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Latido joven para el último Mahler

Latido joven para el último Mahler Latido joven para el último Mahler

Latido joven para el último Mahler

La JONDE, cuyos positivos valores en los que se asientan los pilares de la música instrumental española hemos subrayado en muchas ocasiones, se enfrentó con lo que podríamos llamar el penúltimo Mahler, el de la Novena sinfonía, la última que escribió completa, porque la Décima, aparte del bellísimo adagio inicial, fue completada, en sus cinco tiempos que actualmente se interpretan, por el musicólogo inglés Derik Cooke, después que Schönberg y Walter, entre otros, no se atrevieran a meter la mano en ella, pese a que los esbozos dejados fuesen precisos. Penúltima, o última en sentido más histórico, esta sinfonía es una especie de resumen de la estética mahleriana, en su fondo, aunque abra caminos nuevos y audaces de los que caminarían sus sucesores, Schönberg y Berg, porque el lenguaje es tan nuevo como subyugante.

Escrita en 1909, en Toblach, antes de una tercera visita a Nueva York, para trabajar en la nueva orquesta -"flemática y sin talento"- que le han confiado un comité de damas y que abandonará tras agravarse su enfermedad, para regresar a Europa, en la que se marcarán sus desavenencias con Alma, marcados por sus celos, más o menos infundados y su permanente idea de la muerte que, esta vez, es una realidad cercana o no sólo ese fantasma que le ha acompañado toda su vida y está presente en la totalidad de su obra.

El director pudo estrujar, hasta sacarle su máxima calidad expresiva, a una cuerda excepcional

La Novena exige, por sus dimensiones, por su perfección y abrumadoras nuevas técnicas de su más acentuado vanguardismo, una orquesta y una interpretación sólida, capaz de desenredar la enorme madeja sonora. En esta labor sí puede decirse lo que anuncia el programa de poner un sello de juventud para modelar la madurez de una música que necesita, en primer lugar, una formación técnica impecable de cada uno de los músicos integrantes, unida a la capacidad de comprensión, entusiasmo creativo, vigor y sensibilidad.

Todos estos elementos están en la médula de la Joven Orquesta Nacional de España y si, además, encuentran a un director meticuloso y temperamental capaz de llevar en volandas los tiempos, los ritmos encontrados en el difícil camino mahleriano, las sonoridades y, sobre todo, insuflarle emoción a la partitura, como es el caso de Víctor Pablo Pérez, el éxito está asegurado como ocurrió la noche del martes, en la que el público quedaba ensimismado, casi en el otro mundo que nos traslada el adagio final donde los sonidos de una cuerda realmente a la altura de los mejores conjuntos europeos, va desgranando, como protagonista, ese canto final que acaba en un susurro mientras las luces -efecto muy digno en un palacio renacentista- van decreciendo en intensidad, cual símbolo de una vida que se apaga. Es, en verdad, el momento más conmovedor de la obra postrera de Mahler, el que señala el final de una vida, en la que ha habido burlas, pinturas musicales populares, tan frecuentes en las sinfonías del genio austriaco, marchas, lieder, serenidad resumidas en el primer movimiento Andante comodo en la que se encuentran todos los elementos que ha dibujado el autor a lo largo y ancho de su obra sinfónica. El Scherzo siguiente está formado por tres danzas en ocho episodios, llenos de humor y sarcasmo. Algunos analistas ven la imagen de un mundo deformado.

La prueba técnica que la JONDE y su director elevaron a cotas muy notables lo encontramos en el Rondó burlesco, el más terrible, demoníaco y agitado de la partitura. La pérdida de equilibrio, con la sucesión de temas contrapuestos, está rubricado por una de las orquestaciones más portentosas de su tiempo, la que abriría nuevos caminos, aunque nadie después pudo aproximarse a ese paroxismo musical. La alucinación es lo más cercano que puede definir este movimiento. La luz orquestal que irrumpe de pronto disipa momentáneamente todos los fantasmas, que no tardan en reaparecer para deslizarse en una auténtica cabalgata desintegradora.

Decía que todo ese enorme entramado técnico exige un altísimo grado de calidades colectivas en la orquesta y una minuciosa dirección, capaz de desentrañar y dar vida a tantos y variados elementos. Pero todo ese mundo alucinado deja paso al último movimiento, el Adagio, con el que finaliza la obra, como lo hace en otras sinfonías Mahler. No necesita voces -como en la Segunda, Tercera y la grandiosa Octava- para subrayar su despedida, la suya y quizá la de una época o del mundo mismo -su mundo- en un dramático canto, a forma de lied orquestal, en el que las cuerdas tienen absoluto protagonismo. El canto, ora en violines y violas, ora con el predominio de las cuerdas graves -contrabajos y violonchelos- es de una belleza y profundidad sobrecogedora. También aquí es necesario que la orquesta posea una cuerda de primerísima calidad para transmitir no sólo el juego de bellas sonoridades, sino la pasión y el dramatismo que lleva en su ser más profundo este canto postrero, esta despedida del mundo.

Víctor Pablo Pérez, que había conducido la orquesta sin batuta, pudo acariciar, estrujar, hasta sacarle su máxima calidad expresiva, a una cuerda excepcional. Ternura, pasión, drama, como decía, se fueron sucediendo ante un público en los límites del silencio, pendiente del suspiro final, el que llega como un susurro, un mormullo que se va apagando como se van extinguiendo las luces y la vida misma.

No creo que exista algo musicalmente más cercano al retrato de la extinción de la vida que este adagio que nos pone un nudo en el pecho esperando el último latido de un corazón atormentado que siempre tuvo presente la muerte en su obra y que en su última sinfonía parece decirle al público: esto es, sencillamente, la muerte, no trágica, sino como simple final de una vida.

Aplausos y bravos merecidos a los jóvenes y magistrales componentes de la orquesta y a un director tan sensible y cercano a la obra y a sus gentes como Víctor Pablo Pérez. El ciclo sinfónico, tras el dubitativo comienzo de otra Novena, la de Beethoven, empezó a cobrar la identidad e intensidad que todos esperábamos.

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