Historia Rojiblanca

'Chikito' Gran Hombre

  • A cinco años de la muerte del futbolista que vivió en plural sin que sus entrenadores supiesen aprovechar las virtudes y prestaciones que su juego ofrecía

La imagen del Luis Oruezábal futbolista

La imagen del Luis Oruezábal futbolista / G. C. F.

Un partido difícil, un balón perdido y un tacón espectacular que surge de entre la nada para colocar en la red el gol que pone en el marcador una distancia tranquilizadora para el Granada CF. El rival era el Valencia; el tacón, de Oruezábal; el campo, Los Cármenes; la fecha, el 28 de diciembre de 1975. Estos días se han cumplido 44 años de aquella tarde en que en el viejo estadio de la carretera de Jaén se vio uno de los goles más espectaculares de su prolongada historia.

A cuarenta años de su retirada, a cinco de su triste desaparición, continúa siendo un misterio el porqué los sucesivos entrenadores que el Granada tuvo en esa época despreciaron la versatilidad y prestaciones que llevaba en sus botas el futbolista nacido en Buenos Aires: Luis Oruezábal López, clase 1952 en fecha 13 de mayo, que llegó a Granada y al Granada en la primavera de 1974.

No era un futbolista cualquiera el centrocampista que el presidente, Cándido Gómez 'Candi', puso a disposición del entrenador, José Iglesias 'Joseíto'. A finales de 1973, cuando el Granada apalabró su fichaje, que no se haría efectivo hasta cinco meses después porque el jugador cumplía servicio militar en Argentina, Oruezábal había sido con 17 años internacional juvenil, edad en la que había debutado en la máxima categoría del muy competitivo fútbol del país austral.

'Difícil', apodo con el que la grada de Vélez Sarsfield, el equipo del bonaerense barrio de Liniers, rebautizó la dificultosa pronunciación de su apellido de raíces vascas, era un futbolista cotizado. Entre los 17 años de su debut y los 21 de su traspaso, su figura había merecido honores de portada y reportajes en El Gráfico, la publicación que define el 'sancta santorum' del balompié argentino, donde entre multitud de llamados solo encuentran presencia un reducido número de elegidos.

En ese balompie platense de evocadores nombres y gloriosa aportación a la historia universal del fútbol, a la altura de 1973 a Oruezábal se le vinculaba con un presentido traspaso que llevaba vitolas más laureadas que la rojiblanca del Granada. Pero Candi se decantaba abiertamente por la veta sudamericana en la idea de dotar a la plantilla de carácter sin complejos: paraguayos, uruguayos y argentinos. Hasta trece entre los que no todos alcanzaban estándares de calidad para la Liga española, aunque otros nombres lo dicen todo: Fernández, Aguirre Suárez, Echecopar, Montero Castillo, Mazurkiewichts, Maciel... y Oruezábal. Era el 'Granada de los Oriundos', en el que debutó el centrocampista argentino el 28 de abril de 1974 en el campo de Santander para presentarse por primera vez en Los Cármenes al domingo siguiente frente al Celta.

El futbolista Oruezábal desandaba así el camino de emigración que muchos años atrás habían emprendido su padre -familia originaria de San Sebastián, residentes en Burgos-, de España a Argentina, de Argentina a España en este 1974.

Entre los 17 años de su debut y los 21 de su traspaso, su figura había merecido honores de portada y reportajes en 'El Gráfico'

Oruezábal era un centrocampista avanzado que se movía preferentemente por la derecha. Frente al cadencioso fútbol de toque platense, Oruezábal presentaba una velocidad de arrancada que lo colocaba entre los más rápidos de la plantilla. No necesitaba un periodo de adaptación a los ritmos europeos porque traía de serie un estilo de juego asimilable al que en la época practicaba el sevillista Lora, internacional, extremo-interior de apoyo continuo e incansable, de zancada rápida y largo recorrido, complemento directo a las funciones del centrocampista en el fútbol de todas las épocas, que se instala en posiciones del medio campo propio y que en fase ofensiva tiene desborde por la banda y llegada hasta los balcones del área rival.  

