Análisis

francisco andrés gallardo

Évole, adiós

Jordi Évole, que es un tipo despierto y listo, es el primero que se habrá dado cuenta de que los políticos ya no dan más de sí, por muchos conflictos que quieran inventarse. Y que por mucho que se remueva el fango de las cloacas nuestro subsuelo social seguirá siendo sucio y gangrenado. No le ha faltado diana a la que tirar de la actualidad, desde que adquirió la barba de sabio despistado en el camino que va desde el plató de Buenafuente como El Follonero al despacho de catequista del Papa donde, como en un confesionario, le contó que estaba cansado de salvar almas (Jordi, no Francisco).

Évole dice adiós antes de que le pese quedarse. Tiene la fórmula para crear formatos pequeños, sinceros y de vitola de calidad, coherentes e inconformistas, con el añadido siempre de su nombre como marca. Ya con Arkano entró en La 1 y en estos años no le van a faltar proyectos para Atresmedia, para TVE; ah, y para Movistar +. Hay negocios, como el audiovisual, en los que ser catalán siempre es un extra de prestigio. En las cúpulas hay muchos catalanes para echar una mano a los paisanos que hacen patria.

Salvados se hizo grande desde lo pequeño, lo sencillo, lo callejero, y Évole cerró etapa en el programa que le ha venido dando todo yéndose a las raíces, a su barrio de Cornellá. Unos lo pueden ver como un gesto de humildad y otros lo contemplamos como un efecto de egocentrismo inteligente. El anfitrión ha homenajeado a su gente que es la mejor forma de honrarse a sí mismo. A dar conocer historias personales de mayores que superaron tiempos oscuros y existencias tristes. Yayos rebelados y siempre luchadores, como les corresponde a su generación.

Resultó un epílogo conmovedor, con los resortes típicos de Salvados. Un homenaje a la sabiduría y a la paciencia del vecino de barriada, a la resignación confortable. Más allá de los políticos, que siempre traman algo entre sílabas de porexpán, Évole encuentra la realidad en el banco del parque. Seguro que se le ocurren muchas cosas.

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