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Reedición de 'American Psycho' La psicosis como metáfora

  • Literatura Random House ha recuperado la más famosa novela de Bret Easton Ellis, un libro que causó una gran polémica en el momento de su publicación

La psicosis como metáfora La psicosis como metáfora

La psicosis como metáfora

American Psycho (Random House) apareció en el momento justo y en el lugar adecuado para levantar una polvareda crítica que todavía no se ha disipado. A principios de los años 90 teníamos argumentos de sobra contra esa década falsamente prodigiosa, la de los 80, que Margaret Thatcher y Ronald Reagan habían convertido en la pista de despegue del jet neoliberal. Bret Easton Ellis puso estos argumentos sobre la mesa. Su retrato de la era Reagan era escalofriante, hiperbólico, pero verosímil; el protagonista, Patrick Bateman, un tipo con muchísimo dinero y sin escrúpulos, representaba a la clase dirigente de una manera brutal.

Por desgracia, la gente como Bateman creció y se multiplicó: sus vástagos se hallaban entre quienes brindaron con champán a la salud de la crisis financiera de 2008 y se encuentran entre quienes han puesto a enfriar botellas de Dom Pérignon ante las perspectivas de beneficio de la nueva debacle sociolaboral. Algún heredero de Bateman soñará por la noche con alcanzar también él la presidencia de los Estados Unidos. Alguno lo conseguirá. Para ellos, la política es un modo tan bueno como cualquier otro de hacer negocios.

Christian Bale como el seductor, nihilista y psicópata Patrick Bateman. Christian Bale como el seductor, nihilista y psicópata Patrick Bateman.

Christian Bale como el seductor, nihilista y psicópata Patrick Bateman.

En las primeras páginas de American Psycho se nos describe con minuciosidad el día a día de estos chacales de Wall Street que asesoran a los grandes consorcios bancarios y financieros. Patrick Bateman, perteneciente a ese pequeño porcentaje de la población que posee la práctica totalidad de la riqueza del planeta, gana dinero a espuertas y lo gasta de igual manera en clubes selectos, boutiques de lujo, gimnasios privados, limusinas kilométricas y áticos en las zonas privilegiadas de Nueva York.

A los amigos de Bateman les gusta asistir a restaurantes de moda y pedir rebuscados platos que apenas tocan o esnifar cocaína en los lavabos utilizando sus tarjetas American Express platino. A Bateman le gusta además comprar algún que otro animalillo en una tienda de mascotas que luego tortura hasta la muerte en la soledad de su apartamento, pagar y pegar a prostitutas high standing, destripar algún mendigo en un callejón perdido o, ya puestos, a quien se le ponga por delante. A la hora de descuartizar a alguien, Bateman no hace distinciones de clase. Su ídolo es lógicamente Donald Trump.

Bret Easton Ellis se muestra inmisericorde; su disección de los cachorros del neoliberalismo es igual de salvaje que los crímenes de Patrick Bateman. En el mejor de los casos, estos jóvenes son unos desalmados; la sola cosa que les quita el sueño es saber qué ponerse en la próxima fiesta; en el peor, esta falta de alma puede alcanzar extremos obscenos. American Psycho no es el retrato de un tipo enfermo, sino el de una sociedad enferma.

La psicosis de Patrick Bateman es una metáfora para hablar de la absoluta falta de empatía, el sadismo o la impiedad de esos yonquis del dinero a quienes les importa bien poco poner a un anciano de patitas en la calle con tal de que deje libre el piso de su propiedad o el cinismo y la desvergüenza de quienes utilizan su posición política para favorecer a las empresas que más tarde, cuando hagan mutis por la derecha, les darán un cargo bien remunerado como asesores, consejeros o cazatalentos. Ellis arremete con violencia contra esta élite que ha convertido el culto al dólar o la épica del triunfador en un dogma de fe; no seré yo quien se lo eche en cara.

American Psycho no es una novela agradable; habría sido un error intentar adecentar un mundo voraz y vulgar como ése. Sus incursiones en la pornografía y o el torture porn -o sea, en géneros que reducen al ser humano a su corporeidad e insisten en la fragilidad última de este cuerpo- se me antojan inevitables e inapelables. Ellis recurre asimismo a una ironía sangrante que hace todavía más dolorosa la experiencia. (Si no todos, algunos crímenes podrían ser fruto de la fantasía del protagonista). Como si de un Sade redivivo se tratara, el escritor coloca tal cual ante nuestros ojos el mal que los hombres hacen simplemente por el placer de hacerlo, y consigue que cerremos el libro con un estremecimiento.

 

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