Con gol. Como demuestra que en la temporada 75-76, la que presenta sus mejores registros, Oruezábal fue el segundo máximo goleador del equipo jugando solo la mitad de los partidos. Goles decisivos, como el narrado en el párrafo que abre este artículo, contra el Valencia, más otro al Elche, más el que dio la victoria al Granada en Las Palmas.

En el tiempo que va entre aquel debut de final de temporada y la que desembocó en el descenso más inesperado de la historia del club, Oruezábal topó con la terquedad de Joseíto, primero, y los caprichos de Miguel Muñoz, después. El laureado míster madridista empezó por resituar a Oruezábal en posición más retrasada, con funciones de drenaje a la salida del equipo contrario e incorporaciones al ataque tan pronto como la ocasión lo permitiese si la jugada tomaba tonos rojiblancos.

- Usted no jugará porque se va demasiado al ataque.

- Míster, yo creía que era eso lo que había que hacer, creía que lo estaba haciendo bien. Si usted me hubiera advertido...

En algún momento de la semana posterior al narrado gol al Valencia se debió producir esta conversación en la que Muñoz anunciaba el pase de Oruezábal otra vez al banquillo. Eran las vísperas de un desplazamiento al Bernabéu en el que el míster rojiblanco ex madridista, que en su paso por el Granada nunca entendió donde estaba. En el coliseo merengue Muñoz prescindió del autor del decisivo gol en la anterior jornada y colocó a Lis -un torpón ariete- ¡como secante de Velázquez! Al descanso, 3-0. Entonces pusó a Oruezábal en pista y el partido se equilibró en la segunda parte de 4-1 final.

Ese apunte es la alegoría perfecta que explica la incomprensión de los entrenadores con Oruezábal. Ni siquiera Héctor Núñez ni Vavá, que siguieron en Segunda, captaron las posibilidades de un futbolista vocacional. Y al prescindir del argentino en sus alineaciones precipitaron la decisión de la directiva, presidida en 1977 por Salvador Muñoz, quien firmó su baja en junio. Inesperada, sorprendente e injusta decisión con un futbolista barato y un hombre que en su imparable inclinación granadina y granadinista, ya había decidido quedarse a vivir en Granada, donde había abierto el negocio 'Chikito' hoy en el podio de la hostelería granadina.

Ya solo faltaba que en el camino hacia el infortunio se cruzase la lesión más temida por un jugador, fractura de tibia y peroné, cuando cumplía con solvencia su segunda temporada en el Jaén, donde prolongaba devoción y actividad futbolística.  

Con la perspectiva del tiempo, los números estadísticos que arroja su aportación al Granada CF apoyan esa impresión de futbolista que pudo y hubiera podido dar mucho más de lo que sus entrenadores le permitieron según las oportunidades de juego que le brindaron.  

Desde entonces, su figura fue indisoluble al 'Chikito' y a partir de ese momento de gestión directa, el céntrico restaurante fue escalando en el panorama de la hostelería granadina hasta convertirse en punto de encuentro obligado para la tertulia futbolística en particular y cita obligada de cuantos protagonistas de la actualidad deportiva, política, artística o social visitaban Granada. Cuarenta años después y para siempre está en el Cuadro de Honor de nuestros ciudadanos ilustres.

La figura del Luis Oruezábal se agranda en el recuerdo: detallista, meticuloso, obsesivo del método, Luis dejaba pocas opciones al azar en su afán por realzar cualquier oportunidad de sumarse a todo tipo de eventos que favorecieran la imagen de Granada. Sería prolijo e interminable enumerar los momentos en que volcó y puso el 'Chikito' a disposición de la ciudad, sin pedir, esperar ni recibir nada a cambio, más allá de la felicitación y el reconocimiento de los amigos. Que era lo que él más agradecía.

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