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De la pasión por el CINE

  • La editorial Cátedra publica la quinta edición corregida y aumentada de 'Guía del cine' de Carlos Aguilar, todo un referente en el mercado español

Desde hace varios años imparto la materia Cine y sociedad en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. El primer día de clase, a fin de introducir a los alumnos en el meollo de la cuestión, me gusta servirme de una tendenciosa estrategia. Empiezo con unas palabras en apariencia inocentes. Como el que no quiere la cosa, como si lo único que pretendiera es romper el hielo, pregunto: ¿A cuántos de vosotros os gusta el cine? A pesar de algún titubeo inspirado por la sospecha, la respuesta suele ser unánime: "A todos", responden ellos. Entonces, antes de darles tiempo a buscarle el revés a la cosa, disparo una segunda pregunta que sólo adivinaban los más audaces: ¿Y a cuántos de vosotros os interesa el cine? El cambio de verbo abre un abismo inabarcable entre el simple espectador de cine -digno de mi más sincera admiración- y el auténtico cinéfilo. Porque de eso se trata. De abordar el cine no como una evasión de la realidad, aunque a veces cumpla este cometido, sino una incursión oblicua en ésta; no como un mero pasatiempo, sino como un lienzo impregnado por las ideas de su tiempo. Se trata de hablar de cine no con simpatía, sino con pasión. Decir "amor" es insuficiente.

Para Carlos Aguilar, un destacado exponente de la cinefilia en España, el cinéfilo es esa persona "cuya querencia por el cine trasciende el hecho de entretenerse siguiendo un argumento en la pantalla". Posiblemente a todo el mundo o casi a todo el mundo le guste el cine pero, añade Aguilar, "dar el siguiente paso, o sea amarlo penetrando de verdad en el Arte cinematográfico sólo está al alcance de sensibilidades particulares, favorables". Lo que me permite afirmar sin temor al yerro que hay muchos menos cinéfilos de cuantos dicen ser tales. El cinéfilo auténtico es una persona que se exige a sí mismo conocer el Séptimo Arte en profundidad y que le exige a éste la excelencia, continuamente. E insisto en esto porque he conocido cinéfilos de tres al cuarto cuya cultura cinematográfica apenas se remonta a un par de décadas o tres en el tiempo; que no han visto una sola película muda y, aún peor, no muestran el menor interés por ver una; enemigos del blanco y negro, que sólo aceptan las ficciones en colorines, o de la versiones originales a quienes les asquean los subtítulos; presuntos cinéfilos cuyo interés se circunscribe al cine norteamericano de difusión masiva que no han visto una sola película hispanoamericana, italiana o japonesa; amigos del aquí y el ahora que ignoran el allí y el ayer.

Carlos Aguilar acaba de publicar el voluminoso fruto de esa pasión que decimos, la quinta edición corregida y aumentada de su Guía del cine (Cátedra), todo un referente en el mercado español. Los orígenes de esta guía se remontan a treinta años atrás cuando, bajo el título de Gran Enciclopedia del vídeo-cine, se presentó como una obra de fácil consulta para el usuario de los nuevos formatos domésticos. Así lo cuenta el propio autor: "La idea surgió en plena euforia del vídeo doméstico en España, que era una selva demencial e intrincada, un caos grotesco. El planteamiento consistía en privilegiar las películas editadas en dicho formato, como orientación crítica para el consumidor". A partir de 1986, aquella enciclopedia pasó a ser publicada por la editorial Cátedra bajo el título de Guía del Video-Cine y, en 2004, se convirtió en una Guía del cine a secas: "El éxito editorial obtenido -explica Aguilar- posibilitó reconducir la obra hacia sus directrices actuales; es decir, un diccionario de películas que reúne títulos de todas las épocas, modalidades y países, sin importar si están a disposición en formato doméstico, incidiendo empero en el cine español, del cual procura incluir todo".

En su primera edición, la guía reseñaba unos diez mil títulos; en esta última se comentan unos veintisiete mil. Pero el autor no se ha limitado a un simple suma y sigue. Cada nuevo aggiornamento incorpora entradas de películas tanto recientes como antiguas -"porque siempre enriquezco la obra en los dos sentidos", me dice Aguilar-. También matiza o modifica los textos de títulos ya incluidos en ediciones previas: "El objeto estriba en que las opiniones vertidas coincidan todo lo posible con el estado actual de mis criterios", me explica. En un texto de estas características los datos objetivos se codean inevitablemente con las opiniones subjetivas (el cinéfilo es un ser pasional y, por ende, raramente imparcial). Así, la Guía del cine deviene un catálogo de las filias y las fobias del propio Carlos Aguilar, y al lector no avisado le sorprenderá el entusiasmo del crítico ante alguna de sus debilidades confesas, como Jesús Franco, o su renuencia ante algunas bestias sagradas, como Stanley Kubrick. Le pregunto al respecto y me responde en estos términos: "Bueno, al ser un libro especializado cuento con que el lector sabe interpretar correctamente los textos. Por tanto, cuando exalto determinadas películas de Jesús Franco y denigro otras de Stanley Kubrick doy por sentada su capacidad para interpretar que eso significa que esas películas de Jesús son admirables y funcionan en su medida, y esas otras de Kubrick son deleznables y no funcionan en la suya. No se pueden medir todas las películas por el mismo rasero, pero sí valorar en qué sentido han logrado lo que pretendían, fuera lo que fuera".

El cinéfilo de verdad se frotará las manos ante el debate abierto.

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