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Hombres con armas

  • Cameo edita en España 'Policía Python 357', la primera entrada en el cine negro del francés Alain Corneau

Director de una de esas películas que gustan a todos los mortales (Todas las mañanas del mundo), Alain Corneau fue de 1976 a 1981 (Police Python357, La menace, Série noire, Le choix des armes) el mejor heredero de la tradición policíaca francesa en cine. El relevo no pudo ser más oportuno, pues sólo habían pasado tres años desde el fallecimiento de Melville cuando llegó a las pantallas PolicePython357 estableciendo un fructífero diálogo con el estilizado polar melvilliano, con su elegíaca cadencia y su elegante pesimismo metafísico.

Pero Corneau tarda más o menos una hora en llegar a la abstracción cara al último Melville (el de Le cercle rouge y Un flic), y el arranque de Police Python 357, que describe el enamoramiento a destiempo de un endurecido y otoñal policía con una joven misteriosa y esquiva, parece coquetear con otros resortes genéricos. Es, más bien, como uno de esos dramas agridulces de Sautet, un triángulo amoroso que se nutre, por un lado, de destellos luminosos -que hacen soñar con la posibilidad pacífica-, y, por otro, de una seca brusquedad, que nos advierte de la prontitud con la que las relaciones humanas pueden devenir en casos policiales. Así, en el principio, ni el trepidante y austero montaje de secuencias puede con esa opacidad de lo real que supuran los cuerpos (Montand, Périer, Sandrelli y Signoret), esa humana indeterminación de los personajes que nos acerca y aleja de ellos al mismo tiempo (fue Cavalier quien advirtió que Sautet era quien mejor rodaba en cafeterías, y aquí Corneau participa de esa inefable naturalidad, de una parecida y milagrosa facilidad para hacer pasar a las estrellas del cine por personas reales, como vistas por primera vez en un bar, a nuestro lado).

Luego, cuando el estallido de la violencia reestructure la partida y el caprichoso destino dé nuevas cartas, el filme pasa a ser visto a distancia, desde fuera, con cada personaje buscando un hueco, una salida en el opresivo círculo que se va cerrando al tiempo que revela la naturaleza última de los implicados en el caso.

Llega entonces, cuando la realidad estrecha adquiere el aspecto de una alucinación, el momento de los símbolos y las enseñanzas del polar trascendental, con sitio para la impactante inverosimilitud, y las consideraciones abstractas sobre la naturaleza humana.

Éstas, aunque aposteriori, sin posibilidad de restablecer el statusquo roto y como inspiradas por una sabiduría más allá de la moral, salen de los labios de Signoret -la esposa enferma y minusválida del asesino; el cuerpo más real de todos los de la ficción; el mito del cine francés, aquella Casqued'or por la que se mataban los hombres; y la media naranja de Montand en la realidad-, quien impedida para la acción actúa de oráculo para los hombres-python, los que no respetaron las barreras femeninas. Esta mujer encamada, hitchcockiana, tendrá que recurrir al hombre de las armas, a ése que no tuvo paciencia para imaginarle un final feliz a su vida huérfana, para que una de sus balas sirva al menos para algo.

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