‘Turista’ es pegajosa
Las mutantes urbes
Parecía que abría el tiempo. Que el sol estaba de vuelta a su meridión. Tras el azote de temporales y crecidas, la restauración climática será para algunos una cita con la desgracia, ¿llegará a ellos ayuda alguna, tras las fotos propagandísticas? ¿Hasta dónde llega la compasión? ¿Hasta dónde el presupuesto público y los seguros y su Consorcio? Pero, después del agua extrema e incesante, para la mayoría es una gloria asistir al retorno de la claridad templada.
Semanas de nubes inclementes y galernas oceánicas cebándose allá donde no solían, desde el poniente del sur peninsular. Aproveché: el sol del invierno es gran compañero del caminante.
Fui a pie desde el sur al este, y de allí a la milla de oro residencial, por barrios para mí bastante desconocidos, más allá de un fugaz transitar en coche por sus perímetros arteriales, anillos de extramuros que hace décadas propiciaron el ensanche obrero y sus barriadas.
Núcleos con nombres de una economía primaria. Salpicadas y, a la postre, entrelazadas sus ya setentonas geografías, promovidas por los ministerios de la Vivienda con placa de yugo y flechas, o por promotores privados. Erigidos donde antes hubo marismas insalubres y malpaíses; o fértiles huertas y haciendas de la alta burguesía agraria, a las que la recalificación propició jugosos patrimonios.
Fueron destinos del emigrante rural hacia la capital de su provincia u otra colindante; altas torres de ladrillo visto o en tres pisos con techos a poco más de dos metros; sitios desperdigados y anejos a unos ya atrapados polígonos industriales, hoy casi céntricos, dentro de las circunvalaciones de 20 o 30 kilómetros de diámetro, tras las cuales, cada vez más allá, florece el área metropolitana y sus enormes pueblos-ciudad.
Dejaron de ser “campo” las urbanizaciones unifamiliares y las ilegales, hoy compelidas al coche y al bus urbano mucho más de lo que lo son los ensanches inmediatos a las murallas históricas.
Los centros comerciales pioneros sobreviven o languidecen ante el imperio de enormes parques situados en anillos sucesivos, dotados de toda suerte de ofertas y con parking gratuito, donde las sirenas señaladas y su almadraba de consumo son Ikea, Decathlon, Inditex, Primark, Leroy Merlin, Carrefour, McDonald’s o MediaMarkt.
A cuyo rebufo surgen pequeños negocios de rotación continua: a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Los barrios que fueron primigenio desarrollismo habitacional de la clase trabajadora son hoy satélites urbanos que transitan entre la revalorización y la marginalidad, a apenas tres kilómetros de las plazas mayores, los consistorios y las catedrales.
El “centro” es carne del desalojo de los nativos por el turismo hostelero o pisos de cama caliente a tiro de Airbnb o Booking. La llamada gentrificación. Colegios e institutos que no cubren sus plazas porque no hay niños ni jóvenes ya allí, el epicentro: el éxodo de las familias de lugareños nutre un nuevo escenario de oferta y demanda, de consumo, franquicias e inversión foránea.
En el mejor de los casos, sirve también de platea para las fiestas locales.
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