Lleno en el Palacio de Deportes

Miguel Ríos, el rockero inmortal

  • El cantante granadino se despide por todo lo alto de su gira 'Symphonic Ríos'

  • 'Santa lucía', 'El río', 'Todo a pulmón': no faltó ni un 'hit' en el explosivo concierto

Miguel Ríos durante un momento del concierto en el Palacio de Deportes Miguel Ríos durante un momento del concierto en el Palacio de Deportes

Miguel Ríos durante un momento del concierto en el Palacio de Deportes / Álex Cámara

Hablar de Miguel Ríos es hablar de la historia de la resistencia rockera. Su carisma, su timbre, su tenacidad y su relación con el rock –fiel hasta la muerte– lo convierten en el rockero inmortal de este país.

Nunca habrá un Miguel Ríos, al igual que no habrá otro Elvis, ni otro Chuck Berry, ni otra Aretha Franklin, ni otro Mick Jagger. El cantante granadino llevo subidos a los escenarios casi 60 años, sin contar sus actuaciones en las celebraciones de fin de curso cuando el artista no se imaginaba –y aún le cuesta creer– que llenaría estadios.

"Nunca digas de esta agua no beberé", reza el refrán. El regreso de Ríos a los escenarios tras su gira de despedida Bye, Bye Ríos, Rock hasta el final, se veía venir. El cantante volvió a mojarse en "el río aquel" al participar en el tour 20 aniversario de El gusto es nuestro donde se reencontró con sus compañeros Ana Belén, Víctor Manuel y Joan Manuel Serrat. Aquel mágico encuentro entre el rayo eléctrico del granadino y la cadencia de Josep Pons comandando la OCG en el Festival de Música y Danza el 7 de Julio de 2017 lo cambió todo.

Después de escuchar sus canciones en el Palacio de Carlos V cayó en la cuenta, como dijo en la presentación de Symphonic Ríos en Madrid, de que "el rock es un elemento vivo que ha contribuido al desarrollo del ser humano, como la música clásica”".

A pesar de cancelar su actuación en Bilbao y en Sevilla por problemas en la voz –en concreto una disfonía moderada-severa por laringitis aguda–, el rockero no ha renunciado a una noche en Granada con un Palacio de Deportes lleno a rebosar de "nietos del rock and roll". Decenas de personas se plantaban horas antes en las inmediaciones del recinto para calmar nervios ante lo que muchos fans definieron como "concierto del año en Graná".

Lástima que un problema con los códigos de las entradas sacadas por internet retrasara el concierto más de media hora. Cientos de granadinos han hecho cola durante una hora para validar su ticket en el departamento de incidencias –dos casetas había abiertas para ello–. "Ha habido un problema con las entradas. Rogamos disculpas", declaraba una persona de la organización sobre las 21:15.

El cantante se plantó a las 22:00 en el escenario vestido de negro –como de costumbre– en compañía de la Orquesta Sinfónica Universal Music, creada para la ocasión, y del cuarteto rockero los Black Betty Boys. Dirigida por el maestro Carlos Checa, la formación y el propio Ríos formaron un tándem –en compañía de los Black Betty Boys– que soportó la friolera de dos horas de concierto.

El inicio del explosivo y redondo concierto engañó por momentos al público. Los 50 músicos de la Orquesta Sinfónica Universal Music tocaron la melodía de Santa Lucía, Bienvenidos y El himno de la Alegría. El solo del guitarrista José Norte advirtió el acento rockero del directo. Todo por la gloria que da el escenario. / Todo por la patria de vivir / sin horarios. / Por ver tu careto en las carteleras. Que susurren tu nombre las camareras. Miguel Ríos inauguraba su recital con Memorias en la carretera donde confesaba en un in crescendo de la orquesta que le vale con "tener por bandera una banda rockera / y un buen botiquín contra la ronquera".

"Buenas noches Granada", gritaba Ríos excitado para dar paso a su hit por excelencia: Bienvenidos. Miles de seguidores movían el esqueleto –algunos como nunca en muchos tiempo–. El cantante jugaba a ser guitarrista mientras Norte afilaba su instrumento. Las gradas del Palacio de Deportes, llenas de hijos del rock and roll de todas las edades, rugían. La gente sintió auténtico éxtasis al escuchar la voz del granadino, que sacaba brillo a su trabajo más emblemático –Rock & Ríos.

