. A primeros del siglo XX circulaba un chiste en las tabernas: "¿En qué se parecen el puerto de Motril y la plaza de Santa Ana? En que en los dos hay veleros".
Poco a poco, aquella costumbre de recalar al difunto en Santa Ana fue decayendo, sobre todo cuando apareció la automoción y ya no había que llevar al muerto a hombros. José Ladrón de Guevara detalla así la decadencia de la costumbre: "En la plaza de Santa Ana, bajo la torre de la Vela, ya no doblan las campanas, ya no se oyen los latines, ya no se saludan ceremoniosamente los familiares, los conocidos, los amigos del difunto".
En la iglesia de Santa Ana se casó Mariana Pineda y en ella está enterrado Juan Latino, como es sabido, la primera persona negra que recibió estudios universitarios en Europa y que fue catedrático de la Universidad de Granada. También están enterrados su esposa, Ana de Carleval, y sus descendientes. Otros que desearon tener allí su tumba fueron el historiador Francisco Bermúdez de Pedraza y el pintor José Risueño.
La plaza de Santa Ana fue totalmente remodelada cuando se decidió embovedar el Darro en 1878. Cerca de allí estaba la famosa Fuente de las Ninfas, una construcción renacentista que tenía unos leones que echaban agua por la boca y unas doncellas que hacían lo mismo, pero por los pechos. Por lo visto era preciosa. Estaba considerada la fuente monumental más importante de Granada, con permiso de la de Carlos V. Pero de pronto desapareció. Unos autores afirman que se la llevó una riada y otras investigaciones recientes, llevadas a cabo por Carlos Sánchez y Gabriel Pozo, sostienen que fue desmontada y que sus sillares sirvieron para reconstruir muros del río. Esta aberración urbanística, según los autores de la investigación, fue culpa de un arquitecto municipal del siglo XIX con poca visión de futuro.
Polémico traslado
Quien sí tuvo visión de futuro fue el alcalde Antonio Gallego Burín, que reorganizó la plaza y trasladó a ella la fuente llamada Pilar del Toro, otro símbolo hídrico de Granada diseñado nada menos que por Diego de Siloé. El traslado, que costó unas cinco mil pesetas, se realizó en 1940. La plaza y el pilar, lo que se dice un matrimonio de conveniencia.
La fuente, también conocida como la de los Almizcleros, estuvo en varios emplazamientos. Antes de ocupar su ubicación actual estuvo en la calle Elvira, en la confluencia con la calle Calderería, donde servía para abastecer de agua a los vecinos. Con una remodelación de la zona quedó encajonada entre dos muros de casas y pasó a servir solo como abrevadero de animales. Fue entonces cuando Gallego Burín, en un intento de devolver dignidad a la fuente, creyó que bien podía adornar la coqueta y recién construida plaza de Santa Ana.
Muchos ciudadanos vieron en este traslado un despropósito. Quienes estaban en contra adornaban sus argumentos con algo tan cierto como demagógico: "Claro, es que allí está la casa del alcalde".
Por supuesto, el nombre le viene por la cabeza de toro ubicada en el centro del frontis. La guía de Gómez-Moreno lo detalla muy bien: el pilar está construido con mármol de Sierra Elvira. El toro, de cuyos orificios nasales salen dos caños —más bien hilos— de agua, tiene a su lado dos mancebos sentados en el borde de la pila, uno a cada lado. Bajo la cabeza del toro aparecen figuras de animales marinos enfrentadas por las colas. El frontis se corona con una cornisa triangular en cuyo centro se presenta el escudo de la ciudad de Granada. Encima del escudo aparece una peana adornada con frutos sobre la que hubo en su día una Virgen del Pilar. Una fuente muy completa.
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