El quiosco de la música del Paseo del Salón también tiene su historia
El ADN de Granada
Allí oyó su propia música Manuel de Falla y dio sus primeros conciertos Francisco Alonso, compositor famoso de zarzuelas y pasodobles
La Universidad de Granada, con quinientos años y sin demasiados achaques
A lo mejor no lo saben ustedes, pero el quiosco de la música que hay en el Paseo del Salón también fue en su día motivo de una gran polémica. Granada siempre ha sido proclive a los debates y las controversias ciudadanas y en este caso no lo fue menos. A finales del siglo XIX, había en el Paseo del Salón un quiosquillo de música de madera y desmontable, como los muebles de Ikea. Durante el Corpus se trasladaba a la plaza de Bibarrambla para que en él actuara la banda municipal, con mucho bombo y platillo. En 1892, un concejal llamado Juan Enrique Gálvez, muy aficionado a la música, propuso la construcción de un templete de hierro a imagen y semejanza de los que se estaban instalando en muchas capitales españolas y europeas. Todavía el cine no se había inventado y una de las pocas posibilidades que tenía la ciudadanía de emplear el ocio sin gastarse una peseta era oír la música de las bandas que había en la ciudad. En el pleno en el que se propuso la iniciativa se formó un buen pifostio, pues había concejales, entre ellos un tal Pujol, que se opusieron rotundamente. ¿Para qué gastar 3.100 pesetas –pues ese era el presupuesto– en un quiosco de hierro si ya tenemos el de madera? Preguntaba Pujol. Pues porque el de hierro es para toda la vida y el de madera hay que hacer uno cada cierto tiempo, aducía Gálvez. Entre pitos y flautas, la polémica se trasladó a la calle y, como es natural, se formaron dos grupos: los que estaban a favor de la estructura de hierro y los que estaban en contra de que se dilapidara el dinero público en algo que no era tan urgente como arreglar calles y poner farolas. Al final Gálvez se llevó el gato al agua y en 1893 se aprobó el presupuesto para el quiosco de hierro. El encargo se le hizo a una empresa sevillana ducha en estos menesteres, que construyó un templete compuesto por ocho columnas de hierro forjado y una cubierta octogonal. Pero no quedó ahí la cosa, pues la polémica ciudadana continuó cuando el quiosco se puso en mitad del paseo, justo al lado de la fuente de los Gigantones, que por aquellos años estaba allí. Hubo voces que decían que el sitio no era el idóneo, pues impedía la vista del todo el paseo. Incluso hubo a quien no le gustó el quiosco, por parecerle un pastiche. Una caroca de la época así lo decía: El Salón han arreglado/dejándolo tan primoroso/pero lo han estropeado/ con haberle colocado/este apéndice horroroso. El apéndice horroroso era, por supuesto, el quiosco de la música.
En 1910 el templete fue puesto en el lugar que ocupa hoy. Los conciertos comenzaron a darse pronto y a ellos acudían todos aquellos a los que les gustaba la música. Incluso los días laborables. Los que querían sentarse tenían que pagar cinco céntimos. En 1916 se crearía la Banda de Música Municipal de Granada, que tuvo a José Montero Gallegos como primer director. Por los años veinte y treinta del siglo pasado no era difícil ver por allí a Manuel de Falla o Ángel Barrios, que iba a escuchar sus propias composiciones. Así como el poeta Federico García Lorca, que mantenía amistad con algunos músicos.
Durante muchos años los conciertos en el Paseo del Salón fueron seguidos por miles de ciudadanos que no tenían otra cosa mejor que hacer que escuchar las bandas que se subían al templete para dar sus conciertos: la Banda Militar del Regimiento de Infantería de Córdoba, la de Obreros Polvoristas de la Fábrica del Fargue, la de Churriana y, por supuesto, la susodicha Banda Municipal de Granada. Ha pasado a la historia de la música en Granada el que uno de los directores de la Banda de Obreros Polvoristas fuera Francisco Alonso, un jovenzuelo menudo y simpático que se convertiría con los años en un gran compositor de zarzuelas y pasodobles. Como su aspecto era el de un adolescente, la gente le conocía como Paquito Alonso. Años después toda España tararearía composiciones suyas tan famosas como el pasodoble de la Banderita, el chotis El Pichi o el pasacalle Los nardos. El granadino Paquito Alonso fue un fenómeno musical a nivel nacional parecido al de Rosa López, la Rosa de España.
Barquilleros y vendedores
Durante la II República, como es lógico, lo que se oía en el quiosco del Paseo del Salón fueron himnos libertarios y homenajes al proletariado. Y durante la guerra los cantos de propaganda nacional. En los años cincuenta y sesenta siguió siendo un foco de atención y por sus alrededores pululaban siempre durante los conciertos vendedores de pipas, cacahuetes o barquillos de canela. Las palomitas se las dejábamos a los americanos. El que fuera cronista de Granada Juan Bustos, habla en una de sus crónicas ciudadanas de un tal Rutina, un barquillero muy popular que pregonaba sus productos a ritmo de la música y que rifaba los barquillos con una modesta ruleta que coronaba un cilindro de metal que llevaba a cuestas.
Con el tiempo el quiosco sería considerado un inmueble inútil. El ruido de los coches y la aparición del cine, la televisión y otras formas de entretenimiento, permitieron que esos conciertos ya no fueran tan necesarios para los ciudadanos, que se habían buscado otras maneras de pasar el rato. Aun así, José Faus y Miguel Sánchez Ruzaba, que tuvieron ambos un largo periodo de tiempo a cargo de la banda municipal, programaron muchos conciertos en el quiosco, que fue rehabilitado durante el gobierno de José Torres Hurtado. Quiso este alcalde darle nueva vida a la estructura, en el que durante un tiempo se programaron actos como bailes y pregones de la Feria del Libro. Hoy ha quedado como un recuerdo más de la Granada del siglo XIX.
Temas relacionados
No hay comentarios