"Queremos pedir perdón por el lío de las entradas. Y encima a seis grados afuera", se disculpó el artista, que recordó el origen del espectáculo. "La primera vez que hicimos Symphonic Ríos fue con la OCG y Josep Pons, que hoy no se encuentra aquí. Tenemos que luchar por nuestra orquesta para que no desaparezca", defendió. Tras la charleta, Ríos no dudó en seguir con Directo al corazón.

"Voy a tocar una de mis canciones favoritas y más conocidas. En ella reflejo la pena de dejar Granada siendo un niño y la excitación de subirte a un sucio tren para acabar en Madrid", explicó el cantante antes de interpretar Boabdil el Chico (se va al norte) . De paso, homenajeaba a su tierra: "Veo la silla del Moro / y la sierra que queda atrás. / Veo la Alhambra que flotando se va". Al momento prosiguió su conversación con el público: "Este tema está de rabiosa actualidad. Da pavor ver de lo que son capaces de hacer algunos gobiernos para blindarse contra la pobreza que ellos mismos ayudaron a crear". En la frontera se izaba cual bandera por la libertad en el Palacio de Deportes de Granada.

Sonrisa de oreja a oreja, Ríos siguió manteniendo el ritmo con El Río donde demostró su tirón como intérprete y frontman. Compuesta por Fernando Arbex de Los Brincos, la balada rockera hizo que miles de asistentes cantaran a coro eso de "en el río aquel, / tú y yo / y el amor / que nació de los dos". Muchos recordaron en ese momento aquel mítico videoclip donde el artista aparece con unas pintas propias de John Travolta en Grease –el pelazo sigue en su sitio–.

La mayor parte del repertorio de anoche estuvo centrado en sus éxitos de la década de los 80, y logró congraciar el nervio de su cancionero, puramente rock, con el complejo entramado sonoro que aporta una orquesta en vivo.

"El 8 de marzo las mujeres se movilizaron contra la violencia machista y desigualdad sistémica en el mundo. Va por ellas", declaró orgulloso el granadino. La parte más intimista del recital llegaba de la mano de esta oda a las féminas, No estás sola. De mujeres iba la noche. El cantante volvió al Rock and Ríos para interpretar un tema poco habitual en sus anteriores repertorios: Reina de la noche.

El público pareció, por momentos, un músico –en esta caso corista– más del espectáculo Symphonic Ríos. El artista tuvo tiempo de ponerse guerrero y políticamente incorrecto en Un caballo llamado muerte. Antes el granadino emocionaba a los asistentes, algunos agarrados a sus parejas, otros cantando A todo pulmón. La lagrimilla ya asomaba en el ojo de alguno. Menos mal que en El blues del autobús, "dedicado a todas las personas que trabajan en esta producción", la gente se puso a aplaudir al son de música.

"Quería dar las gracias a vosotros, que sois mis mecenas. Sin vosotros seguiría en almacenes Olmedo –donde trabajó como aprendiz–", contó entre risas Ríos antes de salir disparado a mear. "Ya saben, la edad". El Palacio entero se llenó de carcajadas. El pianista Luis Bravo amenizó el breve descanso con una cómica canción llamada Estoy gordo. A continuación llegaba Antinuclear, una canción perfectamente aplicable a este siglo XXI, donde las guitarras chillaron al son de una orquesta en plena forma.

El bis dejó un mensaje muy claro: Los viejos rockeros no mueren. "Vuelve Ketama. Vuelven los 091. Siempre volvemos", exclamó entre risas. El broche de oro a un concierto inolvidable para la ciudad de Granada lo ponía Santa Lucía. El público, extasiado, caía rendido en los brazos de la balada definitiva del artista. Miguel Ríos demostró, una vez más, ser un rockero inmortal.

"Fuisteis mi primer público y el que más quiero", reconoció al final del recital. La despedida llegó con Vuelvo a Granada. Las lágrimas afloraban en el público. También las palmas, los bailoteos y una enorme sonrisa.

"Ahora que el fantasma del fascismo recorre Europa. Ahora que se canta el novio de la muerte. Nosotros somos los novios de la alegría. Toca cantar esta oda a la libertad”, defendió Miguel Ríos antes de interpretar el querido Himno de la alegría. Los asistentes saltaban y se emocionaban al mismo tiempo con esta versión sinfónica de la mítica canción.

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