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Destronamiento de Shakespeare y coronación de grandes actores

Drama, Reino Unido-Alemania, 2011, 130 min. Dirección: Roland Emmerich. Guión: John Orloff. Fotografía: Anna Foerster. Montaje: Peter R. Adam. Música: Harald Kloser, Thomas Wanker. Intépretes: Rhys Ifans, Vanessa Redgrave, Sebastian Armesto, Rafe Spall, David Thewlis, Edward Hogg, Xavier Samuel, Sam Reid. Cines: Cinema 2000, Kinépolis.

De los cuatro genios cuyo talento creativo parece desbordar los límites humanos -Miguel Ángel, Shakespeare, Cervantes y Bach- el dramaturgo inglés es el más misterioso a causa de la poca y contradictoria información que se tiene sobre su vida. Ello ha dado lugar, desde poco después de su muerte, a innumerables especulaciones sobre las circunstancias de su vida e incluso sobre la autoría de sus obras. Christopher Marlowe, Sir Francis Bacon o el conde de Oxford han sido nombrados como posibles autores de las obras firmadas por él.

Esta película juega con extrema libertad (hasta libertinamente) con la última de estas hipótesis: Edward de Vere, decimoséptimo conde de Oxford (Rhys Ifans), sería el autor de las obras que por accidente -porque el hombre que en principio había elegido como máscara era el dramaturgo Ben Johnson (Sebastian Armesto)- firmaría un mediocre actor casi iletrado, Will Shakespeare (Rafe Spall), para preservar el anonimato del aristócrata.

Con gran habilidad el magnífico guión de John Orloff (Hermanos de sangre, Un corazón invencible, La leyenda de los guardianes) mezcla esta historia de intrigas literarias, que ha indignado a los orgullosos (y por lo visto con poco sentido del humor) habitantes de la ciudad natal de Shakespeare, con intrigas cortesanas que tienen como protagonistas de un lado al propio conde de Oxford (el ya mencionado Rhys Ifans) y al conde de Essex (Sam Reid) -amante de la reina a la vez que conspirador contra ella-, y de otro lado, como sus más formidables enemigos, a William Cecil (David Thewlis) -el inteligentísimo y astuto consejero de Isabel I- y a su hijo Robert Cecil (Edward Hogg), su heredero en el cargo. Entre unos y otros se alza la figura extraordinaria de Isabel I (Vanessa Redgrave). La perfección con que se trenzan la trama literaria y la cortesana hacen del guión un perfecto mecanismo de entretenimiento. Aunque sea al precio de convertir a Shakespeare en un putañero memo y ambicioso, al gran político que fue William Cecil en un villano y a su hijo Robert en un siniestro personaje de ópera italiana. Se le perdona porque ambos componen esa estupenda figura del malo inteligente, tan útil en todo drama de intriga.

La mayor sorpresa no radica en los recovecos e intrigas del guión de Orloff, sino en que la película esté dirigida por Roland Emmerich. Nadie podría negarle el talento para la espectacularidad superficial basada en los efectos especiales demostrada en Stargate, Independence Day, Godzilla, El día de mañana o 2012. Pero tampoco nadie podría afirmar su talento como director de actores, narrador de historias convincentes o creador de atmósferas. Su única incursión en el cine histórico -El patriota- le salió regular.

Sorprendentemente en esta película Emmerich se revela, precisamente, como un extraordinario director de actores, un buen narrador y un potente creador de atmósferas. En lo último hay que agradecerle la espectacular recreación del Londres isabelino, muy especialmente la de los interiores y los tipos (las interpretaciones-retratos de William y Robert Cecil o de Isabel I son extraordinarios) gracias a los talentos sumados de Anna Foestaer (fotografía, a la que sólo se le podría reprochar la dichosa tendencia a la decoloración), de Sebastian T. Krawinkel (diseño de producción) y de Lisy Christi (vestuario). En lo penúltimo -la narración- logra que el bastante largo metraje de la película parezca corto, que la doble intriga literaria y cortesana genere suspense y que algunos momentos hasta emocionen, como la recreación de la primera vez que sobre el escenario del teatro del Globo se pronunciaron los prodigiosos parlamentos de Julio César, Hamlet, Ricardo III o Enrique V.

En lo primero -la dirección de actores- logra admirables trabajos de excepcionales actores, especialmente en los casos de Vanessa Redgrave, David Thewlis, Edward Hogg, Rhys Ifans y Sebastian Armesto. Para ellos, por el fabuloso espectáculo interpretativo que ofrecen, son tres de las cuatro estrellas. La otra es para este renacido Emmerich, por ofrecer ese cada vez más raro bien que es el buen e inteligente cine comercial.

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