La poesía, encanto indefinible y fuerza de invención…

Letras hoy

En esta línea de compromiso social con el mundo de los "invisibles", incluyo a mi admirado amigo y poeta de altos vuelos y de mayores quilates, Julio Alfredo Egea

En el poeta, en su obra literaria, convergen múltiples voces que son expresión, sentimiento o denuncia.
Por Miguel J. Carrascosa Salas

24 de mayo 2012 - 05:00

La poesía es, como sabemos, "… fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente originalidad y osadía, exquisita sensibilidad, elevación o gracia, riqueza o novedad de expresión, encanto indefinible, o sea, un conjunto de cualidades que deben caracterizar el fondo de este género de creatividad del entendimiento humano, con independencia del lenguaje, del que resulta el verso". (DRAL).

Pero no sólo es la poesía -en su sentido más abarcador- lo que la Real Academia Española de la Lengua define y explicita de este modo. También es -cómo no- indagación y participación de la realidad. "Si esa realidad es la que el poeta vive y convive, y en la que el creador se manifiesta como realmente es resulta que la poesía es inabarcable en su desmesura… Tendremos que aceptar por ello que no existe poeta de un solo registro, ni siquiera poema que sea univalente desde el punto de vista ontológico. En el poeta, en su obra literaria, convergen múltiples voces que son expresión, sentimiento o denuncia de la conciencia colectiva y universal. El poeta se verá inclinado -de acuerdo con su personal manera de ser- por aquellos mensajes que más le preocupan, absorben y hasta conturban". (Medina, A., del prólogo a Antología Poética, de Julio Alfredo Egea, Almería, 1975, pp. 9-38).

Personalmente, me adhiero a la poesía, a la trayectoria lírica, de los creadores que han puesto en solfa y siguen denunciando, con su palabra viva, estremecida y acorde, la situación de desesperanza de los marginados y excluidos, de los "pobres de amor", de los solos, de los hombres y mujeres de la gleba…, de los traicionados y perseguidos de todos los siglos, de todos los continentes… Es la constante de ternura y amor desinteresados hacia los que padecen hambre y sed de ser amados, de justicia, en una palabra. De ellos -como en una bienaventuranza aun no promulgada- deberá ser el espíritu, la palabra y los brazos del poeta.

He conocido en mi camino, en mi andadura por las veredas y las encrucijadas del mundo, poetas y trovadores de este porte y de esta empatía existencial con los hombres carentes de voz y sin nombre, a los que un escritor de nuestros días ha llamado recientemente los "invisibles", que son los que sacuden y siguen sacudiendo las fibras más íntimas de determinados poetas que más admiro como creadores de la palabra viva, denunciadora, que el mundo de los satisfechos necesita para estremecerse y avergonzarse de su condenable y cruel indiferencia.

"No con el patrono tendrá el poeta el diálogo o el mudo gesto amistoso. Será con el jornalero mínimo y desplazado, con aquél "que reparte rebanadas de verdad …/ y, en cita con las espigas, / dará un abrazo al gañán". (Egea, J.A., en su Antología Poética, pp. 10-11). Y en esta línea de compromiso social con el mundo de los "invisibles", incluyo -cómo no- a mi admirado amigo y poeta de altos vuelos y de mayores quilates, Julio Alfredo Egea, por su compromiso con los ignorados y marginados de su tierra, Chirivel (Almería). Sólo para ellos "son los acentos más pródigos y desprendidos. Para los que no han conseguido "pasaporte de amor", como en esa estremecedora letanía de su Oración para los pobres de España, a quienes ha reservado la paz y el sitio exacto. O para el errante gastador de todos los caminos, que no posee más que su soledad, su miedo o sus esperanzas, mientras "… a su lado la vida gira, pasa / como rueda cansada de una antigua carreta, / con sudores y con pasmos, / con gozos pirotécnicos que acaban / en silencios totales y tremendos" / (Egea, J.A., op. cit., pp.12-13).

Quiero dejar muy claro también que, junto a esa preferencia por la poesía social y de denuncia, profeso una especial admiración por la poesía como expresión de la belleza, de la exquisita sensibilidad de los creadores, de su sorprendente originalidad y osadía, de encanto y cadencia indefinibles… Y es que siempre, siempre, he tenido por cierto que, para el poeta, la palabra, -como atanor del pensamiento- ha sido y sigue siendo lo primero. "Antes -lo advierte Rafael Guillén- estuvo el sonido girando y danzando alrededor del pensamiento, como un vibrar de cuerda pulsada o un zumbar de abeja con la miel a punto". (Guillén, R., en su Cancionero-guía para andar por el aire de Granada, p. 19). Sí, mucho antes existió el inmenso gozo de sentirse escogido para la fiesta del espíritu, de la inspiración a flor de labios; pero lo primero que tomó cuerpo, "que se hizo sólido de tanto aire presentido, fue la palabra, o sea, la vocalización de lo inefable", de lo que no tiene explicación.

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